Ancas de rana

Dicen que si tiras una rana a una olla de agua hirviendo, esta saltará fuera y se alejará escaldada. Si por el contrario la metes en agua fría e incrementas la temperatura poco a poco, la rana no percibe el peligro y acaba cocida. Eso dicen, aunque no había tenido la oportunidad de comprobarlo. Aun así, este último caso parecía ser, pues, el de la gente de aquella triste y patética ciudad: ni uno sólo de sus habitantes era más listo que una simple rana. Llevaban tanto tiempo encerrados en aquella cárcel de edificios de ladrillo caravista que eran incapaces de tomar la decisión de saltar y huir, a pesar de las consecuencias. Lo sentía en cada uno de sus ojos, sus palabras, sus movimientos. O quizá no fuesen incapaces, quizá no lo hubiesen olvidado, quizá las personas nacían sin esa capacidad en aquel lugar. Inútiles de percibir el crimen y el peligro de una vida gris y monótona y estúpida, una existencia fútil. Pero todo crimen tiene su castigo, después de todo.

Aunque él no tenía nada claro que una rana pudiese escapar de una olla hirviendo saltando: esta se encontraría hervida antes de que pudiera siquiera contraer los músculos de las ancas. Sin embargo, eso no cambiaba las cosas.