Coherencia

Decir que Nicolás era una leyenda es exagerar un poco, pero sí es verdad que se le conocía en el frente y se le respetaba, igual que se le envidiaba. Esa reputación ganada durante años le había conseguido muchos amigos, pero también muchos enemigos. Era una deseada presa para cualquier francotirador que se preciase, y su cabeza valía más que su peso en oro. Sólo se le recordaba una herida de bala en un hombro, por la que estuvo semanas sin entrar en combate. El sniper que casi acaba con él ganó muchos enteros por aquella única bala... hasta que murió poco después, abatido por el fusil de un soldado ruso.

Así que cuando aquella noche tuvo los primeros problemas frente a un grupo de alemanes, sabía que algo malo pasaba. Sus movimientos eran lentos, y le parecía que todo sucedía a cámara lenta. Cuando la primera bala le alcanzó, sin ni siquiera saber él de dónde procedía, supo que estaba perdido. Para cuando quiso intentar empezar a moverse, una segunda, una tercera y una cuarta bala habían impactado en su cuerpo, y alguna debió alcanzar su cabeza mientras caía al suelo.

Le dio caza un inexperto alemán italiano llamado Ruggero Raimondi, que murió pocos segundos más tarde por los disparos de un torpe compatriota alemán francés. El cuerpo de Nicolás lo encontraron dos meses más tarde ya en avanzado proceso de descomposición, sentado en su silla y mirando una pantalla de ordenador que mostraba un sarcástico GAME OVER.

Y es que desde que recibió la segunda bala, no movió ni un dedo, se quedó absolutamente inmóvil. Se quedó como muerto. Como le gustaba decir, las reglas son las reglas.

Y él siempre había sido una persona muy coherente.