Déjame que te de un consejo

La primera vez que sientes el frío del cañón de una nueve milímetros presionando contra la nuca es fácil que te mees encima; es casi inevitable. A los tres años cualquier niño controla sin problemas sus esfínteres, pero en ese momento tú no eres capaz de hacerlo y ni siquiera te das cuenta; tu cabeza está demasiado ocupada con tu vida para evitar que tu cuerpo vaya por libre.

Y eso no cambia hasta que comprendes que la existencia no es algo que se posee como un par de zapatillas; que se es o no se es. Que morir es algo que nunca puede pasarte a ti, y que para perder algo, hay que ser consciente de que lo has perdido; una vez muerto no vas a poder echar de menos tu vida.

Sólo cuando entiendes esto puedes librarte del miedo y mantener la cabeza fría. Y lo más importante, ayudar a evitar que alguien te la atraviese con una bala. Cuanto antes lo asimiles, mucho mejor para tí.