Espejo

Algunas noches me pongo delante del espejo y me quedo mirando fijamente mi cara reflejada en él, aguantándome la mirada, quieto, hasta que el reflejo empieza a serme desconocido. Me gusta cuando siento que me distancio de mi rostro, y lo observo como si fuese el de otra persona, como si no lo conociese; juzgarlo, criticarlo, estudiarlo, igual que el de alguien que me cruzo en la calle. No todos los días lo consigo; a veces me lleva cinco minutos, otros días media hora y en ocasiones simplemente me canso de intentarlo y desisto; mantener los ojos abiertos lo reseca y provoca picor, pero es importante evitar pestañear ya que la pupila vuelve a enfocar y pierdes parte del progreso hecho hasta el momento; cuando el párpado baja y vuelve a subir es, de alguna manera, como si volvieses a reconocerte, a verte a ti mismo. Pero cuando lo consigo, cuando ya no estoy ahí, sé que puedo pegarle, porque ese no soy yo. Nunca lo soy. El que le pega es otro, el del espejo.