Breve, uno

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En vuelo hacia Estrasburgo, a merced de la mecánica de este avión, la profesionalidad del piloto y la suerte —siempre hace falta un poco de suerte—, pienso que volar solo tiene algo de melancólico, triste incluso, y tengo la sensación de haber pensado algo similar las veces que, hace ya años, cruzaba el Atlántico para ir o volver de Atlanta. 

A miles de metros de altura, sobrevolando un mar de nubes debajo del que se adivina el perfil de la costa francesa, los cristales de hielo formados sobre la ventanilla brillan, y la nitidez del extremo del ala contrasta con la línea difuminada de un horizonte que separa el exterior en blancos y azules. Sin una sola alma aquí arriba con la que tenga una mínima cercanía, treinta y dos filas con seis asientos por fila, 192 personas, solo le queda a uno agarrarse al consuelo de la humanidad colectiva, esperando que tal asidero, que falla más a menudo de lo deseable, no sea necesario. 

Mientras miro al infinito, a cientos de metros debajo de nosotros, de repente aparece otro aparato que cruza nuestra trayectoria en diagonal y en segundos se pierde por la cola, dejando tras de sí una estela blanca de conspiraciones. Quizá haya alguien volando solo allí dentro.

Una semana en Portugal

Esta semana pasada hemos estado —mi señora y un servidor— pasando unos días en Portugal. Cuando preguntábamos, daba la sensación de que todo el mundo había tenido la misma idea, porque dabas una patada y de debajo de una piedra aparecía un puñado de personas que había estado en Portugal hacía cuatro días, con múltiples recomendaciones que, he de admitir, ignoramos, olvidamos o pasamos por alto, todo ello sin ninguna mala intención. Ahora nosotros formamos parte de los que están debajo de la piedra, aunque tengamos menos recomendaciones que el turista ocasional medio.

Teníamos muchos planes. Bueno, no muchos. En realidad el viaje estaba tan planeado como suelen estarlo nuestros viajes: poco, muy poco. Comenzar por Oporto, vía aérea desde Madrid con aerolinea de bajo coste, léase Ryanair, y desde la ciudad del tan famoso como empalagoso vino acercarnos a Braga, Coímbra y Guimarães, en tren, coche de alquiler o ya veremos cómo. Esto último no estaba planeado, solo esbozado. Después el viaje evolucionaba hacia el sur, ya imaginan: Lisboa, y de allí vuelta a Madrid. La escasa planificación se limitaba a los apartamentos de Oporto y Lisboa, y los viajes de ida y regreso, todo ello pagado de antemano. El resto era improvisado.

El mismo día que llegamos, mientras comíamos, nos enteramos de que en Coímbra había un brote de legionella que afectaba ya a cincuenta personas. Que en realidad en una ciudad de más de cien mil personas, dato de la Wikipedia, viene a ser insignificante, y más si no entra en tus planes dar un paseo por los alrededores del foco de la infección, pero nos sirvió para tachar una visita del mapa. Luego nos dimos cuenta, fíjense en nuestro grado de anticipación, de que Coímbra y Braga están en extremos opuestos si ponemos a Oporto en el centro. Adivinan bien: al final no fuimos ni a Braga ni a Guimarães ni a Coímbra, y si no hubiésemos tenido el apartamento —y el viaje de vuelta con salida desde Lisboa— ya pagado, no me apostaría nada con ustedes a que no nos habríamos quedado en Oporto. Yo lo habría hecho.

Parece existir en el grupo de personas que han visitado Portugal cierto debate en torno a qué ciudad es más interesante, más bonita, más mejor: Oporto o Lisboa. Supongo que es porque en general, mucha gente, incluidos nosotros, no visita ninguna más. También supongo, que es algo que me gusta hacer mucho, que se trata de alguna suerte de rivalidad que se crea en los países entre las grandes urbes nacionales, como entre Madrid y Barcelona, en nuestro caso, al menos mientras Cataluña siga siendo española. Es algo miope ignorar que existen cientos de ciudades más pequeñas, que sin ser las grandes capitales pueden competir en belleza o gastronomía, pero los seres humanos somos así de idiotas. O miopes, si lo prefieren.

