Violencia

Imagen por  Telefonkiosk  en Wikimedia Commons 

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Desde que comenzó el movimiento este del 15-M he estado siguiéndolo —siempre obviamente por los telediarios e Internet— con cierta curiosidad, pero sobre todo con mucho escepticismo. No es que no crea en las buenas intenciones de los movimientos sociales espontáneos como el 15-M. Creer, creo; será por credulidad.

Creo en las buenas intenciones detrás de la mayoría de sus participantes, en las buenas intenciones de las asambleas, en las buenas intenciones de las acampadas y en las buenas intenciones de las manifestaciones. Lo que no creo es que nada de eso vaya a conducir absolutamente a nada y a las pruebas me remito: mayoría absoluta del PP, que no es un partido que venga precisamente a simpatizar con las ideas del 15-M. En realidad, no tengo una idea exacta de con qué simpatiza el PP, aunque intuyo que viene a ser lo mismo con lo que simpatizó el PSOE durante los últimos ocho años, y con lo que simpatizó el PP de Aznar, y etcétera hasta el comienzo de todo esto: ellos mismos.

El problema de las buenas intenciones es que son sólo eso: buenas intenciones. Van bien para las navidades y nos hacen sentir mejor, pero desafortunadamente ni dan de comer, ni consiguen cambian las cosas. Para eso hace falta algo más: un compromiso real y la voluntad de sacrificar hasta lo más sagrado, especialmente en el ámbito personal; cualquier otra cosa es, en la mayoría de los casos, algo tan poco honesto como fructífero y demasiado a menudo una burda instrumentalización de las ideas al servicio de los propios intereses. No cabe ninguna duda de que si te lo montas bien, vivir de la ideología ha acabado por ser un buen negocio, especialmente entre la clase política de izquierdas, más tendente —con honrosas excepciones— a mantener discursos de clase, válidos hoy en día o no pero que ni ellos mismos se creen, apoltronados en sus sueldos, sillones de cuero y con sus iPhones y iPads; sigamos hablando, pero sólo eso que cuanto menos se mueva la cosa, mejor, no sea que me toque salir a la palestra y demostrar que yo sí estaba realmente comprometido. O peor, que todo este tinglado cambie y mi cabeza ya no haga falta.

Volvamos al 15-M. La cuestión de fondo es que esa actitud pacífica, calmada y dialogante de que han hecho gala durante estos meses no tiene otro beneficiario que el sistema contra el cual el 15-M dice estar. Cuando el poder económico, político y mediático está en manos de unos cuantos y la mayoría (entre la que me incluyo) está totalmente atocinada y acomodada, que se reúnan un puñado de perroflautas a discutir sobre el bien y del mal no sólo es inofensivo, siempre que no hagan ruido y no molesten a los turistas, sino que además proporciona una satisfactoria sensación de salud democrática a la sociedad; viene bien, mientras se sienten en el suelo y se dediquen sólo a hablar.

La necesidad del uso de la violencia legítima es algo sobre lo que ya he escrito alguna que otra vez en el pasado, y con todo lo pacífico que yo soy (que lo soy, y mucho) y lo poco que me gusta dar y recibir hostias, actividades que afortunadamente no practico habitualmente, es algo sobre lo que estoy bastante convencido; la violencia puede llegar a ser un instrumento útil e incluso necesario en determinadas circunstancias, pero que las clases dirigentes se han encargado de demonizar, mientras que el inútil (por idealista) diálogo habermasiano se ha adoptado como herramienta de resolución de conflictos, cuando nunca las partes que entablan el diálogo están en igualdad de condiciones y por tanto siempre pierde el débil. Que es lo que interesa, al fin y al cabo.

No compararé la situación actual con la Revolución Francesa, porque los pobres franceses no tenían un montón de cosas que son deberían ser habituales hoy en día, como un techo, comida, ropa, educación, sanidad, y otras tantas cosas, pero a nadie se le ocurriría pensar hoy en día que a través del diálogo la Revolución Francesa (con sus bondades y sus maldades) se habría llevado a cabo. Tan poco como me gustaría ver a algún cacique político pagando por sus "pecados" (tengo mis preferencias políticas y de método, que no confesaré), he de admitir que ese tipo de "iniciativas" son al final las únicas que pueden generar un cambio que, no obstante, sabe uno como empieza, pero no cuándo ni cómo acaba. Esa incertidumbre es la que obliga a que el compromiso con las ideas, acertadas o no, deba ser total; nadie dijo que fuese a ser fácil. Por supuesto, no todo van a ser ventajas (especialmente para el cacique del que hablaba).

