I

Algunas personas nacen con determinadas habilidades que con el tiempo, si son convenientemente desarrolladas, les hacen destacar por encima de los demás. Aunque no siempre es así. Otros inútiles, aún tocados por la mano de la suerte, se hunden en la mediocridad, echando a perder un regalo tan precioso, aunque bien podría considerarse que prefieren desplegar los encantos de la estupidez y la ignorancia, probablemente mucho más afines a su ser. No obstante, tengo serias dudas de que alguna de éstas pueda considerarse una habilidad especial, ya que de ser así este mundo estaría lleno de superdotados, y es por todos sabido que las cosas son algo diferentes.

La cuestión, sin querer extenderme más en discursos que no llevan a ninguna parte, es que yo tuve la suerte de ser una de esas personas privilegiadas: nací con un impresionante talento para el sadismo. Para crear, y deleitarme con, situaciones en las que sin esfuerzo alguno, llevaba el sufrimiento hasta niveles insospechados, inalcanzables para cualquier otro ser humano. La crueldad, con la que inicié un apasionado romance, era mi juguete, y el dolor, ante cuya belleza caí rendido, se convirtió en mi mundo; puse al universo a mis pies, le hice llorar lágrimas de sangre y desear la muerte antes que la vida.

Debería estar claro a estas alturas que, no sin esfuerzo y sacrificio, yo no dejé atrofiar este fascinante presente, sino que lo desarrollé en toda su extensión, llegando a parajes desiertos que ningún hombre había pisado antes y que quizá nadie vuelva a pisar. Yo estuve allí, y me llevé conmigo los gritos de la Humanidad, para que retumbasen en los oídos de todos aquellos dispuestos a escucharlos.