Lluvia cayendo

Cuando me acosté anoche llovía. Cuando me he levantado esta mañana llovía. Lleva semanas así: cayendo sin interrupción. Casi diría que meses, he perdido la cuenta. Al principio apenas la percibes y eso puede llevarte a pensar que la llovizna, esos millones de minúsculas gotas suspendidas sobre tu cabeza no conseguirán mojarte, que son sólo una molestia, un incordio pasajero. Pronto aprendes que estás equivocado; solo hay que permanecer debajo de ella el tiempo suficiente. Hace tiempo que vuelvo a estar empapado y el sol esta vez se resiste a mostrarse. Antes aún se asomaba de vez en cuando entre las nubes, pero ahora lleva tanto tiempo sin hacerlo que creo que se ha olvidado de mí, que me ha abandonado. Quizá sea un sol tímido, quizá sea un sol cruel, quizá sea ambas cosas.

Miro a través de la ventana y veo a los niños jugar en la calle. Aunque con la ropa mojada todo se hace más difícil, algunos días pienso que yo también puedo salir. Poder, querer, tener, necesitar, no sé qué verbo debo utilizar. Pero al cruzar el portal, en el instante que la suela de la zapatilla toca la acera, la lluvia se hace más intensa y siento frío y ganas de volver a casa, mientras todo el mundo a mi alrededor parece seco, aunque sé que nadie lo está completamente; todo el mundo alberga al menos un poco de humedad entre sus ropas.

Otras veces, a menudo, me pongo una chaqueta seca y salgo a la calle y camino entre la gente, fingiendo que debajo de ella estoy seco. Si consigues acercarte lo suficiente verás sin embargo que el agua escurre por las perneras, que cae por mis dedos, que estoy tiritando. Es posible que jamás lo veas; con la práctica he conseguido que tengas que acercarte demasiado para darte cuenta.

Al despertarme hoy seguía lloviendo. No me ha hecho falta mirar por la ventana para saberlo. Me acuesto cada noche calado hasta los huesos y cuando apoyo el pie fuera de la cama cada mañana sigo calado hasta los huesos. Es difícil dormir con la lluvia cayendo sobre ti. Se me están acabando los refugios y tampoco los paraguas sirven de mucho estas últimas semanas; el viento parece decidido a arrojarme el agua a la cara como si tuviese algo en contra de mí.

¿A quién vas a culpar? Ellos no tienen la culpa. ¿A ti mismo? No lo sé. Podría guarecerme mejor, ponerme ropa seca, dejar que me ayuden a secarme. A veces lo hago, pero es extenuante y como con tantas otras cosas es más fácil decirlo que hacerlo. Ni siquiera estoy seguro de que hablar de la lluvia sea bueno, pero tampoco de que pueda evitarlo. Sólo sé que sigue lloviendo y hoy me parece que no va a parar nunca. Sólo sé que necesito que se detenga, que deje de caer. Lo hará, tarde o temprano, porque eso es lo que hace siempre y ruego al cielo o al infierno que esta no sea la excepción, porque cuando veo a lo lejos la tormenta ahogándolo todo y los rayos muriendo en el suelo, hay ocasiones en las que desearía sumergirme en ella y esperar a que uno de ellos caiga sobre mí.

Cuando me acosté anoche llovía, cuando me he levantado esta mañana llovía. Lleva semanas cayendo sin interrupción y yo sólo quiero que pare de una vez.