El primer problema son aquellos energúmenos que se apuntan a cualquier cosa que huela a violencia. Los reconocerán porque todo equipo de fútbol que se precie tiene unos cuantos que probablemente usted pueda contratar si tiene un problema, necesita ayuda, tiene el dinero suficiente y puede localizarlos (le adelanto que será tan difícil como encontrar al Equipo A). Comience usted una revolución y acabará rodeado de animales sin otra motivación que robar y romper cráneos sin distinción de edad, sexo, raza o condición social; eso es igualdad de oportunidades y todo lo demás son tonterías. La cuestión es la violencia, y si es la violencia por la violencia, mejor que mejor. Qué mejor entretenimiento que romper escaparates y robar amparado por la multitud. Cierto: cualquiera consigue algo de legitimidad en ese escenario. Esa es, en efecto, una buena razón para prescindir de toda violencia en actos reivindicativos; a saber si al manifestante que tienes detrás le gustan tus zapatillas y acabas con la cabeza abierta y sin zapatillas. No empieces algo si no sabes quién va a apuntarse.

El segundo problema, obviando lo terriblemente grande que es el primero, es saber quién le pone el cascabel al gato. En una sociedad, para bien o para mal, totalmente anestesiada (¿quién se siente mal cuando ve a un pobre pidiendo por la calle?) y en la que mucha gente —no me atrevo a decir la mayoría— tiene techo, comida, Internet y ocio de fin de semana, a ver quién es el guapo que se juega los cuartos y se lanza a las calles, cóctel Molotov en mano, a luchar por sus derechos y por los de sus congéneres. Y además, esperar apoyos y comprensión de otros que viven demasiado bien como para mover el culo del sofá. Como que no. Trabajo no tendré, pero no vivo tan mal, oiga; todo es mejorable, pero también puedo ir a peor.

Si recuerdo bien, en unos de los libros de la saga Fundación de Asimov, un personaje cuyo propósito era hacerse con un planeta —ahí es nada— utilizaba los electrodomésticos que él mismo había proporcionado a la población para conseguir que ésta se levantase contra sus dirigentes; primero se los daba y luego se los quitaba. No tengo ninguna duda de que en cualquier sociedad contemporánea occidental el resultado sería el mismo: retírele sus comodidades al ciudadano de turno y conseguirá una revuelta que superará lo inimaginable. Desgraciadamente, la motivación de toda esa turba embrutecida será volver al estado anterior, no conseguir ningún tipo de progreso que no sea una tele más grande, un smart-phone más bonito o un coche más potente. Intentar convencerlos de algún tipo de motivación o finalidad superior sería una total pérdida de tiempo.

El tercer y último problema es el que más me gusta. Max Weber, que era un tipo que al parecer dedicaba algún tiempo a pensar, escribió una vez algo así como que el Estado es aquel que mantiene el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia. El problema es que si dejamos de lado la violencia física, existen otras muchas formas de violencia que el bueno de Weber no contempló. Un político que decide eliminar las ayudas a los más necesitados al mismo tiempo que mantiene coches oficiales, dietas, chóferes y otras prebendas escandalosas, está ejerciendo la violencia. Un empresario que trata a sus empleados como si fuese un señor feudal, está ejerciendo la violencia. Una empresa que despide a cientos de empleados mientras su dirección se mete en el bolsillo cientos de miles de euros, está ejerciendo la violencia. Un banco que paga miles de euros en bonus mientras mantiene sueldos basura, está ejerciendo la violencia. De manera mucho más sutil, pero con un resultado idéntico: la gente sufre y a menudo mucho más. Sin embargo, aunque todos tenemos la posibilidad de ejercer la violencia física con mayor o menor acierto, estos tipos de violencia menos evidentes están reservados a las clases dirigentes, especial pero no exclusivamente a la política, empresarial y financiera.

El problema es que nos hemos acabado de creer, tras mucho oírlo y repetirlo, el discurso oficial de condenar cualquier tipo de violencia que no provenga de los cauces "oficiales": la violencia es mala, la violencia no lleva a ningún sitio, excepto a conseguir que un antidisturbios te abra la cabeza con una porra, porque eso no es violencia, es mantener el orden público. De esta forma, al no poder ejercer la violencia física por falta de legitimidad y carecer de medios para defendernos de los otros tipos de violencia, el ciudadano de a pie se encuentra despojado de cualquier medida de defensa contra los estamentos del poder establecido.

