Matilde

Hoy me gustaría hablarles de Matilde. Conocí a Matilde allá por otoño de 1997, creo, en un vagón de metro mientras me dirigía a clase, gracias a un ligero problema —mío— de desorientación, que ella se prestó a resolver casi amablemente. O quizá más bien obligada por mi insistencia y estupidez para encontrar el andén correcto. Era una chica muy delgada, casi escuálida, aproximadamente de mi altura, y daba una impresión de oscuridad que no recuerdo haber reconocido en ninguna otra persona más. Era extraña, oscura, opaca, difícil, y quizá por eso precisamente empezamos a llevarnos bien. Quedábamos a menudo, todas las semanas, para tomar unas cervezas, ver alguna obra de teatro, o simplemente para tomar el sol a las puertas de alguna cafetería. Congeniamos bastante bien desde el primer momento, y éramos capaces de pasar horas callados sin que ninguno de los dos se sintiese incómodo. Fue en cierto modo como encontrar un alma gemela. Nos abríamos al otro hasta donde queríamos, y nunca nos sentimos obligados a nada.

A las pocas semanas de conocernos, Matilde me confesó que tenía un curioso don: era capaz de acertar el tiempo que duraría un acontecimiento, fuese éste una película, un semáforo en rojo, un viaje en coche o el vuelo de un pájaro, con un margen de error mínimo. No sé cómo lo hacía, ni ella tampoco, pero podía decir cuánto tardaría en posarse un gorrión que llevaba minutos viendo volar con una precisión que asustaba. Simplemente, lo miraba, daba una cifra, me miraba y se sonreía ligeramente, y poco a poco, sin duda a causa de la cara de incredulidad que yo debía poner, acababa riéndose a carcajadas. Aquellas eran las únicas veces que la veía reír. Era reconfortante. A principio, yo miraba instantáneamente mi reloj, esperando ese error de cálculo que acabaría llegando, hasta que desistí y asumí que jamás se equivocaba, que jamás se equivocaría. Una vez le pregunté si aquello no sería cosa de brujas, y me respondió con una sonrisa de oreja a oreja que ella siempre había sido un poco bruja.

No era solo eso; podía contar los segundos inconscientemente, mientras mantenía una conversación, comía, o estudiaba, y no se dejaba ninguno, nunca. Era como si tuviese un reloj de precisión en la cabeza constantemente funcionando. Me contó que había aprendido a contar antes que a hablar, y que de pequeña, le gustaba encender el cronómetro, dejarlo encima de su mesa y volver algunas horas más tarde para comprobar que no se había descontado ni siquiera en uno, hasta que fue capaz de hacerlo mientras dormía. Era una chica alucinante.

Un día, tomando un café, aprovechando uno de esos habituales momentos de silencio, jugando con la cucharilla y ensimismada mirando la mesa, dijo un número. «Cosas mías, ya sabes», dijo cuando la miré. No tengo demasiada memoria, así que lo olvidé a los pocos segundos, sin ni siquiera plantearme en qué estaba pensando; ella siempre iba un paso por delante de mí. «Porque yo jamás me equivoco», añadió entre dientes después. Me sonrió, agachó la vista y le dio un sorbo al café.

A los tres días, cinco horas, doce minutos y veinticinco segundos de aquellas palabras, Matilde se quitó la vida.