Arno Schmidt y la lectura -o escritura- flotante

Ya sé que no gustan, a tenor de los escasos -cuando hay alguno- comentarios que reciben, las entradas serias -a excepción de las políticas, claro- y además, largas, aunque se trate de ficción de la más absurda, pero qué quieren, ustedes tienen libertad para no leer y no comentar, y yo la tengo para escribir y comentarme a mí mismo, y así nos va, a ustedes y a mí. El caso es que leía en El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara en El Mundo, acerca de Arno Schmidt y lo que se da en llamar "lectura flotante". La idea básica radica en la ausencia de una linealidad en la narración al estilo de la literatura convencional, tradicional, habitual, o como quieran ustedes llamar al tipo de escritura que pueden ver -desarrollada con mayor o menor fortuna- en casi cualquier libro, motivada -la ausencia, digo- por la necesidad de transmitir sensaciones, situaciones, vivencias que no pueden ser, o son difícilmente expresables en forma de narración fluida. O más o menos.

Contar una historia es relativamente sencillo, si se intenta hacer del mismo modo que se desvela el argumento de una película, aunque sea una de David Lynch. El problema en ese caso viene a ser, muchas de las veces, la historia, el *qué* cuento. Aunque no me vayan a generalizar, que a estas alturas algunos ya nos conocemos. Vamos, lo de siempre; aquello de la presentación, la trama y el desenlace. Puede uno dominar más o menos los recursos, el lenguaje, técnicas y trucos estilísticos, la retórica, pero es relativamente sencillo hacerse entender; que sea bueno uno en ello o no, es otra cosa. Pero cuando uno viene a querer contar lo que siente en medio de un orgasmo, lo que siente en el momento que le comunican la muerte de un ser querido, lo que siente cuando una bala le atraviesa el hombro, o como en el caso de "El brezal de Brand", lo que se siente cuando uno no sabe, en palabras de Gándara, «qué ha pasado, por qué le pasa lo que le pasa y mucho menos qué le va a pasar», contar las cosas linealmente no es sólo difícil. Es prácticamente imposible, y si piensa uno que lo ha conseguido, es que probablemente no ha transmitido nada o casi nada de lo que pretendía. En unos casos, porque no hay traducción directa en palabras, y en otros, porque no puede uno querer dar la sensación de que está radical y totalmente desorientado, o perdido, o más allá de todo pensamiento racional, con frases lógicas y bien hilvanadas; nadie piensa vaya, qué dolor tan intenso tengo en el dedo cuando se lo machaca con un martillo; pega un grito y todo lo que le inunda a continuación es dolor irracional (y alguna que otra blasfemia).

Y el problema entonces se traslada del Qué cuento al Cómo lo cuento para que se me entienda y lo que es más o tan importante en este caso, se me sienta. Y ahí es un poco donde entra la lectura -y asumo que escritura- flotante. Según yo lo veo, claro, porque quizá alguien les diga que no tengo ni la más mínima idea -y no le faltaría razón; pero volvamos. Es decir, la posibilidad de expresar algo más allá de la mera continuidad temporal y coherencia sentencial; y es que un orgasmo no tiene ni continuidad temporal ni coherencia sentencial. No hay linealidad en eso, o al menos no en los mios. Intenten, si discrepan, pensar cómo se lo explicarían a si mismos, y verán que probablemente todo lo que les sale es el recuerdo de la placentera sensación que acompaña a correrse -eyaculación es demasiado masculino-, y nada más.

Pero claro, como todo, esto también tiene sus pegas, y es el peligro de que nadie aparte de uno mismo acabe entendiendo qué narices quieres transmitir con un montón de palabras que no tienen ningún nexo aparente de unión. Y que el esfuerzo de intentar sumergirse en el texto buscando ese enlace, que podría no estar ahí, sea demasiado para la recompensa obtenida. Y todo eso, claro, no deja de ser un problema bastante gordo.