La postal

Hablaba a trompicones, como si las palabras se le agolpasen en la cabeza y fuese incapaz de ponerlas en orden, y con la resaca que yo llevaba, no estaba en condiciones de hacer un esfuerzo para descifrar todo aquello. Concentrado en luchar con un intenso dolor de cabeza, apenas era capaz de otra cosa que escuchar y transcribir sus ideas al papel; casi seis horas después, ignoraba hasta qué punto mis propias interpretaciones habían contaminado su relato, mientras su voz martilleaba en mi cabeza una y otra vez. Aparentemente al menos, nada tenía sentido.

No sé cuánto tiempo estuvimos; me debí quedar dormido en algún momento después de las cuatro de la madrugada, y para cuando me desperté, él ya se había ido. Dos días después, la policía recibiría una libreta que contenía detalles que sólo el asesino podía conocer, y no hicieron falta demasiados análisis caligráficos para conocer a su autor; les costó tanto encontrarme como condenarme. No tuve noticias suyas hasta varios años después, cuando recibí una postal sin remite que contenía una sola palabra: Gracias.

Al instante le reconocí en aquellas siete letras, pero incomprensiblemente, también supe que aquello lo había escrito yo.