En mi caso, no tengo dudas: Oporto. No obstante, es un juicio muy viciado, y déjenme que me explique. Aterrizamos en Oporto un jueves a las 9:40h (hora local), y pasamos allí hasta las cuatro de la tarde del domingo, es decir, más de tres días y medio, que fue cuando partimos para la capital portuguesa. El tiempo no fue óptimo, pero nos respetó lo suficiente para movernos con cierta comodidad, hasta donde la memoria me alcanza, que nunca es mucho. A Lisboa llegamos, autobús mediante, el domingo a las 20:30h (hora local), y la abandonamos el miércoles a las tres. Dos días y medio. Si le añadimos que uno de ellos estuvo lloviendo torrencialmente, lo que nos queda es un día y medio, y parte de ese medio empleado en hacer las maletas e ir al aeropuerto. Así que no hay color. Si tengo que juzgar por lo que ví, Oporto me gustó más, porque Lisboa apenas se dejó ver.

Dicho esto, nos hemos prometido, y quizá esta vez lo cumplamos, volver. A diferencia de Budapest o La Habana, Portugal tiene la ventaja —para nosotros— de estar a un tiro de piedra de Madrid, y eso es decididamente un punto a favor. En contra suya juegan las miles de ciudades candidatas que surgirán cuando planeemos (léase con unas grandes comillas dibujadas con los dedos en el aire) el próximo viaje. Ya saben cómo funciona esto del turismo de consumo: visitas una ciudad unos pocos días, no ves casi nada, pero la tachas del mapa como tachas las patatas de la lista de la compra. Turismo de coleccionista, que al fin y al cabo es como se vive hoy en día: coleccionando. A veces a propósito: parejas de cama o ciudades, a veces a disgusto: trabajos precarios.

No les voy a contar el viaje, porque les aburriría a ustedes, me aburriría yo, y me temo que no hicimos nada excepcional. Se lo puedo resumir, eso sí lo puedo hacer: caminamos, bebimos, comimos, hicimos algunas fotos, salimos de fiesta y vimos algunos monumentos de los imprescindibles, mientras otros se quedaban sin ver, por falta de ganas, por falta de tiempo, por falta de previsión, por falta de conocimiento. No somos grandes aficionados al turismo cultural, en cualquier caso. No les voy a decir que vista una catedral, vistas todas, pero en fin, ya saben a qué me refiero. 

Lo único destacable, para acabar el viaje y esta entrada, fue la vuelta, vía aerolinea de bajo coste, léase easyJet en este caso. Al estilo más puramente Lauriano, si quieren llamarlo así, acabamos saliendo del metro corriendo con las maletas, subiendo las escaleras mecánicas corriendo con las maletas, buscando por el aeropuerto corriendo con las maletas, cogiendo el shuttle a la Terminal 2 en modo pánico corriendo con las maletas y facturando esas mismas maletas tres minutos antes de que la amable (no es ironía) trabajadora que nos atendió cerrara el mostrador de facturación, todo ello gracias a una línea de  metro más confusa de lo deseable, una máquina expendedora de billetes poco colaboradora, un visita relámpago al (exterior del) Panteón Nacional de Lisboa y, sobre todo, una confianza ciega en nuestras capacidades para viajar en el tiempo y desplazarnos a velocidades irreales. Ya saben, la planificación lo es todo y nosotros tenemos poco de eso, aunque lo llevamos bien.

Poco después estábamos embarcando y cincuenta minutos después, aterrizábamos en la terminal T1 madrileña del Aeropuerto Adolfo Suarez Madrid—Barajas. Una hora más tarde, tirados en el sofá, comiendo pipas mientras, si de nuevo la memoria no me falla, veíamos el último capítulo de la tercera temporada de Narcos. Y hoy, aproximadamente cuatro días más tarde, estoy yo aquí contándoles esto. Les juro que no lo había planeado.