En definitiva: abandonen toda esperanza de cambio que no alimente los intereses de las clases dirigentes. Reúnanse si quieren, dialoguen y debatan, pero mucho me temo que eso no les llevará a nada más que a conocer personas políticamente activas, lo cual está muy bien, hacer amistades, que también está bien, y pasar frío, lo que no es tan agradable. Por cierto, ¿se acuerdan de aquello Rajoy dijo hace tan sólo unos días sobre no subir los impuestos? Pues parece que ha cambiado de opinión, entre otras gratas medidas. No descarten ver algún funcionario quemando contenedores en las próximas semanas, pero tampoco apuesten a favor. Ya saben que la violencia sólo engendra violencia. Mala cosa, sin duda alguna.

Sin paciencia se vive mejor

Mi madre siempre ha dicho que somos iguales en (al menos) una cosa: la poca paciencia que tenemos para hacer las cosas. Eso me lleva a comprar cosas que no necesito, suscribirme a revistas y comprar libros que luego no leo, obsesionarme con temas que dejan de interesarme a los dos días, o iniciar proyectos que abandono tan rápido como los comienzo. Hay un refrán que describe mejor que yo esta actitud: Arrancada de caballo y parada de burro. Les pondré un ejemplo. Cuando me suscribí a la revista Escalar, a la que permanezco suscrito (a diferencia del The New Yorker y Time, que cancelé algunas semanas después de recibir el primer número), me enviaron una tabla de entrenamiento multipresa (de escalada). Tardé un par de semanas en instalarla, lo que me llevó una docena de llamadas telefónicas y la visita a unas cuantas ferreterías para localizar una tornillería específica, sacrificando más de una tarde y un fin de semana. Desde entonces, he utilizado la tabla apenas un par de días, y de eso hace ya cinco meses. Sobra decir que si no la hubiese instalado, no habría pasado nada.

Esto tiene, como casi todo, dos maneras de verlo.

La negativa es que soy una persona impetuosa, poco constante y me cuesta mantener el interés pasado el arranque inicial si no existen estímulos adicionales. Dicho intervalo puede durar días, semanas, meses o incluso me atrevería a decir que años y eso no significa que en aspectos de importancia vital (literalmente) como las relaciones personales, el trabajo o la familia me dé por cambiar cada dos por tres, ya que en ese caso hablaríamos de un problema y no una anécdota de mi forma de ser. Afortunadamente, con el tiempo he conseguido manejar hasta cierto punto la energía de dichos impulsos: reprimirlos cuando son realmente estériles o implican un gasto que no puedo justificar desde el punto de vista de un observador (relativamente) externo o cuando soy más hábil, dirigirlos a un fin mejor que el original.

La versión positiva es más corta: esa energía bien enfocada me permite realizar ser mucho más productivo y avanzar más rápido de lo que lo haría en condiciones "normales" y en algunas ocasiones ese impulso inicial es más que suficiente para coger suficiente inercia. "Sólo" tengo que saber cómo enfocarla y proporcionarle suficiente combustible para mantenerla activa. Claro que en general eso es más fácil de hacer que de decir.

Hasta aquí, la visión dualista de las cosas.

Planteado así parecería que soy una persona con la estabilidad de la nitroglicerina, pero el asunto no es exactamente de esa manera, aunque yo me haya acostumbrado a esa interpretación. Presento, como casi todo el mundo, un nivel constante de energía que es con el que desarrollo la mayor parte de las actividades y que puede variar ligeramente dependiendo del estado anímico, condiciones personales y laborales y diversos factores externos; es decir, lo que se llama vivir. De vez en cuando, por la razón que sea, aparece algo que altera el estado "normal" de las cosas: un artículo, un libro, una conversación, una película o una idea. Ya se imaginan que viene después.

A esas "cosas", el estado de ánimo que provocan y todo lo que lo rodea lo llamo motivación y son los eventos más productivos y unos de los —por lo general— más satisfactorios de mi vida. Como comprenderán, la idea es tener cuantos más mejor. Al fin y al cabo, un par de revistas o libros y unas cuantas horas leyendo sobre cualquier cosa bien valen la pena si el resultado es ese.

¿Hay alguien ahi fuera?

Hace ya unos cuantos años, el jefe de un cliente para el que trabajaba se refirió a mí sin demasiada fortuna diciendo algo así como que estaba "bien amaestrado". Aunque su intención, como al momento aclaró, era poner de manifiesto mi actitud de servicio al cliente (él era el cliente), la forma de expresarlo no fue desde luego la mejor. Dejando de lado las formas y yendo al fondo, esa anécdota muestra una constante desde que salí de la universidad y me incorporé al mercado laboral: siempre he estado muy enfocado al cliente. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que la orientación hacia el cliente no es algo que abunde entre las empresas, grandes o pequeñas. Aun muchas personas y empresas no sólo no se plantean escucharle (a usted), sino que han abandonado la idea de tratarle con unos mínimos de calidad: cuántas veces hemos entrado en un comercio donde te atienden a cara de perro; hay personas que todavía no son conscientes de que el dinero con el que viven no crece en los árboles sino que procede de las carteras de otras personas. Sólo las telecos pueden permitirse algo así, asumiendo unos estándares de calidad del sector pésimos; aun así, los últimos datos de portabilidad de líneas ADSL y móviles indican que eso podría cambiar en un futuro no muy lejano.

