El cartero

Las postales fueron lo primero, porque no tenía que hacer nada. Sólo leer. Era fácil y poco arriesgado. Un fragmento de la vida de otra persona en una docena de líneas. Leía aquellas postales una, dos o incluso tres veces, y las clasificaba, igual que hacía con cualquier otra correspondencia, igual que había hecho hasta entonces sin reparar en ellas. Hasta ese momento, me consideré una especie de curioso. Era divertido al principio. Estoy de acuerdo en que eso no me justifica, pero puesto en perspectiva no es tan grave. Creo que empecé a hacerlo en torno a los 37 años, aunque no estoy seguro. La memoria es débil. Si lo pienso bien, no hace tanto de aquello.

No recuerdo el día, pero sí que fue un miércoles de agosto. La chica a la que iba enviada la postal se llamaba Ana. En mi memoria no hallo nada más, ni siquiera de qué hablaba el remitente; supongo que de sus vacaciones, quién sabe. Qué importa ya. Cogí la postal, miré a mi alrededor y sin ni siquiera leerla me la metí debajo de la camisa, pegada al estómago y sujeta por mi barriga contra el pantalón. Las manos me temblaban y estuve todo el día pensando que alguien me había visto. Que me harían desnudarme y luego me despedirían, pero no. Cuando llegué a casa me senté en la cama y la saqué; tenía una fotografía de dos niños negros jugando al fútbol en un campo de polvo marrón. El sudor había hecho que la tinta se corriese y algunas palabras no eran reconocibles. No me importó. Aunque no tenía mucho, la leí al menos veinte veces. Vacié una caja de zapatos que tenía llena de monedas antiguas y la metí dentro. Estaba eufórico. Exultante. Mucho.

Desde que leí la primera postal hasta que robé una pasaron siete años. Tendría entonces unos 44 años. Sí, más o menos. Dos años más tarde tenía nueve cajas llenas debajo de la cama. Pasado un tiempo dejé de leerlas, porque no me hizo falta mucho para darme cuenta de que la gente que las enviaba sólo decía tonterías. Así que yo sólo las robaba. Empecé a llevar una vieja cartera que tenía en casa al trabajo, y las iba metiendo allí dentro. Cambié de puesto en la sucursal para estar más tiempo en la sección de clasificación y en casa compré cajas de mudanza de 50x50x50 cm. ya que el número empezaba a ser importante y se me habían agotado las cajas de zapatos. En un puñado de ocasiones alguien vino reclamando a la sucursal, pero por aquel entonces el servicio no era lo fiable que es hoy y una postal es fácil de extraviar; el destinatario y la dirección se escribe a mano, con prisas y en un hueco demasiado pequeño, así que no hay garantías de nada; es fácil confundirse o que no se entienda la letra.

Año y medio más tarde almacenaba en un trastero alquilado siete cajas de mudanza repletas hasta el borde. Por una simple casualidad, el nombre de la destinataria de la primera carta que robé también era Ana. Ignoro si era la misma persona, imagino que no. Todo fue parecido pero mucho más rápido; tenía práctica: no me ponía nervioso; sabía cómo ocultarme, cuál era el mejor momento del día, qué compañeros estaban más atentos y cuáles más distraídos. Con la carta en la mano, leía el destinatario, igual que había hecho hasta entonces, pero ahora buscaba un nombre o una dirección manuscrita. Si la letra me gustaba, me guardaba la carta y al volver a mi sitio la metía en la cartera de piel marrón. Con el tiempo se convirtió en una mochila y luego en una bolsa de deporte de tamaño medio.

Al poco tiempo la letra dejó de importar. Las cogía todas, me daba igual. Llegué a leer algo así como el primer centenar, pero era difícil encontrar algo interesante, por lo que también empecé a guardarlas sin leerlas. Ni siquiera abría los sobres. Casi todas eran aburridas, triviales, livianas, vacías, efímeras. Tonterías y más tonterías. No lo entendía cómo la gente podía perder el tiempo de esa manera, y sigo sin hacerlo hoy en día. Solo en algún caso alguna me llamaba la atención, por la caligrafía, el color del sobre, algún dibujo a color, y tumbado en la cama con un cigarrillo en la mano abría el sobre, la desplegaba con cuidado y la leía en voz alta. Tuve muchas decepciones pero me gustaba el ritual.