(Paradójicamente, la imagen es de Lisboa)

Finales

Fue culpa de aquel proyecto. No había pasado ni una semana cuando comenzó a llegar a casa pasadas las diez de la noche, y a partir de ese momento, el poco tiempo de vida que le quedaba —los días que no tenía que encender el portátil y seguir trabajando— lo empleaba en hacerse la cena y tirarse frente a la pantalla de televisión hasta que llegaba la hora de acostarse. Así empezó todo, una noche cualquiera en la que se encontró demasiado cansado para cogerlo entre sus manos, abrirlo, hacer un repaso mental al último pasaje y continuar con la siguiente frase.

Ni siquiera era un libro denso o aburrido. Entretenido en general, sin dedicarle apenas tiempo había llegado a la mitad, y en los mejores momentos incluso le había llegado a atrapar. Si hubiese querido, podido o tenido fuerzas, antes de dormir podría haber leído una docena de páginas, media docena, un par de páginas, lo suficiente para no abandonarlo. Pero no quiso, no pudo o no encontró las fuerzas, y sin prestarle atención, aquella primera noche cualquiera su mano sobrevoló la portada de aquel librito, alcanzó el interruptor de la lámpara de la mesilla y se hizo la oscuridad. 

Ese mismo gesto se repitió cada noche y un tiempo después, como si el olvido le hubiera conferido la propiedad de atravesar los sólidos, el libro se deslizó al cajón y permaneció junto a los calcetines hasta que acabó volviendo a su anterior ubicación en la combada balda de la estantería del comedor, junto a varias docenas de ejemplares y sin el marcapáginas, extraviado en algún lugar del camino. Para cuando el proyecto acabó, aquella novelilla ligera había sido relegada al olvido, y por pereza o porque la tenía asociada a aquella nefasta temporada, cuando reanudó el hábito y buscó algo que leer, la pasó por alto sin ningún remordimiento; sabía que estaba ahí, pero sus ojos ni siquiera se detuvieron en el título impreso en el lomo. Hasta aquel día, jamás había dejado a medias ningún libro; ese fue el primero, ese fue el comienzo del fin. 

Liberada del remordimiento, su mente actuó como si hubiese estado esperando para resarcirse de los cientos de páginas leídas a la fuerza, de espesos pasajes y frases eternas, de argumentos insípidos y personajes planos. Durante meses, su nivel de tolerancia se fue reduciendo, y llegó un momento en el que una veintena de páginas le bastaban para cerrar el libro y pasar al siguiente, cuya lectura seguiría el mismo patrón. 

Lo siguiente fueron las series. A menudo no pasaba del capítulo piloto, un par a lo sumo, y pronto el catálogo y las opciones se agotaron y tuvo que buscar otros entretenimientos. Cuando el síndrome alcanzó las películas ya era tarde para buscar una cura; que requirieran mucha menos dedicación que los libros o las series no sirvió de nada. No era necesario que surgiese en su cabeza otra cosa que hacer, que el argumento le pareciese aburrido o las interpretaciones fueran malas; esos eran criterios racionales, y él había abandonado ese terreno hacía tiempo. Saber que tenía el poder de terminar las cosas cuando lo deseara y que ello no tenía consecuencias era suficiente justificación para hacerlo, y eso le provocaba más placer que experimentar lo que pudiera venir después.

Lo que vino después es fácil de adivinar. De una manera cruel e insensible, aunque rápida y casi quirúrgica, dio carpetazo a una relación de pareja que hasta entonces no había mostrado un ápice de debilidad, prefiero no ver cómo termina esto, y finiquitó todas sus relaciones de amistad, fértiles hasta entonces, con un puñado de palabras poco amables y sin ninguna consideración, lo que provocó un sentimiento de incomprensión generalizado en su entorno. No fue más delicado al cortar de cuajo los lazos familiares, a pesar de las lágrimas que su madre derramó al escucharle decir que no quería saber nada más de ellos. Horas más tarde, sentado en el frío suelo del baño y mientras veía cómo su sangre formaba un charco sobre las baldosas blancas, terminó lo único que le quedaba por terminar.

