Banderas de nuestros padres

Pues resultó que después de ver Babel el pasado viernes, al día siguiente, como quien no quiere la cosa, consciente del gusto de mi pareja por el cine y su adicción a la nicotina, decidí aprovechar su extravagante horario laboral y plantarme en una sala de cine para ver Banderas de nuestros padres. Sí, solo. Completamente. Más que la una. Tristísimo, ya lo sé. Un alma en pena, un incomprendido, un torturado existencial.

Bien, Banderas de nuestros padres. Como iba diciendo, la película en cuestión está ambientada en la batalla de Iwo Jima que se libró entre japoneses y americanos a finales de la Segunda Guerra Mundial, y concretamente, en el acto simbólico de colocación de una bandera estadounidense sobre el monte Suribachi y todo lo que vino después. Diría que no es lo mejor de Clint Eastwood, pero que está en la línea de sus trabajos. Diría que es una buena película, pero que no es una gran película. Diría muchas cosas sobre ella, pero no lo voy a hacer. Y no por respeto a la gente que me lee. No, en absoluto.

No voy a hablar de ella porque lo que más recuerdo de la película, por desgracia, era un gilipollas integral con un crío de cinco, seis o siete años sentado detrás de mí, celebrando con risas, gritos e imitaciones los bombardeos y disparos. Entiéndanme. Uno va a ver por casi seis euros una película de guerra a las cuatro de la tarde, una película con escenas casi gore al estilo Salvar al soldado Ryan, y lo último que espera es tener a un enano gritando de alegría y lo que es peor, a la persona que lo lleva, de igual o menor edad mental que éste, riéndole la gracia. Créanme que ahora -y todos los que queríamos ver una película en el silencio que esperas que haya en una sala de cine- entiendo mucho mejor aquello del Asesinato en el Orient Express... y el infanticidio *sí* es una opción.

Yo, sin duda, colaboraría.