Horizontes

Al principio eres libre. De una manera pura, extraña, superlativa y ajena a ti. Tanto como un globo de helio flotando hacia la estratosfera. No tardará mucho en aparecer sobre tus hombros una liviana carga que irá creciendo con los años sin que apenas la percibas, y llegado un tiempo llegarás a creer que ese parásito que crece en tu espalda es parte de ti. Te acostumbrarás a él y te convencerás de que no está ahí. De que has nacido con él, de que es parte de tu naturaleza. Pero es mentira. Con el tiempo ese equipaje solo hace que crecer y lo percibas o no, todo se hace más complicado, más pesado, más insoportable, más denso. Buscas a alguien con quien compartirlo, tratas de deshacerte de él, pero no tardas mucho en darte cuenta de que no puedes borrar tu nombre de su superficie y esa realidad aparece en tu vida como una bola de acero golpeando tu esternón. A menudo te sientes tan cansado como crees que podrás estarlo jamás, y descubres que eso también es mentira porque tras ese horizonte siempre hay otro más lejano.

Un día lees SALIDA DE EMERGENCIA en la ventana del autobús que te lleva de siete a cinco a trabajar por cuatro euros la hora, pero sabes que detrás de esas letras solo hay otra promesa incumplida más y ya has perdido la cuenta de las veces que has deseado desaparecer. Como una moneda engullida por un sofá sin que nadie la eche de menos; como una pequeña pastilla amarilla redonda perdida dentro una caja gigante llena de ansiolíticos. Pero nunca es tan fácil cuando no eres esa moneda ni esa pequeña pastilla amarilla como la que se perdió, justo la que necesitas encontrar al llegar a casa.

El tiempo sólo hace las cosas más duras, más ásperas, más difíciles, más grandes, más absurdas, más asfixiantes y entonces piensas si buscar tu propia salida de emergencia no será la única manera de no tener que continuar arrastrándote hasta el próximo horizonte.

Bonito

Cuando no tienes un buen día, no tienes un buen día. Parece una perogrullada, pero hay cosas que a veces necesitas repetirte. Yo hace mucho tiempo, demasiado, más que demasiado, que no tengo uno de esos. Uno de esos días cojonudos en los que todo es de puto color rosa chicle, en los que todo el mundo, todo el puto mundo, te saluda con una sonrisa. Uno de esos días en los que en el metro en lugar de un viejo pegado a ti oliendo a cerdo hay un universitario que no se atreve ni a mirarte. Uno de esos en los que joder, quieres tirarte a medio mundo, sólo porque son ellos y porque son así.

Pero no. Ya no queda rosa chicle. Se acabó hace tiempo. Gris, gris, gris y más gris. Gris chicle, si quieres. Un chicle insípido, monótono, triste. Uno masticado hasta la saciedad y en el que sólo queda goma endurecida por las mandíbulas de mi existencia. Tú lo sabes muy bien porque estabas ahí. Trato de flotar pero me hundo sin remedio como una tonelada de hierro en el fondo del mar. Patéticos, tristes y reciclados. Así son los segundos con los que lleno cada minuto, cada hora, cada día, cada mes de mi puta vida.

Pero yo, joder, mi cuerpo, mi alma, mi ser, mi espíritu, mi coño, todos, todos necesitamos un puto día así. Todo el mundo se merece uno de vez en cuando, sólo por existir. No sé ni siquiera si me entiendes, si lo has llegado a hacer o si alguna vez lo has intentado. El problema es que yo, ingenua, esperaba ese día de ti. Pensaba que si no me lo podías dar, al menos lo intentarías. Confiaba en ti. Que si no podías rescatarme no dejarías que me ahogase. Sí, lo pensaba. Quizá lo hayas hecho alguna vez. No lo sé. Pero lo que sí sé es que soy tonta. Soy una estúpida y jamás dejaré de repetírmelo. Porque tú vas ahora y me dices que sobro. Que sobro. Que me largue. No me jodas. Que ya no pinto nada. Adiós, hasta luego, que te vaya bonito, ¿no decía eso la canción? Bonito. Que te vaya bonito. Y me lo dices con esa jodida vocecita de niña pija que siempre has tenido porque eres un cobarde y no tienes cojones de mirarme a la cara mientras me dejas tirada en la cuneta. No eres sólo un cobarde. También eres historia.

Y entiéndeme, no tengo un buen día, espero que lo entiendas. Quizá sea culpa tuya y quizá no. Aquí en el fondo del mar no encuentro al puto Bob Esponja y estoy yo sola. Dímelo mañana y a lo mejor, a lo mejor te pueden ir dando mucho por culo.

