Ay

Desde que hace unas semanas (va para cuatro) tuve aquel episodio de cervicalgia aguda con impotencia funcional que me tuvo postrado en la cama casi totalmente inmovilizado durante tres días, de manera considerable otros cuatro, y bastante jodido el resto, sufro, a veces sí y a veces no, a veces en silencio y a veces no, unos dolores que nacen un poco por debajo del cuello y que se extienden ligeramente hacia el brazo derecho y menos ligeramente (o más intensamente, como quieran) hacia la cabeza, sector trasero (de la cabeza, desgraciados) inferior derecho si son locales, y a toda ella si son más ambiciosos. No sé si es la postura en la que duermo, los movimientos diarios que hago, si es cómo conduzco, lo que (y cómo lo) como o lo que (y cómo lo) cago, o es que simplemente ha pasado poco tiempo desde aquello, pero el hecho es que hay días en los que me cortaría la cabeza, si supiese que me iba a crecer otra; desagraciadamente soy consciente de que no es así, por lo que apenas he entrado a valorar la idea. Esto que les cuento tiene además la particular, lógica y nada despreciable consecuencia de hacer que mi cabeza padezca en ciertos momentos una esterilidad destacable; es decir, que pensar y concentrarme me cuesta lo que no está escrito, y no les cuento lo que me cuesta escribir.

Y dicho eso, no les cuento más. Mañana traumatólogo, ya casi un habitual, a ver si me manda algo. Remedios naturales, artificiales, una resonancia magnética, un fisioterapeuta o un masaje tailandés, me da igual. A lo mejor es que me estoy haciendo mayor, pero como esto siga así, va a escribirles quien yo les diga, por aquello de la falta de ideas y esterilidad creativa. No digan luego que no les advertí.

Ay.