Gómez y Machado

El señor Gómez era de ese tipo de personas que llegas a odiar sin conocer, simplemente por su aspecto físico, su comportamiento, su manera de tratar a la gente. Ese tipo de personas a quienes dedicas un 'qué hijo de la gran puta' como primera y única impresión. Con su traje de dos mil euros, su Porsche todoterreno y un eterno purito en la boca, resultaba sencillo imaginarle espetándole aquello de 'no sabe usted con quién está hablando' a cualquier guardia urbano. Ese tipo de personas a quienes te gustaría ver en el suelo escupiendo sangre, humillado, masticando un poco de humildad, tragando un poco de la mierda que reparten día tras día a los que están debajo de él.

Machado era de los que hacían realidad esos deseos. Otro hijo de la gran puta, no nos engañemos, pero en el extremo contrario. Mientras que Gómez era el responsable de depresiones, abusos, y algún que otro intento de suicidio frustrado, en definitiva, de hacer sentir miserables a las personas, Machado era la causa de huesos rotos, fracturas craneales y más de un intento de asesinato frustrado. El poder social y económico pueden amargar la vida de una manera profunda y angustiosa, pero la violencia física es también un recurso muy poderoso; el dolor físico es mucho más instintivo, más real, más inmediato. Machado no se cansaba de repetir que éste era doblemente democrático: todo el mundo tiene miedo al dolor físico, e infligirlo es un poder que todo el mundo posee. Este era su lema, expresado en forma de filosofía vital, y lo aplicaba siempre que lo consideraba necesario.

En resumen, ambos jugaban al mismo juego, pero con diferentes dados; ninguno tenía el más mínimo respeto por la vida humana. Así que cuando aquella noche a Machado se le fue la mano con Gómez, como en tantas otras ocasiones, y le hizo tragar más orgullo del que éste fue capaz de asimilar, a nadie le importó mucho porque a fin de cuentas, en términos absolutos la única implicación que aquello tuvo fue que donde antes habían dos hijos de puta, ahora ya sólo había uno.