Momentos

Un balón en el punto de penalti y la punta de la bota derecha apoyada en el césped. El último pin de la cerradura liberado y la llave que llega al final de su recorrido. La bola abandonando las yemas de la mano del lanzador en rotación. Tu aliento húmedo antes de que tus labios y los míos se unan. Una ráfaga de viento que encuentra la tela y los pies abandonan el suelo hacia ninguna parte. El gatillo que llega hasta su límite y el percutor del revólver lanzado a su encuentro con el fulminante. Los tacos clavados en el tartán, la mano extendida y los cuádriceps a la espera del fogonazo. El cuerpo estirado y vertical en el momento de sumergirse en el agua salada del mar. Aire saliendo de mis pulmones en su camino hacia los pliegues vocales y mi boca adelantándose al sonido. Un millón de gotas de agua dispuestas a hallar el consuelo en las hojas de los árboles. La cornisa que se separa de su estructura y parece eternamente suspendida en la nada antes de comenzar a caer. Tu espalda arqueada al borde del orgasmo. Los pies colgando, la cuerda suelta y los dedos antes de alcanzar el saliente en la roca. El hombro en tensión y el hacha afilada que corta el aire antes de encontrarse con tu cuello.

 

Jumping up and down the floor, my head is an animal.

And once there was an animal, it had a son that mowed the lawn.

(Of Monsters And Men — Dirty Paws)

Flotar

No sé qué parte quiere dejar escapar y cuál obligar a permanecer con él. Probablemente, ni siquiera esas decisiones dependan de sí mismo. Genética, herencia cultural y tiempo parecen estar continuamente conspirando para reducir sus propias opciones y hacerle girar como una brújula. La ventana de oportunidad lleva años cerrándose, pero a veces alguna ráfaga de aire la abre un poco más. Este parece ser, pues, el caso. Duda, no obstante, de estar dispuesto para asumir la libertad y las dependencias que vendrán de la mano de esas elecciones. Me permitiré no contestar a la pregunta de si esto es un relato autobiográfico o no. No es sencillo acertar el trazo y no salirse de la línea; ceñirse a los hechos se hace difícil en determinadas circunstancias y la ficción resulta un sendero tentador.

Quince años. Catorce, quizá. Cree que recuerda con nitidez las lágrimas y la incomprensión de una situación anímica que con el tiempo va a intentar aprender a esquivar y comprender sin éxito. A diferencia de lo que él mismo piensa, la vivencia personal no le aporta información extra que le permita interpretar la situación. El dolor, la soledad y la desesperanza no son ingredientes con los que sea fácil cocinar un buen plato.

Como un narrador externo, se ve a sí mismo sentado en el suelo, en el margen en el que la hierba se extiende sobre los dominios del cemento, con los brazos aprisionando sus piernas encogidas, llorando. Nadie más que él le observa. El dolor se convierte en sollozos hasta que la calma acaba llegando. Querría gritar, pero algo dentro de él se lo impide. El miedo a algo desconocido o demasiado familiar.

Muchos años han pasado desde entonces. Océanos de lágrimas y dolor y angustia y rabia y huidas hacia ningún lugar. La fantasía de sumergirse en las profundidades hasta que los pulmones no aguanten más. Breves paradas en pequeñas islas semi abandonadas. Pero a fin de cuentas, aunque el viento sople en contra, navegar es la mejor opción y no queda más remedio que seguir haciéndolo.

Así que en algún momento, la intuición de que quizá deba cambiar de dirección se presenta como una revelación. Deja de buscar refugios pasajeros y encuentra un lugar estable, cómodo, todo lo que puedas, dentro del interior de ese angosto y ruinoso barco de madera que demasiado a menudo piensas que va a acabar hecho añicos. ¿Sigue ahí después de todo, no es verdad? Arría velas y deja que la tormenta, con su insistencia, tome el control. Rompe el mástil y deshazte de los remos. Olvida cómo nadar y entiende que se trata sólo de saber flotar. Asume que el viento no va a cesar; que las olas nunca dejarán de estar ahí; que el estruendo de la tormenta seguirá ahí aunque te tapes los oídos. Quizá tenga algo mejor que ofrecer para ti.

Aprender a disfrutar de la violencia de su propia existencia. Dejarse llevar. Permitirse gritar sin importar las miradas que eso pueda levantar. Quizá no sea más que eso, piensas, mientras el mástil se astilla con el impacto del primer hachazo. A lo mejor no queda otra opción y ese pensamiento es tan cálido como la promesa de una existencia auténtica y dolorosa.

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Seek out the light between / Time and confusion glowing up ahead / Instead of slipping through / You bit off more, much more than you could chew / You could not Swallow It / No baby you're not ready, slow down / And take the time to evolve / You could not Swallow It / No baby you're not ready, slow down

(Brandon Flowers - Swallow It)