Origen de Donjuan

Si se hace caso a lo que se puede encontrar en la Biblioteca Nacional sobre los orígenes de Donjuan, su fundación se establece a finales del siglo XVIII por varias familias que huían de la pandemia de viruela que se extendía por el norte. Los registros documentales se limitan a algunas cartas manuscritas de los primeros habitantes de la ciudad y unos pocos documentos administrativos. Al mismo tiempo y con el mismo culpable, nacieron una docena de núcleos poblacionales separados entre sí por tan solo unos kilómetros, y que formaban hasta hace dos décadas parte del municipio de Donjuan a efectos administrativos. Tras un prolongado periodo de lento crecimiento, la explosión demográfica de principios del siglo XX y el rentable cultivo de la vid hizo que la población de la región se multiplicase por diez , pasando de unos modestos 25.000 habitantes a más de 250000 almas. Por entonces corría el año 1930. El proceso de concentración posterior provocó que varias ciudades desapareciesen, dejando atrás cientos, si no miles, de edificios abandonados, al tiempo que Donjuan se afianzaba como la población más importante de la región. 

Si se sube hasta la colina Pelado, situada al oeste y así llamada en honor al cronista oficial de la ciudad David Pelado fallecido en 1939, que representa con sus 347 metros el punto más alto en cincuenta kilómetros a la redonda, se puede ver a lo lejos, además del embalse Almensada, algunas de esas ciudades y casi hasta la línea del horizonte campos de cultivo, como un manto que se extiende en todas direcciones. Si se posee buena vista, se puede advertir también que sin excepción, todos ellos se encuentran abandonados.

Se han elaborado múltiples teorías sobre el tema, algunas de las cuales han sido publicadas en revistas científicas de ámbito nacional y otras son producto de la imaginación y la especulación local. De todas ellas, la que parece corresponderse más con la realidad es la de que un hongo desconocido en la década de los cincuenta se extendió de manera virulenta por las plantaciones de la región, echándolas a perder a ellas y a sus desconsolados dueños, quienes tras muchos intentos y ruegos a figuras religiosas abandonaron la esperanza de salvar lo poco que quedase por salvar, que en cualquier caso no era gran cosa. Las consecuencias de la pérdida del único motor económico de la región, en combinación con la emigración a las grandes ciudades y el tardío proceso de industrialización, así como la sospecha, paranoica o indiscutible según el interlocutor, de que todo era un complot gubernamental, provocó un éxodo masivo de población y la muerte de cualquier presente y futuro agrícola. Por entonces se decía que vivir en Donjuan no era una decisión, sino una necesidad: la de no acabar en una fosa común de una gran urbe cualquiera. Que no es poco.

A principios de 1960, la región se vería beneficiada por el plan de revitalización de zonas rurales promovido por el gobierno central, un programa a medio camino entre la solidaridad fiscal entre zonas ricas y pobres y el afán electoralista por ganarse el voto de las áreas más empobrecidas del país. Las subvenciones atrajeron a empresarios del vino interesados en retomar el cultivo de la vid, que se fueron tan rápido como llegaron al encontrarse con la negativa de los antiguos propietarios y sus descendientes a vender o arrendar sus tierras, cuando tuvieron la suerte de localizarlos. Los subsidios acabaron por agotarse y con ellos sus efectos positivos, y hasta casi los años setenta en que comenzó la construcción del embalse Almensada, caminar por las calles de cualquiera de estas ciudades después de la hora de la cena era vagar por una ciudad fantasma. En especial en Donjuan, el sobredimensionamiento inmobiliario de los años previos había inundado la periferia de un gran número de edificios residenciales, que vacíos contemplaban, a través de sus cristales embrutecidos, el decaer de la urbe, reducida a unos exiguos 15.000 habitantes. Cuando todo parecía perdido, llegó la compañía estatal de energía, y durante ocho años tres mil trabajadores crearon el respiradero artificial que desde la década de los 70 supone la presa para la región. La construcción y su posterior explotación contribuyó a revitalizar la actividad en la región, y aparte de proporcionar a Donjuan y los municipios dependientes un flujo de ingresos constante, supuso un renacer que se vio en la década de los ochenta apuntalado con la instalación de una factoría automovilística, que tuvo el efecto de multiplicar por siete el censo poblacional de Donjuan y dar trabajo, directo e indirecto, a unas 12.000 personas que no tienen nada que ganar y mucho que perder en al menos ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Un poco más allá comienza el radio de influencia de la capital de la provincia, a la que huye la juventud de Donjuan como gotas que caen de los árboles a morir sobre el suelo.

 

(Descarte de la novela. Donjuan es la ciudad donde transcurre casi toda la historia)