Perros lazarillo

Al detenerse en la estación y abrirse las puertas del tren, el recién incorporado pasajero se apresura a buscar alguna plaza libre y, siempre que no aplique ninguna de las categorías previas, ocuparlo, no siempre con la educación y el civismo que cabría esperar de personas adultas. Entre semana, el tren que llega a primera hora de la mañana, casi siempre con unos minutos de retraso, va lleno a rebosar, hasta que llega a la parada construida exprofeso para la planta automovilística. Hoy está de suerte. Cuando sube al vagón, divisa dos asientos libres y una docena de personas de pie. El primero no tarda en ser ocupado por la vencedora de la competición que se produce entre dos mujeres mayores, lo que produce un gesto de disgusto en el adolescente escuálido que cuatro paradas antes lo había ocupado con la mochila que ahora tiene que cargar sobre sus rodillas. El otro sitio libre está en el lado de la ventanilla y no es objeto de disputa, por lo que es el escogido.

Al llegar a su altura, se percata de que en el asiento contiguo hay un ciego con un perro lazarillo que se ha adueñado del espacio pensado para sus piernas. Por un momento siente la tentación de retirarse a la espera de que otro asiento se libere, pero no necesita mirar a su alrededor para percibir que es objeto de examen por varias personas, interesadas en averiguar cómo piensa resolver la tesitura: ¿Es que tiene usted algo en contra de los invidentes? ¿Y de los perros lazarillos? ¿Qué tipo de persona es usted? ¿Vamos, qué va a hacer? ¡Haga algo, por el amor de Dios, estamos mirando!

Mateo decide sentarse.

—Disculpe.

El hombre asiente sonriendo, coge al perro por la correa y lo coloca bajo sus pies sin que este ofrezca ninguna resistencia. Todo se desarrolla de una manera menos traumática de lo que había anticipado y Mateo se tranquiliza. El animal es un golden retriever de color crema. Los párpados inferiores descolgados le confieren un aspecto melancólico. No tarda en recostarse y recuperar el territorio perdido; los intentos del hombre por recolocar al perro son en vano.

—No se preocupe, no me molesta.

No sabe si está siendo sincero o cortés.

El roce continuo con el animal le llena la pernera de pelos blancos. Se pasa la mano por el pantalón para retirarlos, pero se da cuenta de que mientras el perro siga allí es inútil. Es un fastidio, pero prefiere aguantar y callar. Jodido chucho. En la medida de las posibilidades de su confinamiento, Mateo escora sus piernas hacia la derecha en un intento de evitar el contacto con el lomo del animal, que deja su rastro en cualquier superficie textil que roza. Resignado, mira por la ventana.

A pesar de las instrucciones y esfuerzos de su dueño, el maldito perro sigue moviéndose, luchando por reconquistar el espacio del que ha sido expulsado. Es más que un incordio; el animal se tumba, se sienta y se vuelve a tumbar, acomodándose en un ovillo un poco más a la derecha que la vez anterior. Con las piernas aprisionadas entre el animal y la pared, no tiene ninguna libertad de movimiento. El hombre hace lo que puede, se disculpa de nuevo por el comportamiento del can y le advierte de la caída del pelo. Es un poco tarde para eso, piensa Mateo. Aprovecha para diseccionar al invidente. En un lugar destacado de su cara rechoncha y pálida se encuentran dos ojos tan grandes como inútiles. Grises y brillantes, como si alguien hubiese aplicado una fina capa de pintura satinada y translúcida sobre ellos; la misma que tienen los ojos de algunos peces en la pescadería: muertos.

