Amiranebo (I)

Un teléfono cualquiera en una mesita cualquiera de una habitación cualquiera de un hotel cualquiera de una ciudad cualquiera. Sonando por tercera vez en diez minutos, como un niño que pide atención y que no parará hasta conseguirla, con un sonido estridente, molesto, excesivamente agudo; aunque este no es especial. Siempre es excesivamente agudo. Si sólo pudiera parar ahora; justo en este preciso instante. Odio los teléfonos, siempre los he odiado, con esa estúpida urgencia suya. Los odio. Desaparece. Detente. Cállate. También odio a los niños, por exactamente lo mismo. Niños. Debería haberlo desconectado cuando llegué aquí; no necesito nada ni quiero nada. Déjeme en paz. Deja de sonar. Olvídese de mi existencia.

Y aunque efectivamente, el ruido se detiene, vuelve para atacar de nuevo pasados unos minutos. Insistente hasta la victoria final.

—Mmmmhhh... sí. ¿Qué quiere? —Un apropiado tono inquisitivo, maleducado. Silencio, una leve respiración y un momento de duda.

—¿Tyler? —Un hombre, una voz grave y clara, y una palabra. No, una pregunta. Respira, no te ahogues.

—¿Sí? ¿Quién es? —Otra larga pausa—. ¿Sí? ¿Hola? —Ansiedad en mi voz.

—Hola, Tyler. Escúchame bien. —Despacio, se toma su tiempo para pronunciar cada sílaba; vocaliza con cuidado. Casi puede imaginar los labios, la lengua y los dientes formando los sonidos justo antes de abandonar su boca—. Llevas demasiado tiempo siendo un cadáver andante. Se te han acabado los paseos. Es hora de acabar con esto. Despídete de tu familia, chico.

Un pitido intermitente al otro lado, ciento veinte pulsaciones por minuto y muchas preguntas sin contestar.

Cuando llevas cuatro años sobreviviendo al cáncer, lo primero que piensas al oír algo así es que La Muerte va a tomarse la molestia de venir personalmente a por ti, lo que sería, por todas las molestias causadas, un bonito detalle. O que quizá seas un hueso demasiado duro de roer incluso para ella. Pero ese pensamiento, obviamente más poético que real, no dura demasiado en tu cabeza, porque si llevas esos mismos cuatro años evitando el contacto humano, huyendo de todo, inventándote nombres aquí y allí, persiguiendo el silencio, escuchar tu nombre por teléfono, un nombre que de no utilizar casi has olvidado, es lo mismo que ver un fantasma. Pero uno muy real, uno que no puedes negar si aún confías en tus sentidos, y no hay razones para dejar de hacerlo ahora. Eres Tyler, y sí, llevas mucho tiempo de prestado sobre este mundo. Demasiado tiempo. Demasiado real. Demasiado cerca. Demasiados demasiado. Pero todo lo demás, todo lo demás no. Eso no tiene ningún sentido, pero desde luego, si hay otra cosa clara en todo esto, es que ese tipo no parecía estar bromeando.

En la habitación de al lado, un hombre cuelga un teléfono cualquiera en una mesita cualquiera de una habitación cualquiera de un hotel cualquiera de una ciudad cualquiera. De una ciudad cualquiera no. De Amiranebo.