Matías

El padre de Matías decidió obsequiar a su hijo recién nacido con un curioso regalo. Un regalo, por decirlo de alguna manera, a largo plazo. Cada día, sin falta, le sacaba una foto de la cara al niño, escribía la fecha al dorso, y la guardaba religiosamente, con la ilusión de ofrecérsela algún día en el futuro junto con todas las demás. Como es de esperar, al ver dos fotos consecutivas el cambio era inapreciable más allá de los cambios habituales que cualquier persona refleja en su rostro de un día para otro, pero cuando comparaba fotos de fechas distanciadas entre sí por meses o incluso años, el cambio era espectacular. Aquello no era en realidad nada nuevo; cualquier niño cambia sensiblemente de un año al siguiente, y Matías no era una excepción. La diferencia era que en este caso, y utilizando un pequeño artefacto que el padre había construido al par de años de vida del chiquillo, se podía ver cómo el rostro del niño literalmente cambiaba -crecía- ante tus ojos. Aparte del notable hecho, por supuesto, de que no todo el mundo posee un registro fotográfico diario de de los primeros trece años de vida de uno mismo.

Porque ese es el tiempo que el progenitor de Matías fue capaz de continuar con su pequeño experimento, que era después de todo en lo que se había convertido aquello. Lo que en un principio nació como un regalo para el futuro, era ahora su pequeña obsesión particular y la tortura diaria de su hijo. Un nueve de abril le tomó la última fotografía, sentado en una silla de la cocina, cuando éste tenía trece años, siete meses y cuatro días, y después de ese día, incluído expresamente el día de su muerte, jamás volvió a reflejarse la cara de Matías en documento gráfico alguno; ni fotográfico, ni filmográfico ni tan siquiera en un dibujo. Tras su muerte, tal y como dejó indicado en su testamento, las casi 5000 fotografías de su rostro fueron quemadas junto a su cuerpo, y con ellas, aquel regalo de su padre que le marcó durante toda su existencia.

Air Madrid

«Se rumorea en la villa y corte, los cortesanos somos una banda de porteras, que la explicación más probable de la lenidad con la que la administración trató a Air Madrid hasta hace unos días estriba en que uno de sus directivos se encalomaba con gozo, frecuencia y aprovechamiento a la subdirectora general de Explotación del Transporte Aéreo. Según cuentan, mientras que la compañía era incapaz de satisfacer unos mínimos requerimientos de seguridad, solvencia y calidad de servicio, el directivo en cuestión satisfacía a la subdirectora de marras con servicios seguros, solventes y de inmejorable calidad. Una cosa compensa la otra, a lo que se ve.»

 

[Leído en El Capitán Achab]

(Lenidad: 1. f. Blandura en exigir el cumplimiento de los deberes o en castigar las faltas.)

 

Libros recuperados, al fin

¿Se acuerdan ustedes de aquellos libros que prácticamente había dado por perdidos? ¿Esos que presté hace nosecuántos meses y que en su momento me sabía mal reclamar insistentemente? ¿Esos que sí, en efecto, acabé pidiendo insistentemente? ¿Esos que sí, también, he acabado recuperando? ¿Se acuerdan?

Pues como están imaginando, ya descansan, todos ellos menos uno, en mi pequeña, solitaria e inconclusa librería de IKEA; Las flores del mal, Wilt, Hojas de hierba y El antropólogo inocente. Todos listos para que alguien como usted, ávido de lecturas interesantes, me los pida, o incluso yo, sujeto interesado donde los haya en la divulgación cultural, me ofrezca desinteresadamente a prestarlos.

Eso sí, a partir de ahora, previo pago de treinta (30) euros en concepto de fianza... y gastos telefónicos, por si acaso. Ya saben.

Jetas

No, no es que piense que el señor Hernan Casciari es un jeta; nada más lejos de mi intención. Sigan leyendo.

 

Hernán Casciari: ¿Y le parece bien? Como policía, no como ser humano. Como ser humano está bien. Pero como policía, ¿le parece bien robar un texto ajeno?

 

Pueden ustedes leer el artículo original, de Hernán, el plagio, del jeta, que salió publicado hace unos días en Las Provincias (diario local de por aquí), y la entrevista simulada de Casciari al sinvergüenza. Y que por lo visto, debe de opinar que los textos aparecen en Internet por arte de birlibirloque. Alucinante.

Estudios para olvidar

Me comentaba hace unos días LdeLaura que había leído en El País -versión en papel, que no he podido obtener- una noticia en la que se hablaba de un estudio que había concluido afirmando que al parecer, un índice de masa corporal (IMC) superior a 21 es perjudicial para la salud. Dicho índice se utiliza, entre otras cosas, para determinar si una persona sufre obesidad o anorexia, y se obtiene a partir de la división del peso en kilogramos entre la altura, medida en metros, al cuadrado. La OMS considera que un valor normal se encuentra comprendido entre 20.5 y 25.5, aumentando este valor en un punto por cada diez años a partir de los 34.

Puesto que no he podido localizarlo, no sé realmente quién es el responsable del mencionado estudio. No sé si es una clínica de cirugía estética, si es alguna de las empresas del Grupo Inditex, o si lo ha hecho algún departamento de alguna universidad con la urgencia de justificar fondos públicos (o publicas, o no hay prórroga de beca). Pero teniendo en cuenta los niveles establecidos por la OMS, que a todas luces parece una organización competente en la materia, me parece cuanto menos arriesgado darle credibilidad -por parte del periódico en cuestión- a este tipo de estudios, tal y como están las cosas en relación a la anorexia.

Y tampoco estoy diciendo que no es que no haya que publicar estudios que vayan en contra de las tendencias dictadas -en este caso, en materia de salud- desde los organismos oficiales, sino únicamente que hay que tener cuidado con la veracidad que se publica, y más en temas tan sensibles como este. Aunque al fin y al cabo, teniendo en cuenta la afición a leer prensa -que no sea el Marca- que tienen los adolescentes de este país (no les culpo, visto lo visto), probablemente el estudio haya pasado totalmente desapercibido. Como ven, no hay mal que por bien no venga.