Árbol

Observó la imagen formada por los pies que colgaban frente a él, como si tratase de descifrar algún enigma por la forma de los dedos o el color de las uñas. Como última escala en su viaje fuera del cuerpo de sus propietarios, la sangre se había deslizado por sus piernas dejando surcos que se asemejaban al delta de un río. Le pareció que el olor había comenzado a remitir. La confirmación vino al liberar su nariz y aspirar profundamente. Apenas quedaba ya un ligero tufillo a estiércol. Se sentía mejor. Confuso todavía. Se metió la camisa dentro del pantalón con minuciosidad, como hiciera horas antes en su casa después de ducharse, se la abrochó e hizo una mueca al descubrir sus botas reglamentarias manchadas de vómito. Sudaba a mares bajo aquel sol de mediodía. Estaba hecho un asco. Seguramente olía peor él que aquellos dos y acercó su nariz al sobaco para comprobarlo. Ese movimiento le trajo a la vista de nuevo los pies que había olvidado por completo. Levantó la vista con curiosidad, como si fuese la primera vez que los veía.

Se fijó en la mujer. Jugó a adivinar su edad y decidió que tenía treinta y pocos años. En aquel estado, su cuerpo desnudo carecía de cualquier connotación sexual. Mostraba un color pálido parecido a la vainilla y cercano a verdoso en las extremidades. El pelo castaño, en el que se enredaban las hojas secas y los restos de su propia sangre, le caía a la derecha de la cabeza. Dos agujeros ocupaban el lugar de sus ojos, y de éstos surgían cascadas oscuras que atravesaban sus mejillas y caían hasta la barbilla, como esas figuras de vírgenes que lloran lágrimas de sangre. Tenía la boca llena de algo, aunque la presión de la cuerda y la posición de su mentón se la mantenía cerrada y no apreciaba a ver qué era aquello. No tenía tampoco especial curiosidad por averiguarlo. Miró el lugar donde antes habrían estado sus pechos y el palo que desde su entrepierna colgaba hasta la altura de las rodillas. Se imagino la sangre corriendo por éste hasta que no quedase en su cuerpo ni una gota. Desangrada como un cerdo en el matadero. Lo miró a él y pensó que habían tenido menos compasión, pero esa idea no duró demasiado en su cabeza. Conservaba sus ojos, pero poco más. Estaba rajado desde el pecho hasta el ombligo, y podía ver el interior de su cuerpo como el de un costillar en la vitrina refrigerada de una carnicería. Sus genitales no habían corrido mejor suerte que los de ella.

Miró las cuerdas, tensas con el peso de los dos cadáveres. Le sorprendió que no se balanceasen. Suponía que los cuerpos colgados de una cuerda debían mecerse suavemente al ritmo del viento, como había leído en alguna parte. No era ese el caso de estos dos; no se movían ni un ápice. Debajo de ellos se amontonaban las vísceras de él, salpicadas de pequeños puntos blancos. La sangre que horas antes habría formado un gran charco estaba seca y cubierta de hojas.

Se dijo que habría que bajarlos de allí. Esa sería una tarea difícil sin abandonar la protección de la luz del sol, pero entrar en la penumbra de las sombras no era una opción. Después de eso, estaba la logística. Era importante. Imprescindible. Necesitaría una escalera y algo para trasladarlos hasta la carretera porque no sería posible llevarlos arrastrando. A pesar de que él pesaría mucho menos que cuando estaba vivo, aun era un individuo de tamaño considerable. Ella no. Pero los dos juntos pesaban demasiado y él no iba a poder hacerlo sólo.

Esperaría. Fran y el Gordo no tardarían en llegar. Ellos sabrían qué hacer. Ellos sabrían cómo hacerlo. Ellos traerían las botas de agua, el paraguas y si era necesario, como parecía ser el caso, construirían un muro de contención. Todo para que, al menos, la maldad que caía del cielo no fluyese libremente.