Un click de Famobil

A varios millones de años luz de nosotros un hombrecito saluda con la mano mientras escucha a Manu Chao. Hace ya unos días que llegó, aunque no sabe cómo llegó ni porqué está allí, y lo peor de todo es que tampoco sabe cómo volver. La verdad es que no tiene demasiada idea de nada, pero para qué engañarse, nunca la ha tenido. Simplemente está allí y se siente algo ajeno, tan lejos de casa. Se rasca la cabeza como hace Homer cuando no sabe algo, y la imagen le resulta divertida y ríe. Hace memoria y piensa que no duerme especialmente mal, no está especialmente cansado ni especialmente deprimido. Aunque tampoco está especialmente animado, ni especialmente feliz, ni especialmente ilusionado. No está especialmente nada, se dice el hombrecito; está medianamente todo. Pero aquí no estoy bien, murmura, y concluye que quizá Aristóteles no era infalible después de todo.

El hombrecito se siente como un click de Famobil, porque a él Playmobil le llegó un poco tarde. Pero un click pirata sin barco, un click granjero sin granja, un click caballero sin castillo ni princesa que rescatar. Y se levanta y le grita a la nada, para darse cuenta de que encima de una estrella a una eternidad de su mundo no hay aire con el que llenar sus pulmones. Qué absurdo resulta todo eso, susurra con cara de incredulidad, y durante un instante que dura todo lo largo que es, que tampoco es mucho, se acuerda de Gregorio Samsa, de todos los cienpiés que ha visto en su vida, se acuerda de Atlanta, de su pueblo y del intenso dolor del Urbason. Y se rasca la cabeza otra vez, igual que antes, como hace Homer, y piensa que se siente extraño, aunque ahora ya no le parece tan divertido. Ningún sentido. ¿Qué hago yo aquí?

Pero no le cuesta mucho convencerse que no es tan malo perderse de vez en cuando ni sentirse como un click aunque no sea de plástico y sus manos no tengan forma de U (aunque puede ponerlas así si quiere, lo ha probado). Que probablemente nadie entienda a veces dónde está, empezando por él, pero que mejor que el mundo se vaya acostumbrando a sus ausencias transitorias, a sus metamorfosis anímicas temporales, si a estas alturas de la película no lo ha hecho ya. Un poco más, un poco menos, ¿a quién le importa, qué más da? Algo de variedad en tanta monotonía nunca viene mal; altibajos y bajialtos. Así que, a millones de años luz de nosotros, el hombrecito sonríe, se sienta de nuevo y saluda a su estrella. Y la estrella le mira con sus ojos de estrella, le devuelve la sonrisa, y le devuelve el saludo con un Hola, M.. Y a M. los ojos le brillan.

Y el hombrecito piensa que no tardará en volver a su casa, pero que en este preciso instante de su vida como click de Famobil es feliz porque acaba de ver a una estrella sonreír.

(Foto: Febrero 2000 aprox., Atlanta.)