“Como si”

Nicolás tiene mucho tiempo libre. Mucho. Mucho más del que necesita a los noventa años. Mucho más del que desea. Demasiado. Demasiado cuando no queda nada más por vivir. Nada más por hacer. Y sentado frente a la puerta espera. Piensa. Sonríe. Y espera. Ella habría solucionado esto. Discretamente. En silencio. Sin ruido. Pero ya no. Ahora él no quiere eso. Ya no. Nicolás es un viejo. Pero no es un inútil.

Aunque lleve pañales. Aunque se mee encima. Aunque se cague encima. Aunque apenas pueda mantenerse en pie. Aunque le tengan que lavar. Aunque tenga que comer papilla. Aunque sea tan fácil tratarlo como a un perro.

Mira su reloj. Es casi la hora. Casi. Sólo queda oír esas bisagras chirriar una vez más. Su última alegría. Y dejar las cosas zanjadas. Cerradas. Finiquitadas. Y darle a esa hija de puta una lección. Una que no olvidará en su vida. Así que sonríe. Y espera. Porque puede esperar un poco más. Y una eternidad. O dos. Quién tiene prisa. No ha resultado tan difícil. ¿Verdad? Y sonríe.

Una llave. Tanteando. Una llave al otro lado. Buscando. Un pestillo. Bingo. Dos pestillos. Una puerta. Una cuerda que se tensa. Un gatillo. Un percutor. Una bisagra que grita. Una bisagra que avisa. Una bisagra que llora. Una bisagra que suplica. Como si. Una hija. De puta. O una madre. ¿Qué?

Y una nieta.

Tres bisagras. Avisando. Chillando. Llorando. Suplicando. Como si. En una habitación con un viejo. Que se muere antes de morir. Que quiere morir antes de morir. Una explosión. Un segundo o quizá no tanto. Y sangre. Sangre de viejo. Sangre de noventa años. Sangre de un hombre con demasiado tiempo. Sangre de un hombre que ya no sonríe. Sangre de una cabeza inerte. Muerta. Y otros ojos. Otras manos. Otro pelo. Otros labios. La persona equivocada. Sangre. Que una niña de seis años jamás conseguirá limpiar de su cara.

Y una imagen. Que un alma de seis años. (Esto sí). No olvidará en su vida.