El Hombre de los Dados

Bien, ya he acabado El Hombre de los Dados, de Luke Rhinehart, que en realidad no es Luke Rhinehart.

Para empezar, se supone —eso he leído— que este libro estuvo prohibido en varios países debido a su contenido y a las prácticas en las que sus protagonistas se envuelven, y tengo que decir que tampoco es para tanto. La idea en sí del libro es en sí interesante, pero cuando se la examina un poco en detalle, parece carecer del más mínimo sentido y solidez y tener multitud de grietas, aunque esa impresión cambia en ciertos momentos concretos. Y aunque es normal que carezca de sentido, el autor pasa bastantes páginas intentando que la propia idea no carezca de solidez (al menos desde un punto de vista psicológico), aunque no voy a entrar en detalle porque tampoco tengo tiempo ni demasiado interés. Por otra parte, el propio argumento, las características de la propia historia sirven como excusa y justificación de cualquier pega que se le pueda poner a la historia, aunque para entender esto hay que leer el libro.

Eso respecto a la idea global, el argumento del libro. Si pasamos a cómo está escrito, o la satisfacción que produce leerlo, hay que reconocer que si nos fiamos del dicho que dice que en la variedad está el gusto, este libro debería ser agradable de leer. El autor pasa a lo largo del texto por informes policiales, diálogos, pensamientos en primera persona, narraciones de un tercero, descripciones, lo que hace que el texto sea, excepto en algunos casos muy puntuales, entretenido. No obstante, a lo largo del libro me he encontrado con impresiones contradictorias. Mientras que habían capítulos excelentes, otros me parecían de dudosa calidad literaria e imaginativa, aunque en conjunto, el resultado es ciertamente positivo.

En especial, yo destacaría tres facetas del libro. Primero, una presencia bastante constante de sexo explícito, quizá algo excesiva. En segundo lugar, hay partes del libro realmente desternillantes (que suelen durar tres/cuatro páginas) y por último, abundancia de rezos y sentencias propias de una religión pero que —en mi opinión— no encajan en ocasiones demasiado con lo que se ha leído hasta el momento (pienso que la ambientación para ello es insuficiente).

La conclusión refleja las impresiones que he tenido a lo largo del libro: es un libro interesante, que vale la pena leer, pero que aun no incluyéndolo entre mis mejores lecturas, sí recomendaría como lectura.

Ahora, vuelvo a Auster: Leviatán (no, no ese Leviatán).