No obstante, asumamos que su empresa sí sabe tratar a sus clientes. Mejor o peor, pero con unos niveles de calidad razonables. Quizá incluso tenga alguna iniciativa implantada para medir el grado de satisfacción de sus clientes con sus productos, ya sean éstos (los clientes) particulares o empresas. Quizá haga alguna encuesta de vez en cuando. Quizá incluso alguna vez haya recibido alguna sugerencia.

Teniendo eso en cuenta, ¿cuándo fue la última vez que un cliente le trasladó una buena idea? ¿Y una idea genial? ¿Cuándo una encuesta o una sugerencia de un cliente provocó un cambio en su manera de hacer las cosas? Si se pusiese en el "otro lado", ¿pensaría que lo que usted hace es lo que representa la palabra "escuchar"? ¿Está realmente decidido a cambiar su manera de hacer las cosas, si las evidencias para hacerlo fuesen razonablemente grandes?

Es posible que piense que sus clientes no tienen buenas ideas (para usted). Es posible que piense que sólo tienen opiniones generales y superficiales sobre el producto o servicio que acaban de comprar, porque eso es después de todo lo que ha recibido hasta ahora. Pero la realidad es que tiene que ser consciente de que nadie que no se sienta escuchado va a perder el tiempo en decirle nada y el tiempo de su cliente vale tanto o más que el suyo. Así que escuchar probablemente no sea suficiente. Quizá necesite implicar a sus clientes en su empresa.

Mi supraespinoso derecho

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Pues sí. Desde aproximadamente el 15 de agosto me encuentro "en el dique seco" a causa de una tendinosis con pequeña rotura parcial del supraespinoso del hombro derecho, lo que ha hecho que lleve ya unas tres semanas sin tocar la roca ni la resina. Estoy prácticamente seguro que esta lesión proviene de junio de 2010, cuando en el tercer fin de semana de escalada me metí en varios 6a y algún 6a+, forzando más de lo necesario. A partir de aquel día empecé a notar un dolor en ciertos movimientos del hombro, que poco a poco fue menguando durante los siguientes meses hasta prácticamente desaparecer. De aquello no supe más hasta el pasado junio, en el que volvió el dolor, con bastante mayor intensidad y algo de limitación funcional, tanto en movimientos como en fuerza; sin embargo, fiel a mi falta de sentido común, continué escalando con la misma intensidad durante julio y mitad de agosto, o al menos con toda la que las molestias me permitían, hasta que en agosto decidí finalmente acudir al trauma, quien me mandó una resonancia magnética y una radiografía que mostraban una lesión "vieja" de Sachs-hill (hundimiento óseo) y una tendinosis del supraespinoso con pequeña rotura parcial.

Fue en ese momento cuando el miedo —no el sentido común— apareció y decidí aparcar los pies de gato —incluso unos Miura VS que están esperando ser estrenados— y acudí a un fisio recomendado por Geno (que continúa de baja por rotura del astrágalo, aunque progresa adecuadamente), con quien estoy muy contento, quien me indicó que el problema procedía de una descompensación muscular de la articulación del hombro, generando que éste fuese inestable y se adelantase a su posición natural. Desde la primera visita a finales de agosto, el progreso ha sido muy bueno, y únicamente me quedan algunas molestias en los movimientos límite de la articulación. Continúo con los ejercicios de rehabilitación/fortalecimiento tres/cuatro veces al día, y aunque Fernando no me quiere dar una fecha determinada, estimo que a finales de septiembre o principios de octubre podría estar de vuelta en la roca. Sin prisa, pero sin pausa.

Mientras tanto, aparte de los ejercicios que me ha mandado, ejercicio aeróbico para rebajar ese par de kilos que he cogido durante el verano. Elíptica de momento, pero barajando seriamente volver a calzarme las Vomero2+ y salir al río a correr, al menos durante lo que dure esta pequeña pausa obligatoria.

