No hay mal que por bien no venga

Hace mucho que Andrés no tiene tiempo para nada. Ayer por la noche, a altas horas de la madrugada, mientras finalizaba un informe y un desagradable sudor frio le caía por la espalda, sintió un intenso dolor en el pecho, e instantes después cayó al suelo como una losa. Al momento, apareció mágicamente en su despacho una mujer ataviada con una sotana negra y una inmensa capucha que ocultaba su rostro entre las sombras, al tiempo que sostenia una gran guadaña; su altura y envergadura era tal que apenas cabía en la habitación. Se acercó a él con paso lento, se inclinó con suavidad y solemnidad, y tras mirarle unos segundos a los ojos, le dijo con voz grave y cavernosa: «Bueno... que digo yo... que si eso ya me paso más tarde, que te veo liado».