El hombre abre una pequeña tapa del reloj de su muñeca y lo palpa. Desde su asiento, Mateo lo observa con curiosidad.

—Llevamos retraso.

Está sorprendido de que ese hombre sepa algo que a él le costaría averiguar. Distraído, solo sabe que todavía no ha llegado a su destino. Por un instante siente admiración, pero se difumina pronto. ¿Sería capaz él de vivir así? Probablemente sí. Tiene curiosidad.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre sonríe con lo que a Mateo le parece un gesto de suficiencia; quizá detecta el sentimiento de superioridad de los que le hablan desde el lado de la luz, como si el conocimiento les estuviese reservado a ellos.

—Hago este trayecto todos los días…

Esa frase parece solo una parte de la respuesta.

¿Se trata de una jodida adivinanza, o qué?

—… y hace un minuto que han anunciado la próxima estación.

Lo último que Mateo quiere es mantener una conversación, pero su pregunta parece haber despertado las ganas de hablar del individuo. Los próximos minutos le hablará sobre la incomodidad de hacer dos viajes diarios, los asuntos que tiene que gestionar a diario, las habilidades extraordinarias que posee su perro guía y que resulta ser una hembra en contra de lo que Mateo ha pensado hasta entonces, como si su comportamiento hubiese indicado lo contrario. No tiene mucho que aportar a la charla, así que se limita a asentir. A pesar del chucho, siente simpatía. Unos minutos antes de llegar a su destino, el hombre saca una correa con un asidero, se la pone al perro y se despide deseándole un feliz viaje. Quizá la oscuridad externa genere algún tipo de sabiduría interior. Se pregunta si habrá ciegos estúpidos y desagradables y gilipollas y concluye rápidamente que debe haberlos. Indudablemente. Los hay. De hecho, quizá este lo fuese.

Trenes

Cuando el tren, que procede de alguna ciudad alejada a cuarenta kilómetros al sudeste, hace su entrada a primera hora de la mañana en la estación, todos los asientos se encuentran ocupados. El color que predomina en el interior es un gris claro y opaco que parece escogido con la intención de servir de camuflaje a las apáticas caras de los viajeros y no alterar la atmósfera mortecina del vagón. Sin contar las dos ciudades, en el trayecto entre ambas hay cinco paradas, en lo que viene a ser un viaje de hora y pico. Tiempo más que suficiente para que por la mañana o por la tarde muchas cabezas acaben apoyadas contra los cristales, los ojos cerrados o entreabiertos, la boca abierta o cerrada. A veces algún pasajero ronca, lo que es una molestia para los que quieren echar una cabezada y una fuente de algarabía para el resto del vagón, a la que el protagonista es ajeno. Pero si hay algo peor que los ronquidos es una sonrisa o, válgame Dios, una carcajada, que desentona como lo hace el cadáver de un niño vestido de marinero dentro de un ataúd. Sucede en ocasiones, cuando alguien con auriculares ríe sin que exista un motivo evidente, probablemente al escuchar un programa de radio matutino; las cabezas y los globos oculares de los pasajeros se mueven al unísono buscando al culpable con miradas fugaces, con las que tratan de diagnosticar el origen de su alegría y si tienen algo que temer del individuo: ¿está loco o simplemente ríe por algo que ha escuchado? Al percatarse de que está siendo escrutado por el resto del vagón, lo normal es que el alborotador ahogue su risa y deje en su cara una sonrisa de satisfacción que cualquiera diría que es un arpón clavado en el corazón del resto de pasajeros. Las formas de matar el tiempo hasta llegar al destino son muchas: perder la mirada y la mente en el mundoque se mueve a toda velocidad al otro lado de los grandes cristales tintados, leer un libro o la prensa diaria, escuchar música o dedicarse a examinar al resto de viajeros, sin más, pero mi preferida siempre ha sido seguir con la vista las luces de las viviendas que flotan en el exterior como luciérnagas, e imaginar qué sucede en cada uno de esos puntos minúsculos tras los que hay personas, cada una con sus propias mentiras y secretos inconfesables. La evidente impostura de la raza humana me sirve en ocasiones de consuelo: no soy tan extraño.

