Soy Jonás

Jonás lo perdía todo. Pero lo hacía de una manera sorprendente, porque nunca nadie conseguía entender qué hacía con las cosas que perdía, y por mucho que las buscasen, jamás aparecían. Algunos pensaban que las escondía, pero no; Jonás no escondía nada. Simplemente, las perdía. A veces las recuperaba, siempre él mismo, pero casi de una manera mágica, ya que aparecían en cualquier lugar obvio a la vista de todos, como si hubiesen estado ahí todo el tiempo. Y a veces no.

Un día era el almuerzo, al día siguiente los apuntes de clase y al otro las llaves de su casa. Y así creció, acostumbrado a que en cualquier momento, casi cualquier cosa de su vida podía dejar de estar ahí donde él esperaba que estuviese. Y la verdad es que tampoco le iba tan mal. Cuando perdía una camiseta, tenía otra lista; igual pero diferente. Cuando perdía unos apuntes, los volvía a pedir; los mismos pero otros. Porque casi todo se perdía muchas veces. Y así fue creciendo, año tras año, no exento de problemas pero nada que le impidiese seguir viviendo.

Hasta que un día, como era de preveer -ponte en su lugar-, perdió definitivamente la cabeza. En un sentido figurado, por supuesto. No era la primera vez, y hasta ahora siempre la había encontrado de nuevo; o más bien, la cabeza le había encontrado a él. Menos aquella vez. Porque su cabeza nunca volvió a aparecer, pero eso tampoco le impidió seguir viviendo con relativa normalidad, porque si hubo algo que Jonás jamás perdió, fueron los amigos.

Que por cierto, y ya que estamos, están convencidos de que debes estar forrado con todo lo que le has quitado al pobre Jonás. ¡Devuélvele la cabeza!