Una pantufla de color rosa

En una esquina de la habitación, un montón de ropa sucia espera desde hace tres días que alguien la meta en la lavadora, añada detergente y suavizante al cajetín y gire el dial y la ponga en marcha y remate el proceso tendiendo el resultado. Unos metros más allá, atravesando el tabique de ladrillos del 4 cubierto de gotelé, una pantufla de color rosa comprada el pasado febrero en un mercadillo y cuya intensa tonalidad original ha comenzado ya a apagarse permanece solitaria en mitad de la cocina, mientras su dueña empieza a descomponerse junto a ella. La forma en que su boca está aplastada contra el suelo convierte la escena en un chiste pero no hay nadie para reírse aparte de ti.