Imprudencias

Recordarán el post que publiqué hace una semana sobre la subida a la Pericondrio Tragal que hice con Alex. Una vez acabamos, bajamos a miradores a comer un bocadillo, y nos encontramos con dos escaladores que sobre las 14h habían comenzado a subir la pericondrio. Cuando comenzamos a observarlos, el primero había llegado a R1 y el segundo estaba a pie de vía. Entre prepararse y subir, tardó aproximadamente 45 minutos en llegar a R1. Ese mismo comenzó el segundo largo, pero se equivocó y se metió en la Poleo, significativamente más complicada, lo que hizo que tuviera que bajar y empezar de nuevo. Tardó lo suyo en llegar a R2, y su compañero también. Calculo que habrían transcurrido casi dos horas y media desde que habían comenzado a subir hasta que llegaron a la reunión previa a la travesía, ya que las pausas en las reuniones eran eternas. Ahí llegó lo interesante.

El primero de ellos comenzó a subir el tercer largo, pero al llegar a la tercera chapa, donde comienza la travesía, se detuvo. Tras unos cuantos minutos mirando la pared, bajó. Entonces subió el segundo, y llegó hasta la tercera chapa. Estuvo allí colgado más de media hora, tras lo cual les pegué un grito desde la otra pared para corroborar que estaban bien. Llevaban casi tres cuartos de hora allí y queríamos asegurarnos de que no había ningún problema. Contestaron que OK, y poco después el segundo proseguía la via... hacia arriba. Tras otro par de chapas, se detuvo, y algunos minutos después les indicábamos a gritos qué grado tenía la vía hacia arriba (6b+), cuál era el de la travesía de la pericondrio (6a+) y por donde seguía.

Tras otro cuarto de hora, ya cerca de las seis de la tarde, el que había estado examinando la pared se descolgaba de un maillon y comenzaban a descender la vía en rápel. En ese momento Alex y yo dejamos de disfrutar del espectáculo y recogimos bártulos.

De esta interesante experiencia se desprenden varias lecciones. Primero, que no es recomendable meterse en una vía de varios largos sin conocerla; en su caso, todo apuntaba a que desconocían cómo comenzar la travesía, los grados que tenían las vías de alrededor o las posibles reuniones adyacentes de las que descolgarse en caso de necesidad. No es que la pericondrio sea especialmente compleja, pero a 70 metros del suelo, mejor saber qué hay a tu alrededor. Además, la pericondrio tiene la particularidad de que al no ser totalmente vertical, abandonar a mitad del tercer largo puede ser un proceso largo y complejo.

Al no conocerla, seguramente no sabían que el sol empieza a dar en la pericondrio aproximadamente a las 14h, y eso a finales de julio (a pesar del viento que corre) no es nada recomendable (o sí lo sabían y les apetecía pasar calor). Por último, si no conoces una vía no puedes hacerte una estimación temporal de lo que la vía te puede llevar, que puede ser demasiado si el grado está cerca de tu nivel o tienes algún imprevisto. En su caso, calculo que fueron unas cuatro horas desde que salieron de pie de vía hasta que comenzaron a descender. Aunque los días alargan, de haberse metido en la travesía quién sabe a la hora que habrían llegado arriba. Por fortuna, aunque a las cinco y media algunas nubes amenazaban lluvia, no cayó ni una gota; de lo contrario, quizá los bomberos tendrían que haberles sacado de allí.

Claro que todo esto son especulaciones, ya que no hablé con ellos. Pero tras verlos allí arriba durante un buen rato sin saber hacia dónde tirar, estoy casi seguro de que no sabían dónde se habían metido.

Pericondrio Tragal (24/07/11)

Aunque la salida del fin de semana pasado estaba prevista para Vallat, al final las perspectivas climatológicas nos obligaron a movernos a Castellet, donde esas mismas perspectivas, ya materializadas, nos hicieron volver a Valencia antes de lo previsto. En cualquier caso, el día fue para olvidar, desde que salí de casa hasta que volví a entrar en ella; a pesar de pasarme el sábado vegetando, no sólo me encontré agotado toda la mañana sino que además el hombro estuvo dando guerra, lo que sugiere dos cosas: que la carga de trabajo de estas últimas semanas me ha pasado factura, y tengo que hacer algún ejercicio para el hombro. Esto ya me pasó hace unos meses y en aquel caso los ejercicios me fueron bien. Las vacaciones deberían hacer el resto. En cualquier caso, yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de la vía Pericondrio Tragal, que Alex y yo hicimos hace una semana y pico. La Pericondrio es una de las míticas vías de Montanejos, formada por cuatro largos: 6a+, 6a, 6a+ y V+, que sube por la esfinge que se encuentra frente a los miradores (dos o tres kilómetros pasado Montanejos si se viene desde Montán) y cuya principal característica es la travesía horizontal que hay en el tercer largo. Al menos en verano, hay que afrontarla por la mañana, ya que a partir de las dos de la tarde (aprox.) empieza a darle el sol, y como te pille en mitad de la vía con la solana, puedes acabar chamuscado, a pesar de que corre bastante aire que hace la estancia más agradable.

