Mi móvil Amelio y yo

Yo jamás me compraré un móvil.

Jamás de los jamases. Nunca jamás. Como en el mundo de Peter Pan. Y lo mejor es que me lo creía y todo. Mi bro ya había cambiado de aparatejo y yo aún no había estrenado ninguno. Estaba ciertamente orgulloso de mi resistencia, era de alguna forma como mi particular no pasarán, aunque por aquel entonces mucha gente tuviese su particular cruzada en contra de los aparatos móviles. Pero pasaron, desde luego, quién lo iba a dudar. Cuando el primer día de mi búsqueda de trabajo, hace poco más de seis años, me gasté más de mil pelas en llamadas a móviles, decidí que la cuestión estaba entre mi cuenta corriente, no demasiado abultada por aquel entonces ni por este ahora, y mi orgullo. Y la decisión estaba clara. El orgullo acaba siendo un incordio para este tipo de cosas, así que prescindí de él (aunque vistas las facturas generadas, no estoy seguro de que mi cuenta corriente haya resultada beneficiada con la elección).

Y hay que ver como me ha cambiado la vida este bicho. Es todo un tema en eso de las necesidades creadas. Antes, no sabía ni que existía. Ni ganas. Ahora en cuanto me doy cuenta de que no lo llevo me pongo a pensar cómo conseguir que me lo lleven donde estoy, quién me habrá llamado - cuando habitualmente no me llama casi nadie -, si me habrán mandado algún mensaje... como si trabajase yo para la Casa Real. Y lo más curioso es que aunque no suene, yo lo miro, por si acaso. Por si acaso ¿qué? Pues lo mismo me pregunto yo... por si acaso me he quedado sordo, supongo, porque la cuestión es que lo sigo mirando.

Y no es lo único. He experimentado otros cambios bastante notorios. Para empezar, cuando alguien se acuerda de mi, no me llama: me hace llamadas perdidas. Una simple llamada de un tono (no sea que les coja la llamada y la jodamos) y s q s akuerdan d mi. Tócate las narices; a lo mejor no nos vemos en meses, pero como me hacen llamadas perdidas, pues qué necesidad hay de que nos veamos las jetas. Al principio, en mi infinita ingenuidad, llamaba y decía aquello de Hola, tengo una perdida tuya... E intentaba no parecer demasiado idiota cuando oía lo de No, si no quiero nada, sólo que me he acordado de ti y te he hecho una perdida. Lo de quedar con alguien de antemano también ha pasado a la historia: Nada, tú cuando vayas a llegar me haces una perdida y yo acudo (coño, ¿y por qué no acudes ya?), o el socorrido Bueno, pues ya te llamo mañana y quedamos (¿mañana? ¿por qué mañana? ¿no podemos ahorrarnos la llamadita y quedar ahora?). O esos mensajes de texto cifrados que me cuesta cinco minutos entender, y es que hay gente que realmente se aplica en esto de simplificar: sofi, q l filip dice q l leti ya a tnio l niña i dce q vayams pnsndo n hablr cn el zapa i vyais kmbiando l consti d ya xa ya. Por no hablar de cómo ha incrementado mi ración de estrés diario, sobre todo cuando se trata de la comunicación con mujeres -en mi caso-; le he mandado un eseemeese y no contesta... ¿tendrá saldo? A lo mejor no me quiere contestar... ¿estará enfadada por algo? Quizá sería mejor que le llamase... le llamo no le llamo le llamo no le llamo... venga contesta... anda, venga. Y miro el móvil y lo vuelvo a mirar, los peces en el rio (sí, otra vez), y claro, este razonamiento acaba en llamada mía, y la habitual lista de, a veces respuestas, y a veces excusas: i) Pues no lo he oído, lo tenía en el bolso/en silencio, ii) Estaba en clase/una reunión, iii) No me queda saldo o iv) Pues justo ahora mismo te iba a contestar (vaya, ¡qué casualidad!). Aunque eso sí, me quedo mucho más tranquilo... después de gastarme medio euro en la puta llamadita, claro. Entre el correo electrónico y los móviles, acabaran conmigo. O con lo poco que queda de mi.

Y lo peor es que en el apartado de curiosos no he avanzado demasiado. Se me sigue quedando la misma cara de joderotraveztengoqueexplicarlomismo con el ¿Por qué llevas dos móviles? que con el anterior ¿No tienes móvil?. Y es que si antes no quería llevar móvil, ahora llevo dos; por si me quedaba algo de orgullo. ¿Quieres caldo? Pues toma dos tazas.

Aunque tengo que admitir que, a pesar de todo lo dicho, me parece un gran invento. Pero eso sí, yo jamás (de los jamás de toda la vida) me compraré un GPS. Aunque es verdad que hay algunos tan bonitos...

(Texto publicado como colaboración en Pnac, el 3 de noviembre de 2005, actualizado y con algunas ligeras modificaciones. Y es que tiempo, lo que es tiempo, ya he dicho que no tengo nada o casi nada...)