Max y el dentista

Max alberga una esperanza ilimitada en los progresos de la ciencia médica y en concreto en la velocidad a la que estos se producirán durante los años que le quedan de vida, lo que a menudo le conduce a pensar que para cuando esta o aquella dolencia propia de la vejez se manifiesten en su persona ya existirá una cura. Dado que no hay nada en el presente que respalde su idea —los avances se producen, si bien no a la velocidad que él presagia ni a la que los telediarios anuncian—, no cabe pensar sino que ese progreso en el que confía se está reservando para los años venideros, como si cuando en el momento que cumpla los sesenta o setenta años cientos de descubrimientos médicos vayan a florecer de repente gracias al abono de su anhelo y necesidad de que estén allí. Que el pasar de los años no haya alumbrado a sus ojos ningún descubrimiento médico espectacular no le mueve a revisar su teoría, pero sí que le confirma en su negativa a pensar que en los quince años transcurridos desde su última visita al dentista se haya producido alguna mejora en las prácticas odontológicas de las que tanto ha huido. Parte del dilema lo resuelve pensando que al fin y al cabo, el tratamiento de una muela picada o de un diente rebelde no son elementos vitales para una persona y es lógico por tanto que tales cuestiones no muestren los mismos avances que, por ejemplo, una materia de la seriedad de la neurología. Está seguro que de hacer una revisión comparada de la evolución de la odontología y la mayor parte de las disciplinas médicas, su postura se vería confirmada.

El recuerdo de las jeringuillas metálicas utilizadas para aplicar la anestesia en la encía sólo le hace reafirmarse. Si ha pasado cinco años con ese cráter en la muela, ¿por qué no pasar otros cinco, diez, o veinte? Hasta su muerte, incluso. Quizá sea esa inmensa perforación algo que le acompañe a la tumba, como una verruga o un lunar, sin darle mayores quebraderos de cabeza. Si no es así y todo sigue el curso normal de las cosas, sabe que por necesidad alguien tendrá que arrancarla una vez que el responsable de tal socavón haya avanzado lo suficiente su trabajo, lo que como ya ha experimentado será la causa de un terrible dolor que le tendrá sin dormir un par de noches, si tiene la suerte de que el acontecimiento se produzca al fin un viernes por la tarde y no cualquier otro día de la semana. Eso es lo único que le ha impulsado a concertar una cita con el dentista: adelantarse a un final trágico con la esperanza de que en lugar de una matanza descontrolada, tenga lugar un planificado ajuste de cuentas. Es difícil a estas alturas evitar la sangre y el dolor pero siempre puede limitar su cantidad e intensidad. En realidad, aquel argumento tampoco se lo cree demasiado pero no hay más salidas.

Aun así, ¿no es mejor dejarlo pasar? ¿Qué razón hay para anticiparse a aquel sufrimiento? Según su propia experiencia la evolución natural de una visita al dentista para erradicar una caries es, meses o años después, una infección, seguida por una endodoncia y el remate de la extracción del diente, con lo que el resultado final no es otro que incrementar el dolor respecto al hipotético escenario en el que prescinde del dentista. Existe entonces poca justificación para continuar con aquello, a sabiendas que sin remedio la segunda y definitiva visita se acabará produciendo. Los empastes no tienen porqué acabar mal, pero sus muelas son adictas al drama y a repetir la historia de sus compañeras. Prueba de ello son las tres cavidades que existen en su maxilar inferior derecho y en el izquierdo superior, donde antaño hubo piezas dentales sanas, que enfermaron, fueron curadas y tiempo después, desahuciadas y arrancadas de su lugar natal.

Quizá los dentistas perciben su desconfianza en la ciencia médica odontológica y le hacen pagarlo de esa manera, o quién sabe si el afán lucrativo lleva al gremio de los dentistas a ejecutarle mal aquellos tratamientos a sabiendas de que volverá a los pocos meses a pasar por caja. Se niega a hacer cálculos mentalmente sobre el beneficio económico que aquella hipotética práctica puede generar a los odontólogos y vuelve a mirar el teléfono. Se le ocurre una excusa que no interesará a su interlocutor pero que él necesita dar. Una disculpa y la promesa de una llamada que nunca se producirá. Confía en que su muela pueda esperar meses o años. Quién sabe si la odontología, a pesar de su pereza, acabará por avanzar lo suficiente en lo que le queda de vida.