Luna

Aterrorizado hasta la médula y alejándome a toda velocidad bajo la luz amarillenta y lánguida de las farolas, escuché la puerta cerrarse con violencia detrás de mí y no fue hasta mucho tiempo después, tras recorrer varias calles, cuando estuve a una distancia que consideré prudencial, que reduje el ritmo y volví la cabeza hacia atrás, sin pensar por un segundo en detenerme, para descubrir con sorpresa que a pesar de mis temores nada ni nadie me seguía, que el mundo a mis espaldas continuaba en reposo, tan tranquilo como podría estarlo cualquier otra noche, lo que me pareció muy extraño y me hizo preguntarme por un instante si quizá había sido todo un macabro juego de mi imaginación, si era posible que todo estuviese en realidad dentro de mi cabeza, si aquellas caras salpicadas de sangre, los ojos vidriosos y vacíos, las muecas que elevaban las comisuras de los labios formando una espantosa curva o los cuchillos relucientes que entonces habría jurado que empuñaban habían sido reales y no, como empezaba a sospechar, un producto de mis fantasías y de los cientos de noches que había pasado devorando historias de terror, pero sin dar tiempo a esa peligrosa duda a echar raíces en mi cabeza la arranqué de cuajo y seguí corriendo tan rápido como me permitían mis jóvenes piernas, y muy pronto las casas y las luces del pueblo quedaron atrás, al tiempo que entre jadeos y sudores penetraba en el estrecho sendero semiabandonado que abruptamente desciende hasta el lago bordeando los vallados de los campos de maíz, trasladándome en apenas unos instantes a un mundo tan diferente que parecía pertenecer a otro universo, un mundo casi mágico, en el que me sentía protegido por las lechuzas suspendidas sobre mi cabeza y sus grandes ojos acechantes y vigilantes, contrariadas por el hecho de que mis correrías ahuyentarían sin duda a sus presas, y habitado por tortuosos troncos de alcornoques convertidos en esqueléticos seres de otro mundo, arbustos que arañaban sin compasión mis muslos con sus ramas desnudas, alfombrado por la hierba húmeda y rebosante de rocío que me acariciaba las pantorrillas y refrescaba mis tobillos, y sumido en los sonidos difuminados y tímidos que se extendían sobre la manta del silencio, como el susurro de las hojas movidas por el viento, el crujido de los animales salvajes correteando a lo lejos, el zumbido de abeja de los automóviles que transitaban la carretera nacional, ocupados por personas que iban de unos lugares a otros sin tener tiempo o querer pararse a pensar qué dejaban tras de sí, o el reír cristalino del arroyo, cuyo murmullo se hacía más fuerte a medida que, todavía con el corazón en un puño, me acercaba veloz a su muerte en las aguas del lago, todo yo y todo ello rendido, sometido, embriagado por la luz de una luna que clavada en el cielo sobre mi cabeza, a pesar del aspecto fantasmal en el que sumía al bosque que dejaba a mi espalda, diríase que estaba decidida a protegerme, a ayudarme en mi huida, porque jamás la había visto tan grande ni tan reluciente y parecía alumbrarme en mi camino, hasta que minutos más tarde, sudoroso y jadeando, con el pecho elevándose nervioso y agitado al ritmo de mis pulmones y el corazón latiendo como un tambor dentro del pecho y batiendo en las sienes, alcancé al fin el claro en el que moría el camino y la tierra y la hierba se tornaban en fina arena, con el lago multiplicando el reflejo de mi celestial acompañante en infinidad de centelleantes puntos que como las lentejuelas de una estrella de cine brillaban un instante antes de desaparecer, ese lugar en el que desde mi infancia había sentido que el tiempo se detenía, en el que a lo lejos descansaba y me contemplaba compasivo el viejo embarcadero que hace más de una década se tragó a aquella desdichada familia en mitad de la tormenta, y sobre el que me esperaban, pacientes, iluminados por una luna cómplice y culpable, aquellos cuatro seres y sus relucientes cuchillos.

