Irina

«El cerdo disfrutaba con ello, no me cabe duda. Lo normal es que primero me las follase yo, y aunque luego le tocaba a él, la mayoría de las veces no se las follaba, sólo les pegaba. Imagino que por eso se esperaba hasta que yo había acabado con ellas. Le gustaba humillarlas y el muy hijo de puta se lo pasaba en grande. Decía que no merecían ser tratadas como seres humanos, y desde luego aplicaba esa idea a rajatabla. Siempre hacía lo mismo: se ponía de pie y arrodillaba a la furcia delante de su polla. Entonces sacaba un billete de veinte euros y le preguntaba a ella si lo quería: ¿Lo quieres, puta? Su forma de decirlo me daba náuseas. Sí, el tipo era un enfermo, pero el cabrón estaba podrido de pasta y se lo montaba de miedo; te lo pasabas bien y creo que por eso seguía yendo con él.

La primera hostia siempre pillaba a la puta por sorpresa, porque seguramente esperaba que él se la metiese en la boca o que se masturbase delante de ella. Pero las siguientes no. Cuando alguna rechazaba la oferta inicial, él subía la puja hasta que ella acababa cediendo, y nunca, nunca, encontramos una furcia que se echase atrás. Él les seguía pagando con cada golpe hasta que se corría. Más de una vez le dije que no era necesario que les pagase, que la puta no iría a ningún lado si nosotros no queríamos, aunque se negaba; siempre les pagaba antes. No sé cuanta pasta se dejaba cada noche, pero joder, te aseguro que mucha, muchísima. Supongo que quería sentir que la compraba, yo qué sé, vete a saber qué le movía, el tipo estaba como una puta cabra.

Me acuerdo muy bien, vaya que sí. Irina, se llamaba; yo me la follé dos veces antes y desde luego la tía sabía lo que se hacía, ya lo creo que sí. Te diría que la culpa la tuvo él, pero coño, qué quieres, le había dado cuatrocientos euros y aquella furcia rusa se apartó, y eso le hizo perder los estribos. No debería haberlo hecho; en ese instante supe que aquella zorra no volvería a follar más. Esperó a que ella le mirase desde el suelo y entonces le rompió un puto cenicero de mármol en la cabeza y le meó en la herida mientras ella se desangraba; reconozco que todo aquello me resultó ciertamente desagradable. En el ascensor, tuve que pegarle un tiro; la puta se lo había merecido, pero él ya no era tan buena compañía».