Hoy podía haber sido un gran día

Hoy podía haber sido un día normal. Un día normal, a pesar de ser lunes. Un día normal, a pesar de no haber ganado el concurso que les comentaba en la anterior entrada; como les decía, tenía alguna leve esperanza, pero nada más. Un día normal, a pesar de tener bastante sueño y el estómago revuelto. Un día normal. Normal, corriente, vulgar, típico, habitual, rutinario, aburrido. Un lunes, un maldito lunes. Pero no, claro; a santo de qué, ójala. En su lugar, ha sido un día de taller, un día de gasto no planificado, un día de Renault Megane Campeón del Mundo 2005 y 2006 y a mi qué. Imagínense el resto. Con lo que me gustan a mi los lunes normales corrientes vulgares típicos habituales rutinarios y aburridos. Ya les digo.

¿Pero saben qué? He decidido pasar del tema. Ni a ustedes ni a mí nos llevará a ningún sitio que me lamente y arruine el resto del día, así que para qué, ¿no creen? Eso no significa que lo que voy a contarles, no vaya a fastidiarles lo poco que queda de lunes, si es que no hemos entrado en el martes cuando acabe esto. Y es que vengo a hablarles de política, pero no de éste o aquél, no. De política en general.

Y es que cuando llega una fecha señalada como la del pasado domingo, siempre me encuentro en el mismo dilema, que no es ni mucho menos a quién votar, sino si votar o no votar; y les aseguro que no es vagancia, porque ahora de hecho tengo la mesa electoral a doscientos metros escasos de la puerta de mi casa. Verán, el problema es que tengo una confianza nula en los políticos. Admito que hay algunos mejores que otros, pero dado que el voto se da por cuatro años y durante todo ese tiempo en la gestión intervienen un número indefinido de sujetos, no todos de ellos de confianza, pues no me fío. Pero no se equivoquen; ni de un lado de la moneda ni del otro. Supongo que parte de mi desconfianza parte del hecho, y que nadie se me enfade, de que la mayoría de políticos -aunque no todos- provienen del funcionariado, un gremio que no se caracteriza precisamente por el trabajo duro, y que pienso que el baremo para ascender en la carrera política no son siempre los méritos, sino más bien y a menudo la falta de escrúpulos. Vamos, en pocas palabras, que mi problema es que pienso que la mayoría están ahí para forrarse. Soy un malpensado, lo sé. Otro problema es el de la democracia representativa, pero de eso ya hablaremos otro día, que el tema de la posibilidad o no de la democracia participativa da para mucho. Aunque ese tipo de democracia interesa menos, claro.

Conozco algunas de las objeciones a esto. Que nos ha costado mucho conseguir una democracia y que al no votar no tengo por tanto derecho a quejarme de la gestión de nuestros gobernantes. No puedo contestar a la primera, así que a los hechos me remito, tanto en el caso socialista como en el de derechas. Y como contestación a la segunda, creo que pagar religiosamente mis impuestos me da algún tipo de derecho, aunque sea pequeño, a opinar sobre lo que hacen con mi dinero.

Y eso es todo de momento. Por supuesto, este tema da para mucho más, ¿pero qué esperan? Esto es un blog, no la Encyclopaedia Britannica. Es tarde y estoy cansado, por lo que tendrán que conformarse con eso; mis disculpas. Como era de esperar, ya es martes. Espero no haberles arruinado demasiado el día. Sinceramente.

[Actualización 09:37h. Mi señora decía anoche cuando lo acabé que tanto escribir, tanto escribir, para esto: una entrada donde no hago ningún tipo de reflexión mínimamente profunda ni cuento nada interesante o nuevo. Después de leerla, supongo que tenía razón, así que les doy permiso para pasar de puntillas por él y no me lo tengan en cuenta para futuros encuentros. Además, creo que de ahora en adelante el estilo va a ser más de ficción que de otra cosa, que en realidad es lo que me apetece escribir.]