Sin nombre - 2

La arena de la playa no es el lugar ideal para unos zapatos de piel de buey de 700 euros, así que Castor los lleva colgando del talón con sus dedos índice y corazón. En el fondo ha metido unos finos calcetines negros de ejecutivo. Tampoco es el mejor lugar para llevar traje, pero al menos ha tenido la precaución de dejar la chaqueta en el coche y arremangarse hasta las rodillas los pantalones de raya diplomática. Parece llevar depilados los tobillos, pero no es más que la consecuencia del rozamiento de los calcetines durante muchos años. En la mano libre sujeta con firmeza un cigarrillo que apenas humea. Si no fuese por el aplomo con el que se mueve, resultaría ridículo.

Mapache le acompaña con un atuendo más acorde a las circunstancias, el estereotipo de cualquier surfero californiano: unas bermudas de color celeste que le llegan hasta las rodillas y una camiseta negra con el anagrama de una marca deportiva, que le queda lo bastante ancha para disimular el bulto en su espalda; con la costumbre, la sensación fría que le transmite ha acabado por ser agradable, reconfortante. Falta una semana para la primavera pero el color de su piel está oscurecido como si fuese finales de agosto. El pelo largo y rubio recogido con poco esmero en una coleta completa el conjunto.

El cielo continúa cubierto y el viento les obliga a protegerse los ojos con la mano a modo de visera; el pantalón del traje flota y el pelo rubio se mueve con violencia, tratando de escapar de un confinamiento al que no está acostumbrado. Andan en la misma dirección sin hablarse ni mirarse, y podría pensarse que entre ellos no hay más que una coincidencia temporal y espacial. Con cada paso, clavan los dedos como garras en el suelo irregular y el movimiento levanta una ráfaga de arena detrás del pie. Mapache distingue algo, señala con la barbilla y las cejas y farfulla algo entre dientes. Hay alguien dentro del agua, a la altura de las boyas que delimitan la zona reservada para el baño. Su compañero desdeña el comentario con una leve sacudida de cabeza que apenas es apreciable.

Parecen decididos a zambullirse en las aguas del Cantábrico, pero ejecutan una curva trazada con compás y continúan su marcha por la orilla, donde la arena se endurece y el andar se hace más cómodo y ágil: los brazos se relajan y los movimientos adoptan un acento elegante y firme. La espuma borra el rastro de sus pisadas pasados unos segundos, aunque la huella izquierda de Mapache es la que tarda más en desaparecer, debido a su sobrepeso y el arco plantar alto en ese pie, que le obliga desde que era un niño a utilizar plantillas especiales. Pero es bueno andar por la playa.

Frente a ellos, un hombre y una mujer se aproximan con una parsimonia que contrasta con los aspavientos con los que ella acompaña sus palabras; su acompañante mira absorto al suelo siguiendo una línea recta imaginaria. Cuando están a un puñado de metros, Mapache emite un graznido a modo de saludo e interrumpe el relato de la mujer, que les mira sorprendida. La colilla   vuela arrastrada por una ráfaga de aire y como si fuese esa la señal acordada, una mano vuela a la espalda y cede el protagonismo de la escena a la sensación fría, agradable y reconfortante.

La primera bala entra cerca de la unión entre los huesos parietal y occipital, y sale limpiamente por el maxilar derecho. Sin esperar a que se desplome sobre el suelo, la segunda bala entra unos centímetros debajo de la oreja izquierda y se queda alojada en algún lugar cercano a la clavícula, debido al ángulo con el que el cuerpo cae. La mujer tiene tiempo para soltar un breve grito antes de encontrarse el cañón del revólver de Mapache apuntando a su cabeza, con el efecto deseado: el regreso del silencio. Sólo se escucha el ruido de las olas y la espuma al llegar a la orilla.

Mapache dispara dos veces más en la espalda del cadáver, que yace tumbado boca abajo con la boca abierta. Con la mano izquierda y un movimiento de la cabeza se quita la goma del pelo y guarda la sensación fría, agradable y reconfortante en el lugar donde estaba alojada unos minutos antes. Recupera la sonrisa y saluda a la pareja, que se aleja a toda prisa mientras les observa. La sangre que brota con abundancia de la cabeza de Castor huye de su cuerpo en dirección al mar y tinta la arena de rojo hasta que la siguiente ola limpia el escenario de la ejecución. Ese proceso se repetirá durante más de una hora. Con el pantalón mojado, las rayas diplomáticas ya apenas se perciben y la piel de los zapatos de piel de buey de 700 euros comienza a echarse a perder.