Razones ocultas

Apoyado en la puerta de un bar, de pie con las piernas cruzadas y ligeramente inclinado, un hombre se atrinchera bajo unas gafas de sol que casi tienen más años que los adoquines que pisa. Los pelos le asoman sin ningún tipo de timidez por una camisa abierta hasta la mitad del pecho, y que muere en unos pantalones de tela estrangulados por un cinturon de piel marrón; aparte de eso, un enorme anillo dorado en el dedo corazón y un palillo que saluda desde la comisura de sus labios son otros de los signos, pero no los únicos, que avisan, a propios y a extraños, de quién es.

Unos metros más allá, en la otra acera, un chico de no más de quince años, delgado y ágil como una lagartija, comienza a cruzar la calle apresuradamente entre el tráfico. Al llegar a la altura del hombre, éste se moja los labios y aprieta las mandíbulas clavando sus muelas en el palillo, abriendo la boca con expresivo disgusto, apenas lo justo, casi como si tuviera que pagar por abrirla. Sin moverse ni mirarle, completamente inerte, le dirige una voz grave que parece proceder directamente de sus entrañas, tanto que cualquiera diría que le han amputado las cuerdas vocales y habla directamente con el estómago:

- Eh, tú. Chaval. Sí, tú. Ven aquí. Venga, ven aquí.

El chico le mira asustado primero, con timidez después, sin saber si alejarse de allí a toda prisa o atender a la petición del extraño sujeto, si es que realmente habla con él. Tras valorar ambas posibilidades un segundo, más por miedo que por obediencia, como si éste pudiera atraparlo si echase a correr, se detiene frente al hombre y busca sin éxito sus ojos detrás de los cristales oscuros. Antes de que pueda abrir la boca, un giro de la cabeza del tipo en su dirección hace que descarte cualquier posible contestación. Diez segundos después, como si tuviera que pensar cien veces cada sílaba emitida, la boca del palillo continúa, con la misma cadencia pausada anterior, mortalmente lenta:

- Mira, chico. No sé quien eres. No sé qué haces aquí. No sé de dónde vienes. Y no sé dónde vas. Tampoco me importa demasiado. Ese es tu problema, ¿comprendes? -éste no sabe si ha de contestar o no, pero como si intentase evitar cualquier interrupción, esta vez su interlocutor es inusitadamente rápido y no le da opción- Lo que sí que sé, chaval, y atiéndeme, chico, es que si te vuelvo a ver cruzar entre los coches por medio de la calle, voy a encargarme de sacarte el hígado y los riñones y dárselos a comer a mis perros. Y ahora, chaval, lárgate, que me tapas la vista.

Tan intimidado como sorprendido, tras unos segundos de desconcierto y sin capacidad para añadir nada, el pobre chico comienza a alejarse de nuestro sujeto, que con el eterno palillo en la boca, yergue la cabeza, y al caer de nuevo en sus recuerdos, sonríe amargamente.