Ajedrez

No recuerdo a qué edad aprendí a jugar al ajedrez. Quizá a los diez, quizá a los trece, quizá a los quince, vaya usted a saber; no soy un gran jugador, digamos que mi nivel es "amateur" intermedio, lo que no es gran cosa. Me defiendo, y poco más. El caso es que durante bastante tiempo, mi padre fue mi único adversario, lo que implicaba que yo, en mi afán de superación, lo taladrase sin compasión día tras día, noche tras noche, motivado por mis ansias lúdicas y cómo no, por el anhelo de la victoria final.

Como era de esperar -o no-, poco a poco mi nivel fue creciendo, mientras que el de mi progenitor, que no dedicaba más tiempo al ajedrez que aquel que ambos compartíamos frente al tablero, se mantenía estable. Probablemente el reto personal que para mí suponía cada partida contrastaba con la falta de interés que aquello le provocaba y que hizo que un día, del que tampoco me acuerdo, y tras incontables partidas perdidas, le ganase. Después de aquello, jugamos pocas partidas; de aquellas, a veces gané yo, a veces ganó él, aunque todo sea dicho, con la balanza ligeramente inclinada hacia mi lado.

Hace un par de semanas, enseñé a L. a jugar al ajedrez. Y cada noche que pasa soy más consciente del terrible tormento al que sometí durante años a mi padre.