Una extraña

«A la mañana siguiente, con un intenso dolor de cabeza y la boca seca como un desierto, abrí los ojos y ví aquella mujer durmiendo a mi lado. Hacía años que nadie se acostaba conmigo por propia iniciativa, por lo que asumí al instante que se trataba de una puta; tampoco tenía ánimos ni fuerzas para indagar mucho más, y me conformé con esa conclusión. La observé durante un momento; desde luego no era lo que se dice una prostituta de lujo, aunque al menos parecía limpia y no olía mal. Pagar una más cara hubiera sido tirar el dinero, si pensaba la cantidad de alcohol que había ingerido la noche anterior; eso me puso nervioso y busqué rápidamente mi cartera con la vista, pero un calambre que atravesó mi espalda me hizo desistir momentáneamente.

No recordaba haberla tocado, y sin embargo allí estaba ella, tumbada a mi izquierda y completamente desnuda. Intenté pensar, aunque toda la noche era una gran laguna con pequeños islotes donde mi memoria apenas podía aferrarse. Sentí hambre y sed; titubeé un momento, valorando mis posibilidades de éxito, y me levanté en busca de algo que comer y quizá una última botella de whisky que matar, sin suerte. Lo primero que me llevé a la boca me provocó unas ganas terribles de vomitar, y teniendo en cuenta que por lo poco que recordaba mi acompañante había bebido tanto como yo, era previsible que como pude comprobar no quedase una gota de alcohol. A duras penas volví a la cama, me tumbé a su lado con cuidado y la miré, especulando con su nombre. Las resacas me provocan ganas de follar, y podía permitirme pagarle un poco más, así que me incliné y le besé en la comisura de los labios, esperando una respuesta que no llegó. Al ver que no reaccionaba, le mordí el labio inferior y metí mi lengua en su boca; su sabor me provocó una larga arcada, pero lo que peor me sentó fue la rigidez de su lengua: la muy hija de puta estaba muerta.»