L.

Cuando llegaba el verano, y el valle se convertía en una olla a presión casi permanentemente, las siete de la mañana pasaba a ser la única hora en que era sensato pasear, y por tanto, el único momento que L. podía dedicar a sí misma. El calor todavía no era excesivo, y con el frescor del ambiente la humedad resultaba, a diferencia del resto del día, refrescante; el rocío caído durante la noche se acumulaba sobre la hierba y andar descalza sobre ella era la mejor y a menudo la única experiencia agradable del día. Sin rumbo definido y con los ojos cerrados, caminaba durante unos minutos sintiendo la caricia de la grama mojada sobre las plantas de sus pies o las gotas de agua sobre su empeine, consciente de cada movimiento de su cuerpo, de cada brizna de aire, de cada sensación, de cada sonido, sin más compañía que la de algún pájaro intruso y bienvenido; olvidaba sus problemas y se dejaba llevar.

Un día, al llegar a finales de agosto, L. se detuvo y mientras respiraba profundamente, se convirtió en flor.