Alex y yo nos quedamos con ganas de hacerla tras el último paso por Montanejos y en especial en la zona enfrente de miradores, así que allá que nos fuimos. Tras salir de Valencia a las 8h, aparcar y recoger trastos, llegábamos a pie de vía aproximadamente a las 10h (las horas son aproximadas, extraídas de la información de las fotos).

Allí, aunque yo había salido el día anterior a Jérica y no me sentía con ganas ni fuerzas de meterme en un 6a+ sin calentar, Alex no me dió tregua y se tiró sin demasiadas dudas a por la vía. Eran las 10:15h aproximadamente. Si quitamos el componente psicológico de la travesía, este largo es el más complicado de los cuatro, y concentra su dificultad en los primeros pasos. Más adelante, el diedro y los árboles (sí, los árboles) hacen la escalada más fácil. Nótese que el primer largo tiene dos reuniones, que pueden verse en el croquis (primera imagen de todo el post). La primera reunión, que es la que Alex utilizó, no tiene un buen reposo y es incómoda por lo que seguramente sea la mejor para subir la vía de manera "independiente" y bajar; la segunda reunión queda unos metros más arriba y aunque no tienes visibilidad sobre el compañero es mucho más cómoda para subir al segundo.

El primer largo (y una de las fotos a continuación) confirmó lo que venía diciendo al principio: que necesito descansar y comer mejor, porque llegué realmente extenuado. En fin, que Alex llegaba a la reunión a las 10:32h y yo, ya de segundo llegaba once minutos más tarde, a las 10:43h. Allí estuve unos minutos y quizá por haber ya calentado, afronté el segundo largo más decidido y con más ganas.

El paso clave del segundo largo se encuentra en lo que es la reunión "alternativa" del primer largo. El truco para pasarlo dice así: "subes pies y tiras p'arriba", o "subes pies y buscas manos". Seguramente ya lo hayan oído alguna vez. Ese y el de "se escala con los pies, no con las manos" son los superhits de la escalada deportiva, sin duda alguna.

El segundo largo de la vía no tiene demasiados secretos, más allá del paso que indicaba. Más lento de lo que suelo escalar, a las 11:43h me plantaba en la R2 a esperar a Alex. En general, el equipamiento de toda la vía, aunque tenga ya su tiempo, es excelente, y apenas es necesario tirar de cintas o montar reuniones muy complejas.

Alex no tardó demasiado, a pesar de sus habituales quejas y lamentos, en llegar a la segunda reunión (que llamaré R2-1). También en este caso existe, no obstante, una reunión alternativa a la derecha que seguramente sea la propia de la vía (que se puede ver en el croquis anterior y a la que llamaré R2-2), a la que se llega tras pasar junto a un árbol, y que tiene una cómoda repisa para asegurar al compañero que afronta la travesía. Al igual que en el caso de la R1, la primera reunión (de las dos) permite mejor visibilidad sobre el compañero, mientras que la segunda es más cómoda. No obstante, el rozamiento puede hacer que asegurar al segundo desde la R2-2 sea algo incómodo, por lo que cada uno deberá pensar qué es lo mejor para cada él, en función de las fuerzas y el nivel del compañero que sube de segundo.

Dicho y hecho, tras algo de maniobra, nos plantábamos en la R2-2 a las 11:15h, donde se me puede ver revisando la "documentación asociada".

Tras unos minutos de relax, le tocaba a Alex encarar la travesía, todo ello, dicho sea de paso, sin magnesio, lo que para él es casi como escalar sin pies de gato, y no exagero. Así pues, a las 11:55h Alex encaraba la salida del tercer largo, cuyas tres primeras chapas suben en diagonal por una grieta, para luego ir durante cuatro/cinco chapas más de manera casi horizontal hacia la izquierda, seguir subiendo en diagonal y rematar la faena con un par de chapas en vertical; en alguna de las fotos se puede apreciar la travesía que domina la mayor parte del largo. Aproximadamente algo más de media hora después, Alex me gritaba "¡Reunión!" desde la R3, y tras un par de minutos para ponerme bien los gatos, empezaba mi calvario personal.

