Él

Los mismos ojos azules inexpresivos, las mismas mejillas sonrosadas, el mismo pelo rubio cortado hasta las cejas: diez niños físicamente indistinguibles los unos de los otros. Tanto que cuando acudíamos a la biblioteca, como cada noche, y nos colocábamos en formación frente a él, ninguno de nosotros habría sido capaz de decir quién era quién.

Nosotros no, pero él sí. Porque si había algo que nos distinguía, de alguna manera él lo percibía y lo buscaba con obsesión, como un perro que sigue una presa. Nos examinaba uno a uno, y podías sentir su aliento cuando se acercaba a ti, con esos pequeños ojos enfermizos escudriñándote y su lengua extendida fuera de la boca. Flotaba con su presencia a tu alrededor, hasta que finalmente volvía sobre alguno de nosotros y lo olisqueaba de nuevo, insistentemente, gruñendo de placer, y le lamía las manos con dedicación, mientras los nueve restantes nos retirábamos en silencio, aliviados y aún con el terror en los huesos, sin atrevernos a pensar que podíamos ser la elección del día siguiente.

Dos horas más tarde, todo parecía olvidado cuando convertidos en auténticos animales, nos llenábamos los cuerpos de grasa y devorábamos la carne de la cena, que arrancada con los dientes y los dedos, corría por nuestras gargantas engullida prácticamente sin masticar.

A la mañana siguiente, siempre volvíamos a ser diez.