Encadenado a un niño repulsivamente deformado gateando.

Hace unos minutos, mientras paseaba a Samy por el barrio, venía pensando en qué escribir y cómo escribirlo; sabía lo que quería decir, y he llegado incluso a concretar varias frases. He pensado varios comienzos, pero esto de escribir se parece bastante, imagino, a lo de pintar. En tu cabeza todo parece más fácil de lo que es, y ahora que me he puesto manos a la obra me doy cuenta de que he perdido palabras, argumentos, comienzos, finales; que lo que parecían frases bien definidas han metamorfoseado en entidades amorfas en las que sólo reconozco un atisbo de su forma original. Así pues, me toca trabajar con arcilla cuando creía que ya tenía la figura pintada a punto de barnizar. 

Una bandada de pájaros que vuela formando una uve en el cielo se refleja sobre el cristal de la mesa. Veo muchas últimamente.

No me gusta dejar las cosas a medias. Diría que no se trata de un principio personal inquebrantable sino de una manía, pero no estoy seguro de que sean cosas muy diferentes. Quizá justificamos nuestras manías convirtiéndolas en principios, y nuestros principios acaban siendo manías. La última vez (que recuerde) que hice eso fue con la carrera de filosofía. Tras tres años y pico tuve que admitir que ni el tiempo, ni el esfuerzo ni las ganas eran suficientes para continuar, y ahí acabó mi periplo universitario. Los restos del naufragio siguen amontonados en dos estanterías en Valencia cogiendo polvo, recordándome el fracaso de la aventura; no les guardo rencor. Algún día tendré que venderlos o regalarlos. Por suerte, no tengo que temer por la obsolescencia de las ideas de Rawls, Kant, Kuhn o Compte. Aunque quizá sí por el interés en su lectura, visto el panorama. Creo que los regalaré.

Hay tres frases que definen muy bien lo que me pasa durante los últimos meses, ¿o debería decir años? Una de ellas me la mandó Laura, y aparece en el libro Diario de un mal año de Coetzee. Dice así:

 

"¿Una novela? No, ya no tengo la fortaleza necesaria. Para escribir una novela tienes que ser como Atlas, cargar con todo un mundo en tus hombros y sostenerlo durante meses y años, mientras todos sus asuntos se resuelven por sí mismos. Es demasiado para mí en mi estado estado actual".

 

La segunda frase es de Paul Valéry, que tiene su gracia teniendo en cuenta que apenas he terminado el primer borrador, lo que significa que tengo por delante todavía varios cientos de kilómetros a pie, por expresarlo de una manera que sea fácil de comprender. Así que si ni siquiera he llegado al primer repostaje, como para abandonar ahora. Es esta:

 

"Las obras no se acaban, se abandonan".

 

La última frase, que me ha costado bastante encontrar, aparece en la biografía de David Foster Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas, y es del personaje Bill Gray de Don DeLillo, quien afirma que escribir un libro es como:

 

"un niño repulsivamente deformado que sigue al escritor por todas partes, gateando siempre tras el escritor".

 

El propio DFW profundiza en esta metáfora en un interesante ensayo que está traducido por Jon Bilbao en este enlace, aunque en mi caso me quedo con el sentido de "seguir por todas partes", más que con el de ente deforme que temes que otros no vean como tú. Todavía no he llegado a esa preocupación

El pasado octubre hizo dos años, más o menos, que llevo escribiendo la novela. Octubre 2013. Durante ese tiempo he atravesado fases creativas en las que he escrito mucho, temporadas en las que no he escrito una sola palabra; días, semanas y meses que amaba lo que estaba haciendo, y periodos de la misma duración en los que lo odiaba con todas mis fuerzas. He dejado pasar horas y horas perdidas delante del teclado, frustrado, por no hacer lo que sentía que debía estar haciendo; eso da una pista de cómo me siento ahora. Lo peor de todo, sin embargo, no son las horas malgastadas; muchos días no tengo mucho mejor que hacer con ese tiempo. Lo peor es lo que esas horas traen de la mano. Intentaré describirlo y pondré un punto y aparte, para que no se agobie el lector.

Todo empieza cuando pasan los días y, dispongas de tiempo o no, te das cuenta de que no avanzas. En ese momento su graciosa majestad la ansiedad no tarda en aparecer, y les aseguro que no utilizo la palabra ansiedad alegremente; por desgracia somos viejos amigos. Pero no sólo se da una vuelta por tu cabeza, sino que acaba por colonizar cualquier minuto del día en el que no estás trabajando; en todos y cada uno de los instantes tienes la sensación de que deberías estar escribiendo. Estoy en twitter, pero debería estar escribiendo. Estoy viendo una serie, pero debería estar escribiendo. Estoy leyendo, pero debería estar escribiendo. Estoy dando un paseo, pero debería estar escribiendo. Me estoy masturbando, pero debería estar escribiendo. Bueno, esto último tampoco quita tanto tiempo. De esta forma tan divertida, actividades que deberían ser un placer se convierten en una pérdida de tiempo que hacen que las disfrutes menos, o directamente no lo hagas. Aunque seguro que se van dando cuenta de que eso no es lo peor; al fin y al cabo, uno es responsable de lidiar con sus propias frustraciones y todos tenemos las nuestras. Pero antes otro punto y aparte.

