Insomnio

Te quedas quieto, dejas de pensar, escuchas. Algunos lentamente, y otros más rápido, van acudiendo a tu llamada. A lo lejos, el frigorífico haciendo frente a los rigores del verano más caluroso del último siglo, para no faltar a la tradición. La ausencia de puertas en la cocina hace que su sonido llegue claramente hasta la habitación; fue un regalo no regalado de mi hermano, y hasta el momento, con unos muy meritorios esfuerzos, ha cumplido con las expectativas. Debajo de la cama, la perra durmiendo, con su delgadez anorexia y su respiración algo acelerada; por lo que la oigo, casi diría que este pobre bicho padece asma; es alarmante lo que ha encogido su cuerpo los últimos días, a causa -suponemos- del ejercicio físico. Ella a mi lado, respirando despacio. Inspira y espira, con una cadencia rítmica que carece de altibajos y pausas apreciables; con limpieza, casi puedo sentir el aire entrando y saliendo de sus pulmones. Y por fin, triunfante, encima de todos ellos, en el papel tanto de melodía acompañante de fondo como de ruido que los amortigua y los confunde, el sonido de los coches que pasan siete metros debajo de mis pies a sesenta kilómetros por hora por una calle de tres carriles, con personas que van y vuelven del trabajo, y frente al que unas frágiles ventanas que tienen más edad que uno mismo apenas pueden hacer nada.

Mientras, permanezco aquí tumbado dando vueltas sin poder dormir. Son las siete.