Mi prima Anna

Esta mañana he vuelto a hablar con mi prima. Hacía mucho tiempo que no hablaba con ella, ya que su familia vive en París y en casa el teléfono llevaba semanas sin funcionar. Mamá ha dejado el auricular sobre la mesilla del pasillo y ha pasado junto a mí secándose las mejillas con las palmas de las manos. Al verme ha sonreído, aunque yo sabía que intentaba disimular. No sabe que me daba cuenta de que algunos días cuando se sentaba a la mesa a cenar tenía los ojos enrojecidos. Hasta hoy no entendía por qué estaba tan triste y siempre que se lo preguntaba a papá, entonces él me alborotaba el pelo, me besaba en la cabeza y me decía que no era nada, pero nunca me lo creí.

Luego mamá ha entrado en su habitación con papá y por las voces que llegaban a través de la puerta parecía que estuviesen discutiendo, aunque en cuanto he escuchado la voz de Anna es como el mundo entero hubiese desaparecido. Anna es mi prima, y tiene nueve años, uno más que yo. Me ha contado que está saliendo con un chico de su clase que se llama François y que el martes pasado se dieron un beso. Casi me muero de envidia, pero no por lo de su novio, sino porque hace semanas que no voy al colegio y echo de menos a mis amigas e incluso las bromas del idiota de Samir, aunque a él nunca le daría un beso. Houda dice que es feo, pero a mí me parece que no es para tanto y me hace reír mucho con sus tonterías. No lo sé, a lo mejor sí le daría un beso. La última vez que le pregunté a papá cuándo volvería a clase, me sonrió y se dio la vuelta como si tuviese algo muy importante que hacer.

Anna me ha dicho que se ha comprado un vestido para una fiesta de cumpleaños a la que va a ir este viernes, pasado mañana. Me encanta su voz, suena tan alegre que podría estar todo el día escuchándola. Ojalá pudiéramos hablar más, porque me gusta lo que me cuenta y aunque mamá y papá lo intentan, aquí no quedan muchas cosas alegres y ella me hace sentir bien. Cuando ha empezado a hablarme del vestido, se ha escuchado un ruido muy grande y la lámpara de la mesita donde está el teléfono ha temblado. Del susto casi dejo caer el auricular al suelo, mientras la oía repetir mi nombre a lo lejos, como si me llamase desde París. Un instante después, mamá ha aparecido en el pasillo y me ha ordenado que colgase y cogiese mis cosas. Entonces ha entrado otra vez en su habitación, pero yo quería que Anna me dijera cómo era el vestido y no le he hecho caso, así que a los pocos segundos ha vuelto, me ha arrancado el teléfono de la oreja y ha colgado sin dejarme despedirme de Anna. Me he enfadado mucho y le he dicho algunas cosas feas, y la verdad es que pensaba que me iba a reñir o castigar o algo así. En su lugar, se ha agachado en cuclillas, me ha mirado a los ojos, ha esperado a que yo acabase y me ha pedido que me diera prisa en coger mis cosas porque teníamos que irnos. Estaba a punto de llorar y no he sabido qué decirle. Antes de que pudiera preguntarle nada se ha escuchado otro estruendo, pero esta vez ha sonado mucho más fuerte. Los cristales del armario se han roto y un jarrón se ha hecho añicos al caer al suelo. He sentido que las piernas me temblaban.