A nivel técnico, la Pericondrio concentra sus pasos más complicados en la salida de las reuniones: la salida del pie de vía, la del primer largo (asumiendo la reunión que está más arriba), la del segundo (asumiendo como reunión la del pie de la travesía), y la del tercero. Pero en comparación con las cuatro o cinco chapas que componen la parte más horizontal de la vía, sacar la salida de segundo fue relativamente fácil.

El problema de escalar de segundo o top rope si estás acostumbrado a escalar de primero es que es muy difícil mantener el mismo grado de concentración, porque eres consciente de que no puedes caer. He tenido fallos subiendo vías de segundo (para recuperar chapas, mirar la vía, montar una adyacente, etc.) que jamás habría cometido de primero, porque te juegas un vuelo. Y ese es uno de los problemas de la travesía: ir de segundo no te garantiza nada, sino que más bien, es algo contra lo que luchar. El segundo problema es que corres el riesgo de que si tu compañero no te entiende bien cuando le hablas, te pille y acabe tirándote, así que es importante dejar eso totalmente claro en la R2-2. Por último, y este fue mi principal error, hay que evitar pedirle a tu compañero que te coja cuando llegas a una chapa, porque eso te quita la tensión de encima y hace que te relajes. Salir de ese estado de relajación colgado de una chapa a 70m. del suelo me costó a mí al menos 10 minutos.

En realidad, y esto es algo que le he leído a más personas, la travesía no es, técnicamente, la parte más compleja de la vía. Tiene manos más que aceptables, pies mejores, y hay zonas en la vía mucho más "lavadas" que la travesía (en realidad, la Pericondrio no está tan lavada como cabría esperar, y excepto en quizá la salida del primer largo, es más que aceptable si lo comparamos con otras vías conocidas y frecuentadas de Montanejos o Chulilla). Su "problema" y a la vez atractivo es lo psicológico de la vía; no sé si es el componente aéreo, o cambiar la verticalidad por la horizontalidad, pero completar las cuatro chapas de la travesía fue lo peor (cuando estás en mitad del fregao) y lo mejor (cuando ya la has pasado) de toda la vía. También es importante destacar que una vez en mitad de la travesía, plantearse abandonar puede convertirse en un problema mucho más gordo que intentar acabar la propia travesía, por lo que lo mejor es no planteárselo y seguir hacia adelante, como sea. En realidad, no queda otra opción pero es un tema a valorar si te metes en la vía con alguien de cuya "fiabilidad" no estás muy seguro.

En fin, que tras sufrir lo mío contra la pared, a las 13h llegaba a la R3, y dado que apenas había gastado fuerzas, apenas unos minutos encaraba el último largo, que sale de un desplome que asusta más de lo que es.

El último largo no tiene demasiado secreto. Quizá la salida y los alejes de las chapas sean lo más relevante, pero se hace corto y se llega arriba rápido y fácil; a las 13:18h había llegado arriba y Alex, tras desmontar la R3, se plantó en R4 poco después, a las 13:30h.

Siendo mi primera vía de varios largos "seria", la verdad es que la Pericondrio Tragal fue una buena elección. No es particularmente difícil (6a+/6a/6a+/V+) ni larga (110m.), y está menos lavada de lo que yo me temía que pudiera estarlo (aunque obviamente, si estuviese menos lavada, mucho mejor). Aunque la acabamos en 3h15m, creo que calentando bien antes de la vía, con un poco más de decisión en la travesía y sin los periodos de reflexión, la próxima vez podríamos hacerla en 2h30m o quizá menos. Sí, ya sé que no es una carrera, pero es que yo soy así.

El día acabó viendo a dos insensatos sin demasiada idea ni sentido común intentando subir la pericondrio mientras nosotros les mirábamos desde enfrente, algo de lo que hablaré en otro post, y con la Guardia Civil advirtiéndonos de que en las vías pegadas a la carretera no se puede escalar sin autorización. Tras esto, cogimos los bártulos, nos tomamos algo en el Refugio de Montanejos, y volvimos a casa, con ganas de repetir la pericondrio... un año de estos :)

El mundo en el que vivimos

Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.