El problema es cuando esa sensación sale de la esfera privada, llamémosla así, la tuya, y lo contamina todo. Lo infecta. Así, se produce la mutación de "algo que nos gusta hacer" en "algo que hay que hacer". Es sábado y vamos a ver una película, pero debería estar escribiendo. Demos una vuelta, pero debería estar escribiendo. Salgamos a cenar, pero debería estar escribiendo. Así, tu cerebro te engaña con la sensación de que cualquier puñetera actividad que haces, da igual qué ni para qué ni cuándo ni dónde, es un ladrón de un tiempo que podrías dedicar a escribir. Cuando la verdad es que sabes, sé, estoy convencido, que aunque dispusiese de las 24 horas de día libres todos los días para escribir, no cambiarían mucho las cosas. En realidad, esta situación no es muy diferente de lo que me pasaba cuando era estudiante y se aproximaban los exámenes de septiembre: no disfrutas de nada porque deberías estar estudiando, pero en realidad tampoco estudias. DFW lo explica mucho mejor que yo en el ensayo que les decía:

 

"Y aun así es tuyo, el niño, eres tú, y lo quieres y te lo subes a tus rodillas y lo haces saltar y limpias el fluido cerebro-espinal de su floja barbilla con el puño de tu única camisa limpia (sólo te queda una camisa limpia porque no has hecho la colada en casi tres semanas porque parece que por fin ese capítulo o ese personaje están a punto de salir y funcionar como debe ser y te aterroriza perder el tiempo en cualquier otra cosa que no sea trabajar en ellos porque si desvías la vista un segundo los perderás, condenando al niño a una monstruosidad sin final)."

 

Ya saben, el perro del hortelano. Un niño que haga lo que haga, no deja de tirar de la pernera del pantalón: hazme caso, estoy aquí, hazme caso, estoy aquí, hazme caso, estoy aquí. Eso es mi novela. Mi niño. 

Tengo escritas aproximadamente 135.000 palabras, que calculo que son 400-500 páginas. Me queda un capítulo por escribir, cuatro o cinco por acabar y unos tres más por revisar. Después de eso tocará volver a empezar desde la primera palabra, porque aún no tengo el primer borrador cerrado y ya caigo en la cuenta de la cantidad de cosas que no he dicho. Podría hacer la cuenta que todos hacemos cuando vemos que se nos echa el tiempo encima antes de un examen, la entrega de un informe, una presentación: revisas lo que queda, calculas el tiempo que tienes y con una división rápida y simplista decides que tienes tiempo de sobra (algo muy parecido a esto: no me puede costar más de diez minutos revisar cada página del informe así que en un par de horas lo tengo acabado, aunque a medida que pasa el tiempo te das cuenta de que para cada página necesitas el doble o triple de tiempo y acabas saliendo a las tantas o dejando la mitad del temario por estudiar o levantándote a las cinco de la mañana). He hecho ese tipo de cálculo muchas veces, tanto para mí como para poder dar una fecha a quien me pregunta. Muchas veces, demasiadas para no saber a estas alturas que el resultado del cálculo difiere mucho de la realidad. Hubo un tiempo que pensaba que la tendría lista a finales de 2014. Luego tras el verano de 2015. Luego noviembre de este año, hace un mes. Hace poco pensé que quizá para febrero estaría acabada. Pero al fin, empiezo a darme cuenta de que no tengo ni la más remota idea de cuándo verá la luz en forma de manuscrito "final", y entrecomillo no por lo que decía Valéry, sino porque después de esa versión tocará distribuirla, recibir los comentarios y hacer un par de revisiones más. Es decir, que acabar la novela puede llevarme tres meses, tres años o tres décadas; aunque si soy sincero, no estoy seguro de que vaya a tener fuerzas de seguir tres décadas más. Quizá sí, cómo estar seguro. Además, la palabra final va adquiriendo unos límites cada vez menos claros.

Podría parecer, llegado este punto, que estoy harto, cansado, agotado, de escribir la novela; que me arrepiento de haber comenzado una historia que a veces no sé hacia dónde va o siquiera si va hacia algún lugar; que a veces me parece una absoluta basura y otras me enamora, y muy a menudo ambas cosas a la vez. Si he transmitido esa impresión, al menos he hecho algo bien en esta entrada, porque sí, a menudo lo estoy. Pero debo reconocer, para hacer honor a la verdad, que igual que unos días me da una de cal, otros me da una de arena. Cuando miro hacia atrás me doy cuenta del esfuerzo y bueno, creo que está valiendo la pena. El problema es, supongo, que mientras que yo recibo de las dos, las personas a mi alrededor siempre reciben dosis de la misma sustancia. Y eso sí me preocupa porque después de todo este tiempo todavía no he aprendido a encerrar al niño para que no moleste, y ni siquiera sé si se puede hacer o seré capaz de hacerlo, pero por mi salud mental y la de otras personas, debo al menos intentarlo. Si consigo que me deje en paz al menos unos minutos cada día, habré adelantado mucho, porque de momento, con lo que me está costando el parto, no tengo la intención de sacrificarlo. Esperemos que leer Bartleby y compañía de Vila-Matas no me haga cambiar de opinión y me convierta en otro artista del No.

En fin. Debo irme. Llevo unas tres horas con esta entrada, es hora de comer y ya saben, algo llora pidiendo atención y en esta ocasión no es mi estómago.