Horizontes

Al principio eres libre. De una manera pura, extraña, superlativa y ajena a ti. Tanto como un globo de helio flotando hacia la estratosfera. No tardará mucho en aparecer sobre tus hombros una liviana carga que irá creciendo con los años sin que apenas la percibas, y llegado un tiempo llegarás a creer que ese parásito que crece en tu espalda es parte de ti. Te acostumbrarás a él y te convencerás de que no está ahí. De que has nacido con él, de que es parte de tu naturaleza. Pero es mentira. Con el tiempo ese equipaje solo hace que crecer y lo percibas o no, todo se hace más complicado, más pesado, más insoportable, más denso. Buscas a alguien con quien compartirlo, tratas de deshacerte de él, pero no tardas mucho en darte cuenta de que no puedes borrar tu nombre de su superficie y esa realidad aparece en tu vida como una bola de acero golpeando tu esternón. A menudo te sientes tan cansado como crees que podrás estarlo jamás, y descubres que eso también es mentira porque tras ese horizonte siempre hay otro más lejano.

Un día lees SALIDA DE EMERGENCIA en la ventana del autobús que te lleva de siete a cinco a trabajar por cuatro euros la hora, pero sabes que detrás de esas letras solo hay otra promesa incumplida más y ya has perdido la cuenta de las veces que has deseado desaparecer. Como una moneda engullida por un sofá sin que nadie la eche de menos; como una pequeña pastilla amarilla redonda perdida dentro una caja gigante llena de ansiolíticos. Pero nunca es tan fácil cuando no eres esa moneda ni esa pequeña pastilla amarilla como la que se perdió, justo la que necesitas encontrar al llegar a casa.

El tiempo sólo hace las cosas más duras, más ásperas, más difíciles, más grandes, más absurdas, más asfixiantes y entonces piensas si buscar tu propia salida de emergencia no será la única manera de no tener que continuar arrastrándote hasta el próximo horizonte.