Puedes imaginarte mi problema de espacio. Llené el primer trastero en poco tiempo y necesité alquilar otro. Eso no bastó y tuve que almacenarlas también en casa. Dos años después me gastaba un tercio del sueldo en el alquiler de un piso sin amueblar en las afueras. No sé, tendría como trescientas cajas llenas de cartas y postales. Quizá más. Más, seguro. No sé, no lo recuerdo. Nunca las conté. Ni las postales, ni las cartas ni las cajas. Yo solo las cambiaba de sitio. Las movía de un lugar a otro, eso era todo.

Entonces las reclamaciones empezaron a llegar; era raro el día que no recibíamos media docena. Personas que gritaban, personas que se enfadaban, personas que nos insultaban, personas que rellenaban impresos, personas resignadas, personas irritadas. Lo sentía por mis compañeros, pero al poco dejé de preocuparme por ellos y por las quejas, hasta que desde central mandaron a alguien a investigar el problema. Un tipo gris y serio con un traje gris y serio cuyo nombre no recuerdo. Pero sí que tenía unos labios finos como cuerdas y que su mandíbula me recordaba a los muñecos de los ventrílocuos. Curiosa palabra, ¿no te parece? Ventrílocuo. En más de diez años ese fue el único período en el que me detuve; ni siquiera leía las postales. Era un autómata clasificador. Un robot. Un ser sin alma. Un brazo orgánico que se movía como uno mecánico. Esta, en esta saca. Esta, en la saca de allí. Esta, en la saca pequeña. Así todo el día. Era extenuante.

Seguro que te lo imaginas: el corazón me daba un vuelco cada vez que cogía una carta en mis manos; era como una gota en un vaso que acaba llenándose; al final del día apenas podía respirar de la ansiedad que aquello me causaba. El médico me recetó 3 mg de lexatín al día aunque algunos días llegué a tomar hasta el doble. Tres semanas duró aquel infierno y entonces despidieron a dos compañeros que hacía mes y medio que habían entrado a trabajar, supongo que porque consideraban que los robos habían coincidido en el tiempo con su incorporación. No era así, claro, pero qué iba a decir yo. No tardé ni treinta segundos en retomar mi actividad cuando el tipejo de la central salió por la puerta. Valiente memo. Dejé los ansiolíticos.

Por aquel todavía entonces descartaba la correspondencia que no fuese íntima: entidades bancarias, empresas, organismos públicos. Es decir, todas aquellas en las que el nombre del destinatario aparecía mecanografiado o el sobre llevaba algún distintivo impreso. Hasta que ese también dejó de ser un criterio para discriminar. Todas, las cogía todas. No hacía ninguna distinción. Cuando nadie me miraba, cogía un puñado que acababa en una de las bolsas de deporte que había adquirido: el modelo más grande que encontré después de visitar una docena de tiendas. Al finalizar el día estaba a rebosar y me costaba horrores levantarla, cuando podía hacerlo. Había días que me quedaba el último en la sucursal porque si no la arrastraba no era capaz de llevarla hasta el coche.

Vendí el piso y me mudé a uno diminuto en un barrio de la periferia. Alquilé una nave industrial lejos de la ciudad, la equipé con estanterías y moví allí todas las cajas. Para entonces entre unas cosas y otras apenas el sueldo apenas me daba para vivir. Cada vez eran más cajas y más estanterías, y las bolsas de deporte no duraban demasiado. Cajas, estanterías y bolsas de deporte. Hacía dos viajes a la semana para llevar las cartas de mi casa a la nave. Tendría unos 54 años, más o menos. No sé. La mudanza me llevó unos dos meses. Pensé en contratarla, pero me daba miedo que perdiesen alguna carta y por otro lado, tampoco tenía dinero suficiente.

