31 de mayo. Entrada de bitácora nº 606

El momento hacia el que hace días que nos encaminábamos y que he mencionado de pasada en las últimas entradas de esta bitácora se desencadenó hace sólo unas horas. No puedo controlar más la situación, y me sorprende haber sido capaz de hacerlo tanto tiempo, pero ya no me quedan fuerzas ni argumentos, y todo me hace suponer que yo seré la primera víctima de las circunstancias. Tras la rotura del timón hace unas semanas, conseguí mantener la moral de los hombres alta con mentiras acerca de corrientes submarinas que no existen, y busqué una solución que nunca llegó. Varios hombres han muerto ya a causa del escorbuto, y aunque las esperanzas de alcanzar tierra pospusieron lo inevitable, los rumores empezaron a difundirse. Finalmente, esta mañana se han confirmado mis temores, cuando he comprobado con pavor que no queda más que un barril de agua en las bodegas.

He de dejarlo aquí; el vocerío que escucho indica que con toda seguridad a estas horas la noticia ya se ha propagado por cubierta, y casi puedo oír los pasos y los gritos llamándome tras la puerta. No me consuela pensar que mi muerte será sin duda la más rápida de todas. No me resta otra cosa, pues, más que admitir mi fracaso y asumir la responsabilidad por la muerte de mis hombres; por los que han caído y por los que caerán. Yo, y nadie más, soy el único culpable; he creado esta situación y he de pagar por ella, aunque en ello me lleve la vida. Que Dios nos acoja en su seno, porque vamos a morir.