María

Hola, María. Podría empezar esto con un diplomático 'Querida María', pero después de casi veinte años de matrimonio, es tarde para hipocresías. Ya nos conocemos, cariño. Hemos tenido mucho tiempo para hacerlo, probablemente demasiado. Tiempo para querernos, para amarnos, para agotarnos, tiempo para la indiferencia, para cansarnos, para ignorarnos y tiempo para odiarnos. Y ya sólo me queda eso por ti, María, un profundo, sincero y sentido odio.

Odio, odio, y sólo odio. Quizá sea después de todo mejor que la indiferencia, al menos despiertas algún tipo de sentimiento en mi, pero a estas alturas poco importa. No niego que te amé ni pongo en duda que tu lo hicieses alguna vez, pero todo esto, cariño, todo esto fue un gran error. Tú lo fuiste, pero no puedo dejar que te sientas privilegiada, porque tú eres sólo una de otras muchas cosas que he hecho mal en esta vida. Otra decepción, ninguna sorpresa.

Y por eso estas palabras son mi propio corredor de la muerte, lo último que haré antes de saltar por el balcón. Tendrás que disculpar mi torpeza, cariño, la vergüenza que te haré pasar, y los incómodos comentarios que tendrás que soportar por mi culpa. Estoy tranquilo, se te da bien fingir, llevas muchos años practicando, aunque esta vez no lo vas a necesitar, esta vez vas a ser tú misma. No podía soportar la idea de irme de este mundo dejando una sonrisa en tu boca, y por eso te digo, María, que no busques a nuestro hijo, porque está conmigo.

Adiós, María.