Me subieron el alquiler de la nave y tuve que tomar una decisión. Dejé el piso y me mudé a la nave industrial. Estaba a dos horas del trabajo, pero ahora sólo pagaba un alquiler, que no obstante me estaba gastando en parte en la gasolina, aunque me ahorraba los dos viajes que hacía antes. En un rincón puse un colchón que había cogido de un contenedor cercano y compré un camping gas y una estufa. Todos los días robaba algo de algún supermercado; con la habilidad que había adquirido era muy fácil. A pesar de todo, no comía lo suficiente y empecé a adelgazar. Tuve que dejar de llenar tanto las bolsas, ya que si no cuando estaban llenas no podía moverlas. Para compensar, algunos días llevaba dos bolsas, dejaba una en el coche y al finalizar el día repartía las cartas entre las dos.

Tengo 59 años. A menor ritmo, el número de cajas ha seguido creciendo hasta hace tres semanas y dos días: el momento en el que me fui del trabajo. No sé porqué empecé a leer postales, cómo ni porqué empezó todo. Esta vez han sido tres las personas que han enviado desde central. El tipo gris de la anterior ocasión, acompañado de una mujer joven y un chico también joven con cara de niño y la nariz aguilucha. Salí por la puerta en cuanto los vi entrar en el despacho del responsable de la sucursal. No sé si me están persiguiendo. Hace algo más de tres semanas de eso, o cuatro, no sé. Aun me quedan ansiolíticos de la otra vez. Están caducados pero me los tomo, algún efecto tendrán todavía. Debe haber mucho jaleo; en estos meses pasados hemos tenido muchas quejas de empresas y particulares. No sé, puede que sí sea eso. Desaparecí el día que ellos llegaron. No he dado señales de vida, así que lo más probable es que me estén buscando. Por suerte, nadie tiene esta dirección y no he firmado contrato de alquiler así que tardarán en encontrarme. Cuatro semanas, creo. Nadie sabe dónde estoy. Hace humedad aquí y frío, pero no van a encontrarme.

No tengo ni idea del tiempo que llevo tirado en este colchón apenas sin moverme. Tengo el cuerpo entumecido. Debe ser eso. Estoy cada vez más débil y tengo que levantarme muy despacio para no desmayarme, ya que me he despertado en el suelo varias veces, pero desde este colchón puedo ver las estanterías y eso me hace sentir bien. Como el primer día con la primera postal. No sé cuántos miles de cajas habrá. Deben haberme despedido. Es normal, yo también lo habría hecho. Llevo mucho tiempo sin ir a trabajar. Demasiado, seguro. Sí, quizá sea eso. Esta tos me está matando. Igual es neumonía. Si me vieses, ahora mismo doy un poco de miedo, pero no te asustes, me recuperaré. Lo prometió. Hace tres días que no como. Aquí hace bastante frío. Mucho. Me cuesta organizar mis pensamientos. Dijo que lo haría. Espero no haberme equivocado demasiado en lo que te he contado. Que me escribiría. Igual me ha bailado alguna fecha, algún dato, es bastante posible, no soy infalible. Ah, sí. Se llamaba Ana. Como te decía, mi memoria no es lo que era y tampoco puedo pedirle demasiado. Hace mucho frío aquí. Espera mi carta, dijo. No sé, no recuerdo más. No sé. No sé. Lo he olvidado. Ana, creo. No, sus apellidos no. No sé, no me lo preguntes más. Escribirá, seguro.

Cuando acabes de leer esta carta, métela en el sobre y échala en la caja 1137 de la sección P2 Oeste. Es la última, pero aun no está llena. Si las necesitas hay más cajas en la pared del este, al fondo. No olvides recoger el correo. Seguro que Ana escribe pronto. Me lo prometió.

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(Tiempo de escritura aprox. 3h. Revisión superficial)