Ayn Rand

 

(A pesar de los sospechosos amigos de Correa, no estoy capacitado para opinar sobre la noticia de donde saqué la frase. Eso sí, en esta España de hoy, es fácil no sentirse identificado)

Una opinión sobre la responsabilidad en la equipación de vías de deportiva (II)

He de admitir que en las últimas entradas no he estado demasiado amable con los equipadores. La primera vez fueron las reseñas, y la segunda, la posible negligencia a la hora de equipar nuevas vías. En cualquier caso, déjenme decir que a aquellos que equipan de manera responsable, que son la inmensa mayoría, incluso aunque no sean especialmente hábiles a la hora de reseñar, les estoy muy agradecido. Esto viene a colación de la entrada de ayer. Tras publicarla, Txenxo Lli, uno de los mejores y más activos equipadores, responsable de que podamos disfrutar de Jérica y otras escuelas, me sacaba con toda la razón los colores. Se lo explico. Cuando el pasado domingo llegué a la reunión de la Pepeillo, me encontré con un anclaje de un descuelgue tipo Amerika de Fixe Climbing, cuando el fabricante indica que deben ponerse dos, y que además se movía. Así pues, me lancé como un perro de presa a criticar al equipador, en este caso Txenxo, por dicha instalación, sin considerar que quizá, como en este caso, el equipador había actuado correctamente, pero alguien con pocos escrúpulos y menos sentido común (dado que está poniendo en peligro la vida de cualquier persona a la que se le ocurra descolgarse o subir en top mediante ese anclaje) había arrancado el anclaje que faltaba y había intentado sin éxito (desgraciadamente) arrancar el otro.

Esto genera un problema adicional en la discusión sobre responsabilidad de los equipadores que no había considerado. En el anterior post consideraba las responsabilidades que se derivaban de una negligencia consciente o inconsciente por parte del equipador, i.e. cuando por ahorrar costes o inexperiencia, éste instala material no apropiado o de manera incorrecta. Pero este es un escenario muy diferente, en el que el equipador asume responsabilidades por el mero hecho de equipar una vía, con independencia de lo bien que lo haga; ¿qué ocurre cuando una vía ha sido correctamente equipada pero se produce un accidente porque un tercero ha intervenido robando una chapa o como en este caso, ha robado un anclaje y debilitado muy significativamente la reunión (hay que ser miserable)? ¿Cómo se defiende en este caso el equipador frente a una acusación por negligencia?

A primera vista, no es sencillo, especialmente si buscamos algún tipo de garantía jurídica o administrativa. A menos que uno tenga un amigo notario que además se dedique a la escalada de velocidad (por aquello de la minuta), no hay posibilidades reales de demostrar, fuera de toda duda, que una vía ha sido equipada correctamente. Como alternativa más o menos adecuada y desde el punto de vista más "legal", se me ocurre que documentar adecuadamente cada una de las vías equipadas mediante fotografías y datos objetivos (por ejemplo, número de chapas y características técnicas de éstas y los parabolts, tipo de reunión, distancia entre chapas, etc.) y conseguir luego que un puñado de escaladores suban la vía y validen que el documento refleja la realidad de la vía podría ser una buena alternativa. Aun en este caso, el equipador está relativamente indefenso frente a un proceso judicial a causa de un accidente, y el trabajo de documentación puede llegar a ser un auténtico rollo.

Desde un punto de vista más "fáctico", la solución pasaría por poner todos los impedimentos posibles al robo de material, especialmente en lo que a reuniones se refiere. Dicho de otra forma, ya fuere con sika o utilizando químicos, si los anclajes no se pueden robar, ese problema lo eliminamos de raíz. Y si se encuentra a alguien robando material, se le ejecuta a pie de vía y se clava su cabeza en un palo, como advertencia a otros infractores.

Por último, las dos propuestas indicadas podrán estar peor o mejor, pero, ¿qué pasa en el caso de vías como Pepeillo hasta que el equipador pueda sacar tiempo y ganas para reparar la reunión, o peor aún, en vías que no ofrecen una alternativa seria como descuelgue por simple antigüedad? Por una parte, siempre puede uno utilizar un maillon y bajar desde la última chapa si ésta es más fiable que la propia reunión. También es bueno que los escaladores, en especial aquellos menos experimentados o espabilados, aprendan a prestar atención a una reunión en malas condiciones y que no se asuma que todo el material es adecuado o se encuentra en buenas condiciones simplemente porque pertenece a una vía. En tercer lugar, subir en top siempre debería hacerse con al menos las últimas dos chapas puestas, para evitar una caída al vacío si la reunión falla. Por último, aunque esto ya es algo más complejo de montar, se podría establecer algún tipo de repositorio central en el que los escaladores pudiesen aportar y recibir información de vías cuya equipación es deficiente: reuniones o chapas poco fiables o en la que se ha robado material. No es sencillo, pero podría ser una buena iniciativa de colaboración para empezar, algo que a pesar del espíritu "libre" de la escalada, es menos frecuente de lo que parece.

Si quieren, empezamos por mí. En la vía Pepeillo, escuela Jérica, sector Pisuke, no confiar en la reunión si presenta únicamente un anclaje Amerika o alguno de ellos se mueve. A un metro y poco a la derecha existe una reunión fiable para el descuelgue.