Corregir un texto (I): las expresiones regulares

Si recuerdan, hace unos días estuvimos viendo las reglas básicas de las acotaciones en los diálogos, cuyo conocimiento es imprescindible (pero no suficiente, claro está) para que alguien enfrente nuestro texto con seriedad. Les comentaba que aunque algunas de las reglas eran sencillas de buscar con Word, otras no lo eran tanto. Ahí es donde entran las expresiones regulares, que a lo largo de esta serie de entradas verán que son de gran ayuda para detectar esos errores que dejan el texto en evidencia.

Una expresión regular es, según la Wikipedia, una secuencia de caracteres que forma un patrón de búsqueda. No sé si eso les dice algo, pero lo entenderán enseguida. Pero primero vamos a organizar un poco la mesa de trabajo. 

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Les cuatre cents coups - III

Fotograma de  Les quatre cents coups  (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

Fotograma de Les quatre cents coups (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

Hace unas semanas (más de las deseadas) les hablé de la película Los 400 golpes, de François Truffaut (1959), y en concreto de la escena del teatro, uno de cuyos fotogramas aparece sobre estas líneas. También les comenté que los tres chiquillos que aparecen en el plano son Cloé Le Brun, Felix Moreau y Didier Faure-Baud (tapado en parte por el rostro desenfocado de Alain Ferrec), cuyas historias se recogen en un documental rodado en 1989 con motivo del 40º aniversario de la cinta, titulado «Les 400 coups: regardez Truffaut».

Haciendo un poco de memoria a lo que vimos en la primera entrada, recordarán que uno de los elementos destacables de la escena del teatro en cuestión es que no hubo ninguna planificación previa. Esta fue organizada por Truffaut y su mujer Madeleine a espaldas del productor, de modo que no hubo segundas tomas y las expresiones de los niños, que desconocían por completo que estaban siendo grabados, reflejan las emociones que la obra de teatro les provocaba sin que hubiera ningún tipo de manipulación o dirección. En la segunda entrada hicimos un repaso relámpago a las malogradas vidas de Felix y Didier, y para esta última entrada quise dejar a Cloé, con la que la vida fue algo más benévola.

Cloé Le Brun, que como es evidente en el fotograma es la única chica de los tres, entró a los diecinueve años en el prestigioso instituto de arte dramático Le Cours Florent para estudiar arte e interpretación. Aunque en condiciones normales su más que modesta familia jamás habría podido pagar lo que costaba la matrícula, tras la película de Truffaut la chiquilla participó en una veintena de filmes con papeles que aunque pequeños, generaban un dinero que sus padres ahorraban en una cuenta corriente de la que jamás tocaron un franco. A pesar de que aun así, los ahorros apenas daban para pagar los dos primeros cursos, el talento y el esfuerzo de la chica hicieron que no tardase en destacar, y ni siquiera fue necesario que pagara la matrícula del segundo, gracias a la beca que ganó y que renovó con facilidad el resto de años hasta acabar los estudios.

En una coincidencia que puede considerarse casi cósmica, durante el tercer curso conoció a Sophie, la hija menor de Truffat, con la que Cloé inició una relación sentimental que se prolongaría durante casi tres décadas, hasta finales de 2001, momento en el que da un giro radical a su vida y decide abandonarlo todo y emigrar a Mauritania, para incorporarse como voluntaria a una ONG que luchaba por erradicar la ablación del clítoris en los países centroafricanos. Pasará el resto de su vida en África, prácticamente en el anonimato, y el 12 de febrero de 2012 fallece a la edad de 60 años a causa de una infección de malaria. Desde el día que la abandonó, no volvió a pisar Francia.

