Los crímenes de Oxford

(Si están decididos a ir a ver Los crímenes de Oxford y no quieren conocer mi opinión sobre ella, lean sólo el primer párrafo: hasta el primer guion. Si desean saber mi opinión pero no puntos clave de la historia, pueden seguir leyendo hasta el segundo guion. Y si no tienen intención de ir a verla, adelante, es todo suyo.)

Hace unas semanas ví una película titulada Idiocracia. Básicamente, su argumento se basa en dos personas de inteligencia mediocre (ni mucha, ni poca) que son escogidos para un experimento militar que pretende congelarlos durante un año y descongelarlos tras ese periodo. Por cosas que no vienen al caso, los sujetos del experimento despiertan quinientos años después, descubriendo que son los dos sujetos más inteligentes de la tierra, cuya gente ha derivado hacia un estado de estupidez extrema. No voy a decirles que es una gran cinta, pero tiene algunas escenas divertidas si se quieren reir. Lo mejor de todo es que, aunque la sátira social no parece haber sido el motor de la película, cuestión a la que podían haberle sacado mucho más jugo, encuentra uno a diario razones para pensar que el futuro, ese que espero no tener que ver, derivará más hacia algo parecido a lo que se ve en la película que hacia una sociedad culta, racional, democrática y que vive en armonía. Vamos, y no se lo tomen a mal, que no sé si seré yo que lo veo todo con malos ojos, pero es que últimamente —ese últimamente llega muy lejos atrás en el tiempo— me da la extraña sensación de que este mundo de salsa rosa está cada vez más lleno de idiotas profundos, y donde el culto al cuerpo es mucho más importante que el desarrollo intelectual. Teoría respaldada hace tan sólo unos minutos al ver un cartel de discoteca que rezaba "asta las ocho abierto". Me he sentido tentado a inmortalizar tal aberración, pero para qué.

-

Bien. El pasado martes fuímos a ver Los crímenes de Oxford, y era de esto de lo que venía a hablar en realidad. El párrafo de arriba venía motivado por el encuentro automovilístico con un primate, y dejémoslo ahí. Además, servirá de entretenimiento para aquellos infelices que estén ilusionados con ver —y peor aún, disfrutar de— la película de Alex de la Iglesia; yo lo estaba, hasta media hora antes de la entrada a la sala; una pena que no hiciese caso a mi intuición. Queda patente por tanto que la película me desagradó enormemente, y esa es la forma fina que tengo de decirles que la película es mala, mala. Vale, quizá yo entré con las expectativas muy altas, y quizá no sea tan horrible, pero si soy sincero, me pareció bastante mala o incluso muy mala, así que les recomiendo que no vayan a verla. Por eso, y porque después de que yo se la destripe, tampoco tendrá mucho sentido gastar su dinero y su tiempo en algo que ya conocen; no es que vaya a contarles el argumento, pero seguramente les daré claves que no deberían conocer. En conjunto, la película parece una producción americana de misterio para adolescentes, en lugar de algo serio, que es lo que yo esperaba (y deseaba) encontrar. Y ahora, los que aún tengan intención de verla, dejen de leer y vuelvan cuando la hayan visto. El resto, sigan.

-

No se me da bien hacer críticas estructuradas, así que no lo voy a intentar, sino que empezaré por lo mejor y más prescindible de todo: Leonor Watling y sus tetas (que coño, parecen reales). Aunque he de admitir que a esta chica la tengo bastante atragantada como cantante y actriz, no hace falta ser muy observador ni dejarse llevar por la subjetividad para darse cuenta de que su presencia en la película está de más; que no aporta más que el rollito (poco creíble) con Elijah Wood, y alguna escena donde enseña el culo y los pechos; exhibirse es su única función, ya que tampoco adquiere en ningún momento el carácter de sospechosa. Verán que he dicho que el affaire con Elijah Wood es poco creíble, y esa es la tónica en toda la película, cuando se analizan las relaciones entre los personajes. No es sólo que aparte de los protagonistas no parezca haber nadie más en Oxford, sino que entre ellos todo pasa *demasiado* deprisa; las conversaciones son irreales, y los unos y los otros mantienen unos contactos iniciales que parece que se conozcan de toda la vida. Esto incluye que ellas parezcan ansiosas en tirarse a los pies de Frodo sin apenas haber cruzado dos frases, algo que, teniendo en cuenta que este chico no es precisamente un playboy, no aporta precisamente credibilidad.

Otro problema es ese aura de pseudo-matemáticas que envuelve todo el argumento. Y es un problema porque está mal desenvuelta (el aura); en lugar de desvelar poco a poco y de forma inteligente cuestiones matemáticas o enigmas que pueden ser perfectamente indescifrables en un primer momento al público en general, se opta por una opción mucho más sencilla: que parezca que hay matemáticas, sin haberlas. Porque no hay en la hora y pico que dura nada que sugiera que las matemáticas tienen algo que ver con los crímenes, a pesar de los nombres de matemáticos, terminología matemática barata entre los protagonistas (yo no soy del gremio, y para que yo me de cuenta...), y medio minuto de demostración en pizarra que no pinta nada. A todo lo que ya se ha dicho se pueden sumar aún un par de cosas. Por una parte, hay varios personajes excesivamente estereotipados (si te pasas te lo pierdes), como el inspector de policía que no sólo no parece no enterarse de nada sino que roza la inteligencia límite, o el alumno y compañero de despacho de Wood que está medio ido. Y por otra, un argumento enrevesado y demasiado complicado que no te mete en la película, y mucho menos te invita a intentar descubrir quién es el asesino y porqué; algo terrible en cualquier obra de misterio que se precie.

En definitiva, que en mi opinión —y a decir por las críticas que he leido, en la de muchas otras personas— la película es mala; bastante mala. Y no es sólo cosa de mis expectativas. Sin duda American Gangster habría sido sin duda una forma mucho mejor de gastar mi dinero, aunque ahora ya es tarde para eso.