Matías

El padre de Matías decidió obsequiar a su hijo recién nacido con un curioso regalo. Un regalo, por decirlo de alguna manera, a largo plazo. Cada día, sin falta, le sacaba una foto de la cara al niño, escribía la fecha al dorso, y la guardaba religiosamente, con la ilusión de ofrecérsela algún día en el futuro junto con todas las demás. Como es de esperar, al ver dos fotos consecutivas el cambio era inapreciable más allá de los cambios habituales que cualquier persona refleja en su rostro de un día para otro, pero cuando comparaba fotos de fechas distanciadas entre sí por meses o incluso años, el cambio era espectacular. Aquello no era en realidad nada nuevo; cualquier niño cambia sensiblemente de un año al siguiente, y Matías no era una excepción. La diferencia era que en este caso, y utilizando un pequeño artefacto que el padre había construido al par de años de vida del chiquillo, se podía ver cómo el rostro del niño literalmente cambiaba -crecía- ante tus ojos. Aparte del notable hecho, por supuesto, de que no todo el mundo posee un registro fotográfico diario de de los primeros trece años de vida de uno mismo.

Porque ese es el tiempo que el progenitor de Matías fue capaz de continuar con su pequeño experimento, que era después de todo en lo que se había convertido aquello. Lo que en un principio nació como un regalo para el futuro, era ahora su pequeña obsesión particular y la tortura diaria de su hijo. Un nueve de abril le tomó la última fotografía, sentado en una silla de la cocina, cuando éste tenía trece años, siete meses y cuatro días, y después de ese día, incluído expresamente el día de su muerte, jamás volvió a reflejarse la cara de Matías en documento gráfico alguno; ni fotográfico, ni filmográfico ni tan siquiera en un dibujo. Tras su muerte, tal y como dejó indicado en su testamento, las casi 5000 fotografías de su rostro fueron quemadas junto a su cuerpo, y con ellas, aquel regalo de su padre que le marcó durante toda su existencia.