Una historia de Brooklyn

Hacía bastante tiempo que no iba al cine. Esta noche he visto Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale [El Calamar y la Ballena], título mucho más relacionado con el contenido, al menos en inglés). Ha sido más un impulso inconsciente que otra cosa, aunque he querido verla desde que oí que la habían estrenado. La he visto solo y en versión original subtitulada, y tampoco ha habido tiempo de llamar a nadie, puesto que entre que lo he decidido y he entrado en la sala habrán pasado diez minutos, y para entonces ya estaba la publicidad acabando. Tampoco conozco mucha gente que hubiera querido prestarse a ver esta película. Mis disculpas a aquellos que sí; no hubo tiempo.

No voy a desvelar nada que no pueda ser dicho. No hay buenos ni malos, ni hay un final asombroso; las cosas son más o menos como suelen ser en la vida real. A veces salen bien, y a veces salen mal. La gente es más o menos agradable y la gente tiene más o menos problemas. Las cosas son las que pasan, y no hay más. La película, basada en un hecho real de la infancia del propio director y guionista Noah Baumbach, cuenta la historia de un matrimonio que se separa, y cómo afecta esto a los dos hijos que tienen. Y eso es todo, no hay más.

Y no deja de ser un problema, porque la verdad, sus ochenta y dos minutos saben a poco. No porque haya nada más que contar, ni porque la historia quede coja. Simplemente porque está tan bien hecha y las actuaciones resultan tan buenas, en algunos momentos realmente impresionantes, que te gustaría que durase otra hora más, aunque no hubiese en realidad nada, absolutamente nada más que decir.

No puedo decir el tiempo que hace que no veía una película tan buena. Pero sí que puedo decir que es muy, muy buena. Y que no es aconsejable ir a verla si uno ha tenido un mal día. Aunque quizá viendo lo que durará en cartelera, valga la pena.

(A mí me la ha valido).