El verano en Sempiterno

Que alguien te diga que el verano es caluroso en Sempiterno puede significar una o más de estas tres cosas: que tu interlocutor es optimista por un buen trecho, que está muy hecho al clima sahariano, y la tercera, que tiene un escaso dominio del lenguaje, que a la postre viene a ser lo más habitual. Porque la auténtica realidad de esta maldita ciudad es que en apenas cuatro meses superamos más de la mitad de los días los cuarenta grados a la sombra. Cuarenta, sí. Así que más que el timorato caluroso, extremo o insoportable son calificativos que, sin pensarlo demasiado, son mucho más apropiados para describir esta estación del año en Sempiterno.

A pesar de ello, por alguna razón incomprensible, es poco habitual que los domicilios cuenten con un aparato de aire acondicionado, cuyo hermano pobre, el ventilador, deja de ser un accesorio útil a partir de la primera quincena de julio y queda relegado a la condición de mero consuelo psicológico. El aire se mueve pero su principio activo es el mismo que el de la homeopatía; efecto placebo que se disipa a los pocos segundos. Esta circunstancia convierte a los comercios climatizados en un lugares muy demandados, ya sea un bar, una carnicería, una floristería o incluso el mismo tanatorio, que es desde donde escribo estas palabras, convenientemente apoltronado en un sillón de polipiel bajo una rejilla por la que sale una placentera corriente de aire gélido.

Si uno presta un poco de atención, podrá observar cómo en estos locales se produce en verano una aglomeración de parásitos, sí, parásitos, que sin la menor intención de llevar a cabo transacción comercial alguna, deambulamos fingiendo interés en los productos expuestos o consumimos la mañana delante de un vaso de agua y un único café, cuyos posos hace horas que se secaron, cuando en realidad todo lo que hacemos es disfrutar del aire fresquito cayéndonos en el cogote, mientras los comerciantes observan con impotencia y cara de pocos amigos desde detrás de sus mostradores cómo sus establecimientos se llenan de presuntos consumidores sin que sus cajas registradoras lo hagan en la misma proporción. 

La situación es hasta tal punto inaguantable que no me cabe duda de que si en los calabozos de la comisaría hubiera aire acondicionado, el crimen en la ciudad se dispararía en los meses de julio a septiembre. Tengo serias dudas de que esta sea la causa de que la casta política, recluida durante estos meses en sus despachos con el aire acondicionado funcionando a todo trapo, lleve tantos años haciendo oídos sordos a las peticiones de la Policía Local, aunque tampoco dudo de que saltarían prestos a apropiarse del argumento en caso de necesitarlo. La buena gente de la policía lo intentó, si recuerdan, hace unos años, sin demasiado éxito, organizando una huelga que se alargó semanas, y con la cual lo único que los desgraciados agentes consiguieron fue una pírrica y ciertamente patética medida, en la forma de un vestuario más acorde a las condiciones climáticas: camisas de manga corta. La oferta inicial incluía también el pantalón corto, pero no les hizo falta pensar mucho para concluir, con bastante acierto, que el resultado era en la mayor parte de los casos ridículo, y esa parte de la propuesta se retiró discretamente. A pesar de los intentos del sindicato por vender aquello como un triunfo, la asfixiante atmósfera que se respira cuando entras en las dependencias policiales imagino que actúa cada verano de poderoso recordatorio sobre quién fue en realidad el ganador de aquella contienda.

Así, como se lo he descrito, es en realidad Sempiterno de junio a septiembre: abrasador como las llamas del fuego eterno, ardiente como el interior del un volcán, doloroso como un hierro candente. Lo que nos obliga a muchos a deambular sin descanso, a la caza de nuevos lugares en los que sobrevivir, como haré yo cuando esa pobre mujer que llora junto al cristal se me acerque para intentar averiguar qué vínculo tenía con el esposo fallecido. Y no se me ocurre una respuesta a esa pregunta mejor que la verdad: el frío, buena señora, el frío. ¿O por qué cree que ambos hemos escogido el tanatorio?