Examenes, sin acento.

Hola niños. Pues después de poco estudiar, poco pensar y mucho trabajar, se ha acabado mi andadura anual (me gustaría incidir en esa 'u') por la Facultad de Filosofía, con unos resultados pésimos, pero coherentes con el esfuerzo dedicado. En términos matemáticos, es decir, con números, he aprobado la escalofriante cifra de 15 (nada más y nada menos) créditos de un posible de 80. Creo que mis estimaciones no pudieron ser más suicidas. No incorrectas, *suicidas*.

Aunque para ser un poco justos conmigo mismo, y esto no es autocomplacencia, también es verdad que por septiembre del año pasado la cantidad de tiempo libre de la que disponía era muy superior a la actual.

Y dicho esto, debo volver a mi condena. Qué poco trabajaba aquel que dijo que el trabajo dignifica, glorifica o vete tu a saber qué. En una próxima entrega contaré mi odio irracional hacia Leonor Waitling o como coño se escriba su apellido (¿no es eso razón suficiente para odiarla?), e intentaré —anticipo que sin éxito— darle una explicación racional, para acabar pareciendo un capullo irracional.

Pero eso es otra historia. ¡Hasta luego, amiguitos!