¿Derecho o abuso?

Estas Fallas vuelve a haber huelga de transportes; concretamente del 15 al 20 de marzo. Quizá no lo supiesen, pero dado que durante los últimos años en Valencia siempre se ha convocado, no era raro asumir que estas fiestas también habría paros; a este ritmo, dentro de un tiempo esta huelga será parte integrante de las Fallas, y el día que les de por trabajar, seguro que sale alguno protestando con aquello de la tradición y las viejas costumbres. Bueno. La cuestión es que venía escuchando la radio (cambiando compulsivamente de Onda Cero a la SER), y aparte de los paros que les comentaba, parece que hay unos cuantos más por el resto de la geografía peninsular (¡qué bonita expresión!); hasta los policías quieren manifestarse para cobrar más por trabajar el día de las elecciones.

No me malinterpreten. Estoy a favor de la huelga como un derecho de los trabajadores, además de ser un derecho constitucional, y estoy seguro de que muchas de ellas estarán justificadas, aunque pertenezca a un gremio, el de los informáticos, que carece de ese poder; justito igual que los autónomos, el gremio de mi progenitor, por lo que ya saben que pueden echarle la culpa a él por este tipo de razonamientos. Dicho eso, me parece a mí que si los sindicatos (la mayoría erigidos en otro partido político más) y colectivos convocantes fuesen realmente claros en sus reivindicaciones y peticiones a través de los medios de comunicación habituales o Internet (es decir: estas son nuestras condiciones y estas son las que exigimos), obtendrían mucho más respaldo y comprensión del resto de ciudadanos afectados. Porque la verdad es que más que derecho a la huelga, da la impresión de que algunas de estas "actividades" ejercen el derecho al chantaje y al secuestro social, o, y perdónenme la expresión, el derecho a tocar los cojones "hasta que nos den lo que pedimos".

--

Leía hace un rato que el libro La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, fue rechazado por siete editoriales antes de ser publicada por Grijalbo y vender más de un millón y medio de ejemplares. Esto le hace a uno cuestionarse qué criterios literarios manejan este tipo de empresas y sus departamentos de revisión (¿otro Dan Brown más, o el próximo Roberto Bolaño?), cuántas obras buenas se quedan en el tintero a causa de esos criterios, y, sobre todo, qué cara se le queda al responsable de turno cuando ve lo que ha rechazado...