Hoy puede ser un gran día

Cuando no tienes un buen día, no tienes un buen día. Suena absurdo, pero tenía que repetírmelo; lo necesitaba. Yo hace meses que no tengo uno de esos. Uno de esos días cojonudos en los que todo es de puto color rosa chicle, en los que el conductor del autobús te saluda con una sonrisa, y en lugar de un viejo pegado a ti oliendo a cerdo y sobándote —por dios que agonía— hay un chico universitario mono que no se atreve ni a mirarte. Uno de esos en los que joder, quieres tirarte a medio mundo, sólo porque son ellos y porque son así. Pero no. Nada de rosa chicle. Gris. Gris. Gris y más gris. Gris chicle, si quieres. Un chicle insípido, monótono, triste. Patéticos. Así son los segundos con los que lleno cada minuto, cada hora, cada día, cada mes de mi puta vida.

Y yo, YO, mi cuerpo, mi alma, mi ser, mi espíritu, mi coño, todos, todos necesitamos un puto día así. Y ahora lo necesitaba más que nunca. Todo el mundo se merece uno de vez en cuando, sólo por existir. Y yo, ingenua, lo esperaba de ti. Confiaba en ti. Soy tonta, jamás dejaré de repetírmelo. Porque tú vas ahora y me dices que sobro. Que sobro. Que me largue. Que ya no pinto nada. Adiós, hasta luego. Y me lo dices con esa jodida vocecita de niña pija que siempre has tenido porque eres un cobarde y no tienes cojones de mirarme a la cara mientras me lo dices. ¿Sabes? No eres sólo un cobarde. Eres un cerdo, un gilipollas, un capullo. Eres una pija de Jordi Lavanda y Mini de papá. Eres un inútil y desde luego, eres historia.

Y entiéndeme, no tengo un buen día. Dímelo mañana y a lo mejor, a lo mejor te pueden ir dando mucho por culo.