Matilde

Contaría que ayer vi Capote, una película absolutamente impresionante, impresionante, impresionante, con un Philip Seymour Hoffman impresionante, impresionante, impresionante, y que sin duda alguna va a ganar el Óscar. Porque es flipante, alucinante, para cagarse, la interpretación de este tipo. Que le den no uno, que le den dos Óscars. Y que vayan ustedes a verla en versión original, ¿vale? que la película gana mucho. Asi que: Capote. En versión original.

Pero en su lugar, y a pesar de todo lo dicho ya, me gustaría hablar de Matilde. Conocí a Matilde allá por otoño de 1997, creo, en un vagón de metro mientras me dirigía a clase, gracias a un ligero problema -mio- de desorientación, que ella se prestó a resolver quasi amablemente. O quizá más bien obligada por mi insistencia y estupidez para encontrar el andén correcto. Era una chica muy delgada, casi escuálida, aproximadamente de mi altura, y daba una impresión de oscuridad que no recuerdo haber reconocido en ninguna otra persona más. Era extraña, oscura, opaca, difícil, y quizá por eso precisamente empezamos a llevarnos bien. Quedábamos a menudo, casi a diario, para tomar unas cervezas, ver alguna obra de teatro, o simplemente para tomar el sol a las puertas de alguna cafetería. Congeniamos bastante bien desde el primer momento, y éramos capaz de pasar horas callados sin que ninguno de los dos se sintiese incómodo. Fue en cierto modo como encontrar un alma gemela, pero en un sentido espiritual. Nos abríamos el uno al otro hasta donde queríamos, y nunca te sentías obligado a nada.

A las pocas semanas de conocernos, Matilde me confesó que tenía un curioso don: era capaz de acertar el tiempo que duraría un acontecimiento, fuese éste una película, un semáforo en rojo, un viaje en coche o el vuelo de un pájaro, con un margen de error mínimo. No sé cómo lo hacía, ni ella tampoco, pero podía decir cuánto tardaría en posarse un gorrión que llevaba minutos viendo volar con una precisión que asustaba. Simplemente, lo miraba, daba una cifra, me miraba y se sonreía ligeramente, y poco a poco, probablemente a causa de la cara de envidia e incredulidad que yo debía poner, acababa riéndose a carcajadas. Aquellas eran las únicas veces que la veía reír, y era reconfortante. A principio, yo miraba instantáneamente mi reloj, esperando ese error de cálculo que estaba por llegar, hasta que finalmente desistí y asumí que jamás se equivocaba, que jamás se equivocaría. Una vez le pregunté si aquello no sería cosa de brujas, y me respondió con una sonrisa de oreja a oreja, diciéndome que porqué no, si ella siempre había sido un poco bruja.

Y no sólo eso, sino que podía contar los segundos inconscientemente, mientras mantenía una conversación, comía, o estudiaba, y no se dejaba ninguno, nunca. Era como si tuviese un reloj de precisión en la cabeza constantemente funcionando. Me contó que había aprendido a contar casi antes que a hablar, y que de pequeña, le gustaba encender el cronómetro, dejarlo encima de su mesa y volver algunas horas más tarde para comprobar que no se había descontado ni siquiera en uno, hasta que fue capaz de hacerlo mientras dormía. Era una chica simplemente alucinante.

Un día, tomando un café, aprovechando uno de esos habituales momentos de silencio, jugando con la cucharilla y ensimismada mirando la mesa, dijo un número. Yo no tengo demasiada memoria, así que lo olvidé a los pocos segundos, sin ni siquiera saber de qué estaba hablando; ella siempre iba un paso por delante de mi. Tranquilo, no es para ti, a ti jamás te lo diré. Ese es para mi. Y entendí al momento que aquello era su propia sentencia de muerte, mientras susurraba entre dientes Porque yo jamás me equivoco. Me miró fijamente, me sacó la lengua y no volvimos a hablar nunca más de aquello.

A los seis meses de aquella conversación, Matilde se quitó la vida.