En la escalera del edificio la gente bajaba atolondrada a toda prisa, empujándose una a otra, algunos saltando los escalones de dos en dos. Una señora ha tropezado y ha bajado rodando hasta el siguiente rellano, pero nadie se ha detenido a ayudarla. Solo saltaban sobre ella intentando no pisarla, aunque alguno lo ha hecho. Papá tampoco se ha parado. A mí varios vecinos casi me tiran al suelo. En ocasiones se oía un grito y después un saco o una bolsa de plástico caía por el hueco de la escalera como una piedra. Delante iba papá, llevando mi maleta y una más grande, y detrás mamá con otra maleta. Me giraba todo el rato para ver si nos seguía y ella decía con los labios "vamos, cariño" sin pronunciar ningún sonido, mientras hacía gestos con la mano para que me diese prisa. La calle estaba llena de gente, la mayoría corriendo o andando deprisa, pero me he fijado que algunas estaban inmóviles con la mirada perdida, como si de repente acabaran de aparecer allí y no supiesen qué sucedía. Casi todo el mundo iba cargado con maletas o bolsas de plástico llenas de ropa, y he visto mucha gente llorando, los mayores en silencio y los pequeños casi a gritos. Niños en brazos de sus madres o padres o cogidos de la mano de sus hermanos. Los adultos tenían en los ojos una expresión rara, como la de mi perro el día que papá le riñó por coger aquel trozo de pan de la mesa. Mamá me ha dicho luego que era miedo. 

Como yo no puedo correr mucho, papá me ha cogido y me ha pedido que me agarrase fuerte a él con los brazos y las piernas. "Cariño, como si fueras uno de los monos bebés que vemos a veces en la tele", me ha dicho. Aferrada con toda la fuerza que podía a su cuello, le escuchaba respirar y sentía cómo su piel se llenaba de sudor, aunque no me he quejado porque le veía preocupado y no quería molestarlo. Yo miraba a mamá, que nos seguía detrás y murmuraba que todo iba a ir bien. No se lo he dicho, pero a mí no me parecía que nada fuese a ir bien y ahora tampoco me lo parece y creo que lo decía más para ella misma que para mí. A veces pasábamos junto a algún chiquillo que lloraba como si estuviera perdido, y yo le gritaba a papá que teníamos que parar, pero él seguía caminando sin hacerme caso y me quedaba mirando al niño de pie en la acera muy quieto, oyendo sus lloros cada vez más lejos hasta que lo perdía de vista entre la gente que corría de un lado para otro.

No estábamos muy lejos de nuestra casa cuando se ha escuchado una gran explosión y en el tercer piso de nuestro edificio, cerca de la ventana de mi habitación, he visto cómo aparecía una nube de polvo marrón flotando en el aire. En ese momento me he quedado sin respiración y he sentido como si algo se hubiese roto en mi interior. Entonces he entendido por qué ya no iba a clase, por qué mamá lloraba en silencio, por qué la semana pasada me dio una maleta y me dijo que metiese mi ropa dentro, por qué papá me besaba en la cabeza y no me explicaba nada. Mamá se ha detenido y se ha vuelto a mirar y papá ha dejado las dos maletas en el suelo y le ha puesto la mano sobre el hombro, pero ella no se ha girado y ha seguido muy quieta observando lo que quedaba de nuestra casa cuando el viento ha dispersado el polvo. Estoy segura de que han sido solo unos segundos, aunque al recordarlo me da la sensación de que allí de pie hemos pasado mucho, muchísimo tiempo, como si hubiésemos consumido días enteros muy deprisa. 

La siguiente bomba ha caído donde está el parque, un poco más lejos, y eso ha hecho que nos pusiéramos en marcha de nuevo. Mamá me miraba e intentaba sonreír, y yo quería devolverle la sonrisa aunque veía cómo le caían las lágrimas por la cara. Cada vez que se escuchaba una explosión, lo que dejábamos detrás se oscurecía un poco más. Varias columnas de humo se elevaban en el cielo, y el azul de antes ahora empezaba a ser gris. Al salir de la ciudad, papá me ha vuelto a dejar en el suelo y nos hemos alejado de la carretera y un rato después junto a un árbol mamá se ha parado, ha sacado un trozo de pan y me lo ha dado. Le ha ofrecido otro a papá, pero él ha dicho que no, se ha vuelto y con la cara tapada con las manos le he oído llorar. No sé por qué, en ese momento me he acordado de Anna y he sabido que no volvería a hablar con ella.