Nico, o un caso típico de hipocondria

Conocí a Nico a finales de la década de los ochenta. Nico tenía una curiosa afición a las salas de espera de los hospitales, fueran públicos, privados, la salita del dentista o la del ginecólogo. Y ahora que lo digo, me pregunto qué pensarían las mujeres que lo encontrasen esperando al ginecólogo. En cualquier caso, la cuestión era estar allí, y esperar. Esperar sin más ni más, claro, ya que nunca nadie le llamaba para entrar a la consulta del médico. Porque obviamente, él no estaba en ninguna lista. Y hacía lo que todo el mundo que está acostumbrado a esperar hace: proveerse de materiales de entretenimiento. Se llevaba libros, pasatiempos, vídeojuegos, revistas del corazón, apuntes de clase. Cualquier cosa que le mantuviese entretenido durante aquel tiempo interminable, incluyendo discusiones interminables con los incansables y habituales jubilados sobre el estado de la nación, el tiempo o las últimas noticias futbolísticas. Y "aquel tiempo" podía ser desde una hora u ocho horas. Nos contó que una vez incluso pasó diecisiete horas seguidas en una sala de urgencias, esperando, y acabó desesperado, lógicamente; esperar sin esperar nada. No nos extraña, le contestamos, y nos reimos. Nico es un tipo un poco absurdo, y ni siquiera hace falta pararse a pensarlo. Lo es.

Un buen día, aburrido como solía estar, tras un par de típicas horas de espera, y a falta de sudokus, crucigramas, sopas de letras y demás entretenimientos de kiosko, así como de compañeros de tertulia, se acercó a la ventanilla de la consulta, e increpó sin ninguna compasión a la pobre enfermera, acusándole de tenerle allí esperando dos largas horas. Ella, consciente de que aquello era sin duda verdad -mi amigo no es nada, pero nada, discreto-, se disculpó rápidamente y le preguntó su nombre. Y Nico, que se había anticipado a aquella pregunta con un leve movimiento de ojos recorriendo la lista de pacientes, contestó con descaro: Pues afortunadamente, menos mal, porque creo que soy el siguiente, Enrique Rodriguez. Y aún se atrevió a añadir, señalando firmemente con el dedo aquel apellido ajeno: Aunque no es Rodriguez, es Rodrigo.

Desde ese día, Nico no espera más de lo necesario, a pesar de que ese concepto nunca ha estado demasiado definido en su caso. Inventarse dolores, temblores y otros síntomas, y simularlos de manera convincente es mucho más divertido que cualquier barato pasatiempo. Lo conocen en casi todos los consultorios de la ciudad, porque es fácil recordar una cara pero no un nombre, y nadie se atreve a cuestionar su identidad. Un caso típico de hipocondria, murmuran entre ellos.

Aunque el ginecólogo no conoce aún ni su cara, ni su nombre.