Aunque durante su vida como intérprete Le Brun siempre mostró una clara preferencia por el teatro, que encontraba más cercana a la libertad y experiencia interpretativa, según afirmó en una entrevista realizada en 1995, sí intervino en un puñado de películas independientes, en su mayoría francesas, siempre en papeles secundarios en los que, sin embargo, su actuación no pasó desapercibida. Dotada de un talento excepcional y una belleza poco común debido a los orígenes argelinos de su madre, varios directores de primera fila le ofrecieron durante los primeros años de su carrera más de una docena de papeles como protagonista, que ella siempre rechazó, alegando que deseaba permanecer alejada de los focos. Uno de los más insistentes fue Jean-Luc Godard, con quien tenía afinidad política, y de quien se dice que se obsesionó tanto con ella que llegó a ofrecerle una hoja en blanco firmada, completamente en blanco, para que ella pusiera las clausulas y el salario que deseara. Como respuesta, ella le devolvió el contrato firmado con una única frase: «Non merci». 

Sin embargo, el ámbito donde Cloé realmente destacó y muy a su pesar no logró pasar desapercibida fue la militancia social, y específicamente la feminista, cuya lucha e implicación fue la que le llevó a África y en última instancia le condujo a la muerte. Aunque las protestas de Mayo del 68 le pillaron con solo dieciséis años, a través de ellas entró en contacto con los movimientos de izquierdas más radicalizados y el pensamiento maoísta que se abría paso, frente al comunismo soviético más tradicional. Un par de años más tarde, se afilió al Partido Comunista Francés, con el que años más tarde mantendría una tensa relación al acusarlo públicamente de machismo en una columna publicada en el diario Libération, en la que criticaba no solo la ausencia de mujeres en los órganos principales de decisión, sino también el enfoque heteropatriarcal de sus protestas y reivindicaciones. 

No sin cierto desdén público, Cloé no tardaría mucho en abandonar los movimientos tradicionales de izquierdas, incluida su afiliación al PCF, a los que tildaba de conservadores por su desprecio de la mujer como actor político relevante. A partir de ese momento, se centraría en el activismo feminista, y durante las décadas de los ochenta y noventa, ella y Sophie fundaron tres revistas, una de las cuales hoy en día todavía se sigue publicando («Oui, moi, femme») y crearon una docena de asociaciones feministas, además de organizar y liderar más de un centenar de protestas, no siempre de carácter pacífico, en las que tuvieron que enfrentarse tanto a la derecha como a la izquierda. De hecho, se sospecha que varios de los atentados contra sedes de organizaciones feministas que sufrieron fueron llevados a cabo por miembros de la CGT, aunque tal extremo nunca ha podido ser demostrado.

Primero como miembro activo de la segunda ola francesa, y posteriormente como una de las principales representantes francófonas de la tercera ola, junto a Marguerite Billard, Charlotte Renan, Zoe Farmechon y la propia Sophie Truffaut, entre otras, a Cloé Le Brun se la reconoce como uno de los principales exponentes del feminismo francés de final del segundo milenio. Aunque mantuvo una prolongada relación epistolar con Simone de Beauvoir, que al parecer fue la que le convenció de publicar la polémica columna en el Libération (pese a la oposición reiterada de Sartre), de esta solo se conservan media docena de cartas.

Una de las principales incógnitas a día de hoy es por qué Sophie Truffaut no la acompañó en su viaje a África, y se ha especulado mucho al respecto, pero lo que parece más probable, y que encaja con su compromiso con el activismo feminista, es que fuese la propia Cloé la que la disuadiera de hacerlo, conocedora del enorme trabajo que todavía  quedaba por hacer en tierras francesas. 

La misma fuerza que muchos años atrás las había llevado a coincidir en el instituto Le Cours Florent hizo pocas horas tras la muerte de Cloé, Sophie falleciese de un ataque al corazón, sin que la noticia hubiera llegado todavía a Francia. Ambas se encuentran enterradas en el cementerio local de Tambacounda.

 

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Ya se imaginan que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.